De ‘Severance’ a ‘Pluribus’: el sinsentido de la arquitectura sin humanos
Ambas ficciones de Apple TV plantean una pregunta esencial sobre la comprensión del espacio: ¿qué queda de la ciudad cuando ya no queda nadie que la necesite?
Hay una escena en el tercer episodio de Pluribus, la nueva serie de Vince Gilligan para Apple TV+, que se queda adherida a la memoria como un recuerdo equivocado. Un supermercado, una disposición perfecta de estanterías, un orden que cualquiera reconocería porque pertenece al linóleo cotidiano: pasillos, latas, cajas, etiquetas, el tipo de geografía menor que sostiene la vida sin reclamar significado. Pero resulta que todas las baldas de ese supermercado están desnudas. El orden del mundo, condensado en esa configuración tan mundana, ha sido desmontado. No por un acto de vandalismo ni por una urgencia operativa; es un acto de pura eficiencia. La humanidad unificada —una mente colmena que solo procesa, no piensa— ha vaciado el espacio para optimizar la distribución de bienes. Ha convertido el supermercado en un hangar logístico, en un algoritmo tridimensional. Un espacio sin intención estética, sin recorrido, sin mirada. Y luego lo vuelven a colocar todo tal y como estaba, en apenas unas horas. Tampoco lo necesitan así; es que Carol se lo ha pedido.
Carol es Carol Sturka, protagonista de la serie y uno de los doce seres humanos que no han sucumbido al detonante de la narración: una especie de virus que ha fundido las mentes del planeta en una conciencia colectiva perfectamente eficaz, perfectamente serena y perfectamente feliz.

La escena es inquietante por el hecho de que los objetos vuelvan a su sitio tan rápido, con esa misma hipereficiencia que los retiró, pero lo que aterra de verdad es que solo una conciencia individual es capaz de devolverle al espacio su significado. El resto, fusionado en la inteligencia colectiva, habita sin habitar, camina sin recorrer, existe sin la fricción necesaria para que la arquitectura cobre sentido. Es la humanidad misma la que se ha vuelto un fantasma en su propia ciudad, una sombra tecnificada, incapaz de leer los signos espaciales que antes la ordenaban.
Es algo que revela la serie, quizá sin querer: que la arquitectura —toda arquitectura, incluso la más convencional, la más humilde— es un producto estrictamente humano. La arquitectura es un organismo simbiótico. Necesita cuerpos, decisiones, deseos, miradas. Sin ellos, la ciudad queda reducida a una carcasa eficiente. La colmena no construye calles porque trabaja con trayectos; no necesita la luz eléctrica al caer la noche porque sería un despilfarro de energía y de lúmenes; y no entiende de orientaciones porque la única orientación posible es la orientación óptima. El espacio se convierte entonces en un decorado que ya no sirve para contar historias porque ya no queda nadie que necesite narrarlas ni nadie que necesite escucharlas.

