Cuento de Navidad
Lo de Villamanín parece un cuento de Navidad. O, de contar también con romance, una película de Antena 3 por estas fechas, justo después de comer. De esas en las que a ella, en la ciudad, la deja el novio justo antes de Nochebuena y se coge un tren, llorosa, para volver a su pueblo a pasar las fiestas en familia y se encuentra casualmente con un antiguo amor. Me chiflan las películas de Navidad, cuanto más malas mejor. Lo que pasa es que, en Villamanín , el guionista se ha puesto creativo y el giro dramático en la trama, en lugar de encarnarlo el novio de ciudad viniendo a buscarla y ella teniendo que elegir (entre el pueblo y la ciudad, el amor nuevo y el viejo, la familia y su carrera profesional), aquí es que toca el gordo de la lotería. Y, para más originalidad, en lugar de una última escena en la que todos juntos, a lo Whoville, grandes y pequeños, se cogen de las manos alrededor del árbol (aunque el Grinch haya robado los regalos) y canta villancicos unido y feliz, aquí se monta el belén en asamblea general. Yo, que soy de aplicar, así de primeras, la máxima caridad interpretativa posible a toda declaración, creo en el error humano de los chavales que, durante todo el año, se encargan de dinamizar un pueblo de apenas 800 habitantes en León a través de su pequeña asociación. Que los pobres se hayan ofrecido, además, a renunciar a la parte que les corresponde del premio, aunque con eso no se cubra todo lo que queda por abonar, me parece suficiente castigo. Lo de Villamanín tiene hasta malo, imprescindible en toda trama (aquí ha estado vivo el guionista). Esta vez es mala, y es la vecina que apareció ante las cámaras afirmando muy resuelta que por qué tenía ella que renunciar a nada, para una vez que le toca, por el error de otro. Y, sentimentalismos aparte, tiene razón. No tiene nadie ninguna obligación de asumir errores ajenos (compró su participación, suya es, y le ha tocado). Pero no me digan que no sería precioso y muy navideño que así fuera. Pelillos a la mar. Todo abrazos y buenos deseos, amor fraternal y cordialidad. Que, en lugar del Código Penal, ordene la vida en Villamanín el sentimiento de comunidad. Pero quién somos nosotros para juzgar la resolución que adopten sus habitantes solo por las crónicas, algunas francamente cursis, que hemos leído sobre el asunto. Quizá nos falta información y, ni los malos son tan malos, ni los buenos tan buenos. Todo parece diferente a la luz de un árbol navideño, con una taza de chocolate con nubes en las manos y una mantita sobre las piernas. Pero la vida real se parece menos a Whoville descongelando el corazón helado del Grinch y más a Villamanín desfilando por los juzgados con familias retirándose la palabra de aquí a sabe Dios cuántas generaciones de villamanineses venideras. Lo de Villamanín es pues, más que cuento de Navidad, pesadilla antes de Navidad.