Descenso a la locura de la guerra y al cinismo de la patria: vuelve el coloso literario antibelicista de Karl Kraus
SOURCE:El Pais|BY:Paco Cerdà
‘Los últimos días de la humanidad’, fresco de una Europa asomada a la barbarie, regresa con nueva edición 30 años después de su última publicación en España
Una antorcha quema, ilumina y deja rastro. Eso es lo que hizo el escritor Karl Kraus con Die Fackel (La antorcha), la revista que desde 1899 y hasta su muerte en 1936 dirigió y prácticamente escribió entera desde el corazón de una Europa imantada a la barbarie. Unas 30.000 páginas de artículos, ensayos, estudios, poemas, canciones, teatro, citas, cartas, aforismos, sátiras y toda clase de géneros literarios que provocaban el escándalo de la burguesía austrohúngara y el asombro de escritores coetáneos como Kafka, Brecht, Benjamin, Musil, Trakl, Schnitzler y —sobre todo— Canetti.
Fue ahí, en las páginas de La Antorcha, donde nació una locura en forma de alegato antibélico titulado Los últimos días de la humanidad. Una obra mítica que explica los horrores y cinismos de la guerra. Una Babel de voces y géneros que retrata la peor Europa. Un coloso literario demasiado desconocido que ahora, treinta años después de su última edición en España, vuelve a las librerías de la mano del sello barcelonés H&O. Y lo hace en un contexto terriblemente vigente: allá donde la propaganda, la mentira y el lenguaje parecen el preludio del fanatismo ciego y la destrucción.
Lo mejor para entender el espíritu y la textura de esta obra es leer las primeras líneas de su autor en el texto preliminar. Escribe Kraus: “Este drama, cuya extensión equivaldría a más o menos diez veladas según la medición humana del tiempo, ha sido ideado para su puesta en escena en un teatro del planeta Marte. El público de este mundo no sería capaz de soportarlo. Pues es sangre de su sangre, y el contenido es el de todos estos años irreales, impensables, inasibles para una mente despierta, inaccesibles para la memoria y solo conservados en algún sueño sangriento; años en que personajes de la opereta interpretaron la tragedia de la humanidad”.
Con todo ello se refería a la barbarie de la Gran Guerra. Al “asco” que le producía esa idea de patria que lleva a las reses de matanza —la carne de cañón de los soldados— a expresar, desde los camiones, el entusiasmo por sus propios carniceros. También es —y tal vez sobre todo— un intento por denunciar la “triple alianza de tinta, técnica y muerte” que es la guerra.
Adan Kovacsics, prestigioso traductor y artífice de este reto lingüístico, explica en el prólogo que es “una obra sobre y contra el poder basada en tres ejes: en la retaguardia con sus beneficiarios y aprovechados, en el poder (político, económico, militar) y en las víctimas (los soldados rasos, los niños, los ancianos, las madres, los animales, el bosque). Para Kraus no hay poder sin víctimas; no hay grandes sin pequeños”.
Por ello, el autor se esfuerza en ofrecer un retablo con aroma a novela total que capture el espíritu de su tiempo. Una historia coral donde hablan transeúntes, mendigos, estraperlistas, prostitutas, oficiales, soldados, manifestantes, camareros, ministros, la familia imperial, estudiantes nacionalistas, refugiados galitzianos, inválidos de guerra, ciegos, pobres desvalidos, niños vagabundos, literatos, periodistas de café, corresponsales en el frente, un oficial censor y un agente del contraespionaje, legionarios polacos, bohemios, bailarines, cantantes, vendedores de programas de las carreras, funcionarios, feligreses, locos y psiquiatras, miembros del servicio de reanimación, gente que guarda cola en una tienda de ultramarinos y una mujer desvanecida a causa del hambre, un capellán castrense, mutilados repatriados, prisioneros de guerra, oficiales acomodados en la retaguardia, civiles que han sabido escaquearse de la mili, juerguistas, automovilistas, la banda de música imperial, corredores de bolsa, comerciales, terciadores, ensalmadores, timadores y especuladores, burgueses y aristócratas, y hasta miembros de una asociación llamada “Una corona de laurel para nuestros héroes”.
Solo son una pequeña parte del descomunal dramatis personae que desfila por las 600 páginas de esta obra llena de humor, sátira y crítica mordaz. Todo cabe en un artefacto literario trufado de monólogos y diálogos, con cinco actos y más de 200 escenas que intentan componer, con pequeñas teselas, esa historia oral de su tiempo que más tarde perseguiría en otro sentido el vagabundo Joe Gould por el Village neoyorquino. Aquí Kraus busca apresar el zeitgeist de cuando se jodió el Perú del Viejo Continente. Como Zweig y Roth, pero en versión macarra. Incendiario. Azote. Látigo intelectual.
Por ejemplo, la denuncia de aquellos que se enriquecen con la guerra. Dice Glotón, en verso: “¿Quién quiere la paz? ¡Dios de ella nos salve! ¡Con lo arduo que ha sido a la guerra adaptarse! Proveemos, rendimos y somos rentables; la paz pa nosotros sería un desastre”. Responde Golosa: “A cada uno lo suyo. Al héroe, la fosa oscura. A nosotros, las hienas, lucrar con holgura”.
Las hienas —especuladores, pícaros, beneficiarios y aprovechados— están comandadas por quien detenta el poder de la tinta. La glosa patriótica. La cizaña fanática. El verso que la glorifica. La lengua cruel. Las portadas amarillistas. Los titulares incendiarios que gritan en las esquinas los vendedores de periódicos para allanar el terreno a la mentira, la propaganda, la ceguera social, la destrucción y el sufrimiento masivo.
Según subraya Adan Kovacsics, Kraus detectó en el lenguaje la génesis de la banalidad del mal —todo comienza en la palabra, y Kraus lo deja bien claro— y señaló la piedra de toque del delirio colectivo: cuando un hombre inicia el experimento de vivir fuera de la culpa y, por tanto, del ser. No sentir culpa; no tener remordimiento. Atizar la masacre del Somme. Abrir la ducha de gas en Auschwitz.
Este fresco de la Mitteleuropa (Europa Central) del siglo XX invita a un desfile por el Paseo de la Ringstrasse, el Café Purcher o el Palacio Imperial de Viena. Es un viaje por el estanque de Janov, la plaza del Mercado de Grodno, el tranvía eléctrico Baden-Viena, sus barrios suburbiales, una escuela primaria, las redacciones de periódicos vieneses, sus cines y teatros y salones de baile, la terraza del Hotel Südbahn, las estaciones de tren, las casitas del Tirol, el balneario de Gross-Salze, una iglesia protestante, una clínica ginecológica de Weimar y un consultorio berlinés.
Además, es también un viaje al corazón de las tinieblas de la guerra por sus campos de batalla, sus cráteres, sus nubes de humo y unos horizontes que parecen muros de llamas entre cadáveres y moribundos. No hay rastro de épica, nada de heroísmos. También es una provocadora incursión por esa otra vertiente bélica que es el dinero manchado de sangre, lágrimas y corrupción: una fábrica sometida a la ley de Producción de Guerra, el frente alemán con su censura postal, un regimiento de Infantería a 300 pasos del enemigo, un banquete de periodistas alemanes y búlgaros, un tribunal militar de Kragujevac con su consejo de guerra, un hospital militar con los aullidos de dolor de los heridos, el Hotel Imperial donde consejeros comerciales buscan sacar tajada de la guerra, o una sala de fiestas en la sede del Alto Mando del Ejército austrohúngaro entre chicas, borrachos y oficiales. Dan ganas de reír, como advierte Kraus en su prólogo, si no estuviéramos obligados a llorar.
Eduardo Hurtado, editor de H&O, considera “un pequeño milagro” haber alumbrado este proyecto que alinea a Karl Kraus, al traductor Adan Kovacsics y a la premio Nobel Elfriede Jelinek y el escritor Clemens J. Setz con sendos epílogos. Hurtado es consciente de que el coloso de Kraus es una “lectura exigente”. Pero insiste en que tiene recompensa. “La obra señala las coincidencias entre su época y la nuestra: las intrigas y corruptelas políticas, la desfachatez de la prensa a sueldo de los intereses partidistas y su perversión del lenguaje, la creciente crispación entre las clases populares y el odio hacia el extranjero o el diferente. No hace falta recordar que Kraus escribe justo antes de la Primera Guerra Mundial y durante la contienda. Ojalá ―suspira el editor― este manifiesto antibelicista haga sonar las alarmas, despierte conciencias y recupere corduras”. Para eso sirve una antorcha.