Cayó Maduro, pero la democracia aún no llegará a Venezuela
SOURCE:El Pais|BY:Boris Muñoz
Pocos estarán tristes de ver a Maduro tras las rejas. Sin embargo, el alivio no borra un hecho innegable: lo ocurrido es también una agresión contra una nación soberana
Poco después de la medianoche comenzó la circulación frenética de mensajes. “¿Pasó?”. “¿Está pasando?”. Estas frases, entre incrédulas y eufóricas, precedían los videos del ataque nocturno de Estados Unidos contra el régimen de Nicolás Maduro. En las pantallas de los teléfonos se veía un despliegue pirotécnico: helicópteros, fuegos de artillería cruzando el cielo, detonaciones y explosiones. Los reporteros improvisados –y aterrorizados– que grababan desde carros y viviendas identificaban los blancos como instalaciones militares críticas en Caracas. Así, cuatro meses después del despliegue de la Armada estadounidense en el Caribe, Trump había pasado de la amenaza de intervención al hecho.
Mucho se había especulado sobre un ataque, pero casi nadie daba por hecho que, además de inutilizar la capacidad de respuesta militar del ejército venezolano, el objetivo principal fuera capturar a Nicolás Maduro, descabezando al régimen chavista desde lo más alto.
Ahora, Maduro y Cilia Flores, su esposa, se encuentran detenidos, a la espera de una audiencia de presentación ante un tribunal del distrito sur de Nueva York, donde enfrentarán cargos por narcotráfico, terrorismo, tenencia de armas y otros delitos. La acción es espectacular y, en apariencia, sella el final de la era Maduro. Pero ¿es así como muere la dictadura chavista? ¿Es demasiado pronto para cantar victoria? ¿O estamos ante el inicio de una fase de resistencia que podría derivar en un episodio caótico y sangriento para Venezuela?
El triunfalismo de Trump en su rueda de prensa resulta prematuro y no responde a estas preguntas. Por el contrario, abre muchas más y siembra una profunda incertidumbre entre los venezolanos. Incluso la posibilidad de una transición democrática encabezada por Edmundo González Urrutia queda ahora en entredicho. La situación es inquietante.
Pocos estarán tristes de ver a Maduro tras las rejas. Pero el alivio no borra un hecho innegable: lo ocurrido es también una agresión contra una nación soberana. Se ha impuesto una lógica de que pone fin al viejo del chavismo y establece nuevas reglas de poder. La pregunta es si este ataque abrirá el camino a una transición democrática o si, por el contrario, inaugura un protectorado sobre Venezuela. Y otra cuestión apremiante: ¿conducirá este nuevo escenario a la llegada al poder de Edmundo González y, tras él, de María Corina Machado, quienes conquistaron su lugar en la política a través de las urnas? ¿O estamos ante otra cosa, aun sin nombre?
Si algo dejó claro Trump al explicar la operación Absolute Resolve es que el poder militar de Estados Unidos es abrumador, “oscuro y letal”, y capaz de actuar con precisión quirúrgica. También fue inequívoco al anunciar que la vetusta doctrina Monroe volverá a guiar la acción estadounidense en el hemisferio y que, bajo su égida, America —todo el continente— volverá a ser para los americanos, es decir, para los estadounidenses. Trump añadió, sin ambages, que Estados Unidos regirá Venezuela y tomará el control de su industria petrolera.
Para quienes escucharon su disertación, el mensaje fue claro. El ataque al chavismo trasciende a Venezuela: estamos ante una nueva fase de hegemonía estadounidense en América Latina, ejercida con el garrote y un inconfundible tufo de viejo colonialismo.
Sin embargo, al detallar cómo se gobernará Venezuela, Trump dejó lagunas críticas. Aunque afirmó que, por haber sido designada por Maduro, la vicepresidenta Delcy Rodríguez quedaría como presidenta y que su gobierno se entendería con ella, no explicó cómo ese arreglo conduciría a una transición democrática. Y tendría sentido para Trump pensar que sustituir al chavismo por completo no sería la mejor estrategia en este momento, para no repetir la profunda fractura que se presentó en Irak tras la prescripción del partido Baaz de Sadam Husein. De hecho, eludió por completo cualquier hoja de ruta de transición.
En otras palabras, aunque Trump anunció que su Gobierno ejercerá un control imperial sobre Venezuela —tutelando su poder político y administrando su petróleo, que representa más del 90% de sus ingresos por exportación— evitó comprometerse con un cambio de régimen y con la muy controvertida construcción de nación (nation building), cuyos fracasos en Irak y Afganistán siguen siendo aleccionadores. Conviene recordar aquí la frase atribuida a Franklin D. Roosevelt para describir la relación de Washington con los dictadores latinoamericanos durante décadas: “Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.
El enigma de Delcy Rodríguez
En su alocución en respuesta a la rueda de prensa de Trump, Rodríguez recurrió al lenguaje aguerrido de siempre, como si el chavismo se dispusiera a resistir hasta las últimas consecuencias. ¿Estamos ante una confrontación de mentiritas, una puesta en escena destinada a amortiguar la nueva realidad entre sus bases y evitar reconocer la traición a Maduro?
En el nuevo escenario, con Maduro ya destronado, la primera prioridad de Trump debería ser crear condiciones mínimas de unidad interna que permitan sostener la gobernabilidad. Rodríguez podría ofrecer esa posibilidad por su larga experiencia como operadora del chavismo y por su pragmatismo, pese a su radicalismo ideológico. No es un dato menor que Diosdado Cabello, el temido represor y número dos del régimen, apareciera a su lado. En muchos sentidos, para la cúpula chavista, el relevo de Maduro es un escenario funcional.
Por un lado, les permitiría conservar un control temporal sobre el aparato de seguridad y ciertas estructuras clave del poder, como el Tribunal Supremo y la Asamblea Nacional. Por otro, facilitaría, en el mejor de los casos, la desmovilización de milicias y otros grupos armados sin una pérdida abrupta del control territorial. De lograrse ese objetivo, se evitaría un escenario de violencia y anarquía que muy probablemente precipitaría una invasión estadounidense a gran escala.
Pero en los días y semanas que vienen será difícil saber quién gobierna realmente a Venezuela: si los jerarcas chavistas, Trump o un matrimonio de conveniencia entre ambos. En cualquiera de los casos, la soberanía venezolana para tomar decisiones de manera autónoma ha quedado suspendida. Y ese es un problema que persistirá mientras el país no logre liberarse de la subordinación impuesta por el gigante del Norte.
No es la hora de la épica
Trump afirmó que María Corina Machado carece del respaldo y el respeto necesarios para liderar la transición. Con ello echó por tierra una narrativa épica que la líder opositora —recientemente galardonada con el Nobel de la Paz— ha encarnado durante años. Es un bofetón político para Machado y un desprecio a la voluntad popular de los venezolanos que la han apoyado a ella y a Edmundo González Urrutia. Y esto último es lo verdaderamente grave, porque deja en el aire la intensa aspiración mayoritaria de cerrar, de una vez por todas, los 27 años de destrucción, miseria y soledad del chavismo.
A estas horas, las proclamas comienzan a sonar huecas. No es tiempo de épica, sino de política. González, Machado y sus equipos deben maniobrar de inmediato para defender la legitimidad ganada en las urnas frente a lo que parece una componenda entre Trump y el chavismo posmadurista. Por absurdo y loco que suene, su deber hoy no es solo hacer valer votos y actas, sino también restituir una soberanía nacional vulnerada y sometida al tutelaje de un poder extranjero. De lo contrario, corren el riesgo de haber sido utilizados como tontos útiles y de pasar a la historia del modo más infame. Menuda tarea.
El corolario Trump
Aunque Trump podría estar cantando victoria demasiado pronto, su ataque “espectacular y formidable” deja claro quién manda en el patio trasero. En el proceso, ha pasado por encima de la soberanía venezolana, del liderazgo opositor y también de las propias leyes de su país, así como de los equilibrios regionales e internacionales. Trump demuestra que puede fabricar una realidad a su antojo, no solo a espaldas de los venezolanos, sino también de los latinoamericanos en su conjunto, en función exclusiva de su doctrina America First y del capitalismo de amigotes que comanda.
Así, entra sin disimulo en la galería de los hombres fuertes que han marcado el devenir de América Latina desde el siglo XIX y revive una de las políticas más oprobiosas de Estados Unidos: la ley del garrote, ese “aquí se hace lo que yo digo” que muchos creían superado y que, paradójicamente, los venezolanos llevan un cuarto de siglo intentando sacarse de encima en casa.