Celia Cruz, la Lola Flores del trópico
Como Lola Flores, hizo Celia Cruz un género de sí misma, y un día gritó «azúcar» y a bordo de ese grito tropical navegó décadas de ancho éxito. Lola Flores fue nuestro Mick Jagger, según acuñación insuperable de Sabina , y al lado está Celia Cruz, como un Rolling Stone con volantes de merecumbé, como una rockera con zapatería del Tropicana. Celebramos ahora los cien años de su nacimiento . Está algo olvidada Celia Cruz, la verdad, cuando ha sido una cumbre, y un vértigo, y un cabaré, ella sola. Celia va de La Habana al mundo , y luego del mundo a La Habana, sin pedir permiso, y con una sonrisa que es risa alegremente caníbal. Celia Cruz va desde La Sonora Matancera , aquella orquesta mítica, a la salsa universal, del barrio a los estadios, del estudio al rito. No cantaba para gustar, cantaba para suceder. La voz, rugosa y poderosísima, era una desobediencia rítmica, una ronquera feliz que decía todo el rato aquí estoy yo y detrás viene el Caribe íntegro.El exilio inevitable la volvió símbolo, sin quitarle entusiasmo. Perdió la isla, pero no perdió el compás, el 'swing', la cubanía, ese constipado de sol, tan suyo. Un día, regresó a la isla, para un concierto excepcional, en Guantánamo, y se llevó en el bolso, de regreso, un puñado de tierra del sitio amado. Su padre era fogonero de ferrocarril, y su madre ama de casa. En Estados Unidos se volvió continental , y la fiesta pasó entonces a ser idioma. Cantó con Johnny Pacheco , con Willie Coló n, con Héctor Lavoe. Pero incluso rodeada de hombres decisivos, y casi mitológicos, era ella quien ponía el acento y el calambre, como Lola ponía el foco. Con figura y también con genio. Y entre todos sus hombres, asoma Pedro Knight, su marido apacible , su sombra luminosa. Knight fue trompetista antes que guardián, y mayordomo del estribillo después. Fue el hombre que sostenía la corona mientras la reina bailaba. No fue comparsa Knight, ni figura secundaria, sino ese amor práctico que hace posible el milagro cotidiano, la fantasía longeva. Pedro ordenaba el mundo para que Celia pudiera desordenar el escenario. Como Lola, y es de nuevo inevitable la alusión, o comparación, Celia tenía una alegría trabajada, casi militante. Sabía que el baile también es resistencia y que la música puede ser una forma de gobierno. No tuvo la herida melancólica de Billie Holiday ni tampoco el recogimiento grave de Nina Simone . Eligió la luz frontal. Por eso Guillermo Cabrera Infante dijo que estaba a la altura de Bessie Smith y más allá de Ella Fitzgerald . Es mucho decir, pero lo dijo Cabrera. Y no hablamos tanto de la técnica, en Cruz, que la tenía, sino del destino.El exilio inevitable la volvió símbolo, sin quitarle entusiasmo. Perdió la isla, pero no perdió el compás, el 'swing', la cubanía, ese constipado de sol, tan suyoVestía como cantaba , bajo una fórmula sin premeditación, que es el exceso con sentido. Tenía vicio por el borbotón de lentejuelas , por los zapatos aparatosos, por las pelucas de loco oxígeno. Era como si estrenara otra pieza del museo propio, cuando salía de nuevo a cantar, o lo que hiciera esta grandísima del voltaje del ritmo. Celia convirtió el vestuario en manifiesto. Se sobró barroca, loca, jubilosa, vestida como si el Caribe le pudiera entrar, en ajuar de jirones, en el armario de diva que no ejerce. Cada traje era un desastre ceñidísimo, una algarabía abotonada, un desmadre de verano. Y todo iba finalmente envuelto en el grito histórico, azúcar, que es un alarido de dicha que también incluye la humildad de la rebeldía. Su funeral, en Miami , con carroza blanca, atascó de emoción la ciudad.
