Adiós al Royal Lodge: el golpe definitivo al estatus de Andrés Mountbatten-Windsor
El año 2026 se presenta como un punto de inflexión definitivo en la vida de Andrés de Inglaterra. Tras más de dos décadas instalado en el Royal Lodge, la imponente residencia situada en el corazón de Windsor, el hermano de Carlos III se enfrenta a una mudanza forzada que simboliza mucho más que un simple cambio de domicilio: marca el cierre definitivo de su etapa como miembro activo y privilegiado de la Familia Real británica.La salida del antiguo duque de York de esta mansión de 30 habitaciones, valorada en torno a los 35 millones de euros , pone fin a una larga disputa interna que se intensificó tras la muerte de Isabel II en 2022. Desde entonces, tanto el rey como el Príncipe Guillermo han presionado para que Andrés abandone una propiedad que ya no encaja con el papel residual que ocupa dentro de la institución.TE RECOMENDAMOS Sara Carbonero sale de la UCI y pasa a planta Marina Ortiz Cortés Sheila Devil da un paso clave y entra en rehabilitación tras su último ingreso hospitalario Daniella BejaranoUn contrato polémico y un legado frustradoEl hijo de Isabel II residía en el Royal Lodge desde 2003 gracias a un contrato de arrendamiento firmado con el Crown Estate por un periodo de 75 años. Un acuerdo que, durante años, le permitió vivir allí sin abonar alquiler y que se convirtió en motivo de controversia pública, especialmente cuando su situación institucional comenzó a deteriorarse tras la pérdida de sus títulos y funciones oficiales.Durante mucho tiempo, se especuló con la posibilidad de que ese contrato pudiera transferirse a sus hijas, Beatriz y Eugenia de York. La vivienda no solo representaba estabilidad residencial, sino también estatus y continuidad dentro del entramado simbólico de la monarquía. Allí celebraron momentos clave de sus vidas, desde cumpleaños hasta bodas, y siempre mostraron un fuerte vínculo emocional con la que fue su casa familiar.Sin embargo, esa opción parece definitivamente descartada. La estrategia de preservar la propiedad como un legado indirecto para las princesas no ha prosperado y el desalojo de Andrés supone, de forma inevitable, una pérdida colateral para ambas. Un desenlace que evidencia cómo los escándalos que rodearon a su padre han terminado teniendo consecuencias directas sobre la siguiente generación.¿Cuál será el nuevo destino de Andrés?La gran incógnita ahora es dónde se instalará el príncipe Andrés. Fuentes cercanas al entorno real apuntan a que Carlos III habría puesto a su disposición una vivienda dentro de la finca real de Sandringham, en Norfolk. Una solución práctica y, al mismo tiempo, estratégica.Por un lado, permitiría mantener a Andrés en terrenos reales, conservando ciertos privilegios logísticos como la seguridad y el régimen fiscal específico. Por otro, supondría alejarlo físicamente de Windsor, convertido hoy en uno de los centros neurálgicos de la monarquía, donde residen los príncipes de Gales y donde el rey desarrolla parte de su agenda oficial durante las reformas del Palacio de Buckingham.Este movimiento refuerza la idea de una Casa Real cada vez más jerarquizada, donde la proximidad geográfica también refleja el peso institucional de cada uno de sus miembros.La sombra de Sunninghill Park vuelve a escenaLa noticia del abandono del Royal Lodge coincide con una nueva investigación de la BBC que ha vuelto a poner bajo el foco una de las operaciones inmobiliarias más controvertidas del príncipe Andrés: la venta de Sunninghill Park , la mansión que Isabel II le regaló con motivo de su boda en 1986.El inmueble, situado en Berkshire y muy próximo a los terrenos de Windsor, fue vendido en 2007 por una cifra llamativamente superior a su valor de mercado. El comprador fue Timur Kulibayev, un poderoso empresario kazajo y yerno del entonces presidente del país, que pagó alrededor de 15 millones de libras , varios millones por encima tanto del precio solicitado como de la tasación real.Según la investigación, parte de los fondos utilizados en la operación estarían vinculados a estructuras empresariales bajo sospecha de corrupción, aunque no existe acusación directa contra el príncipe Andrés. Expertos en delitos financieros consultados por la BBC subrayan, no obstante, que la transacción presentaba señales de riesgo evidentes que deberían haber sido detectadas.El medio también revela que Andrés habría intentado vender previamente la propiedad durante un viaje oficial a Baréin, cuando aún ejercía como enviado comercial del Reino Unido, un dato que añade más complejidad al relato.Un final anunciadoSin imputaciones formales, pero con una reputación profundamente dañada, el príncipe Andrés encara una nueva etapa marcada por la reducción progresiva de privilegios y visibilidad. La pérdida del Royal Lodge no es solo una cuestión inmobiliaria, sino la confirmación de que su lugar dentro de la monarquía quedó definitivamente atrás.Mientras tanto, la institución avanza en su proceso de redefinición, dejando claro que, incluso dentro de la familia real, el pasado tiene consecuencias.

