Dinamarca se prepara para lo impensable: una ‘Venezuela’ en Groenlandia
SOURCE:El Pais|BY:Marc Bassets
La estrategia danesa es buscar el diálogo con los miembros a los que consideran más pragmáticos de la Administración Trump
Cuando se despertaron el sábado con la noticia de que Estados Unidos había entrado ilegalmente en Venezuela para capturar a su presidente, Nicolás Maduro, en Dinamarca muchos pensaron que había llegado la hora: ellos podían ser los próximos.
No hizo falta que Donald Trump y su camarilla amenazasen, como hicieron en las horas siguientes, con invadir Groenlandia, territorio del Reino de Dinamarca. El presidente estadounidense lleva un año hablando de su intención de hacerse, por las buenas o por las malas, con la gigantesca isla al norte del hemisferio occidental, y el precedente venezolano encendió los peores temores en Copenhague.
“Yo enseguida pensé: Groenlandia”, decía el martes por la noche, en un bar del animado barrio de Vesterbo, Mads Clausager, un danés de 67 años, hijo de un mundo de bienestar y paz en el que todo parecía que siempre iría a mejor, y hoy, como tantos conciudadanos, estupefacto y algo inquieto. “Pensé en el primer ministro groenlandés, en qué estaría haciendo y dónde se encontraría”.
Pero resulta difícil imaginar a este primer ministro, Jens-Frederik Nielsen, cambiando de localización cada noche, o protegido por una guardia pretoriana como Maduro. Dinamarca no es un enemigo de Estados Unidos, sino un aliado, y uno de los más leales. Aunque el groenlandés Nielsen respondiese, ante la agresividad creciente de la Casa Blanca, que “ya basta de fantasías”, a cada declaración desde Washington parece claro que la anexión no es ninguna fantasía.
La estrategia danesa, más o menos explícita en las declaraciones públicas, es buscar el diálogo con los miembros a los que consideran más pragmáticos de la Administración de Trump. Uno de ellos, el secretario de Estado, Marco Rubio, anunció este miércoles que aceptaba una reunión con sus homólogos daneses, quizá la próxima semana.
En Copenhague se discuten escenarios y se diseñan contraofertas. Todo por apaciguar al presidente de EE UU y evitar que, con o sin disparos de por medio, plante la bandera de las barras y estrellas de Nuuk, la capital groenlandesa.
“No creo que sea adecuado hablar en público de escenarios”, dice, en su despacho en el Folketing, el Parlamento danés, Ida Auken, diputada del Partido Socialdemócrata, el de la primera ministra, Mette Frederiksen. “Personalmente, pienso en muchos escenarios. Siempre hay que esperar que suceda lo mejor y prepararse para lo peor. Es lo que Dinamarca debe hacer también.”
En la pared del despacho cuelgan dos fotos de dos presidentes de Estados Unidos: Barack Obama y John F. Kennedy. Lo desconcertante de esta crisis es que golpea al que posiblemente sea el país más proestadounidense de Europa.
El resultado de esta contradicción es “algo así como una crisis de identidad”, según Rasmus Sinding Sondergaard, del Instituto Danés de Estudios Internacionales (DIIS). En poco menos de un año, un pilar de la identidad danesa de la posguerra mundial ―la confianza en EE UU― se ha desmoronado. Dinamarca, tradicionalmente euroescéptica, se ha hecho europeísta a marchas forzadas.
“Siempre hemos sido un aliado sólido de Estados Unidos, desde hace 80 años”, explica Auken. “Fuimos con ellos a las guerras de Irak y Afganistán. Perdimos soldados. Mamás y papás perdieron a sus hijos. Yo no sé cómo explicarles que uno de nuestros nos trata así”. “Esto”, añade, “nos coloca en una situación difícil y con una presión que no nos parece aceptable”.
La intervención de Trump en Venezuela, según la diputada, “nos muestra que el presidente va en serio respecto a la voluntad de respaldar sus palabras con la fuerza”. Pero su inquietud por el escenario groenlandés va más allá de la cuestión militar: “Tendría tantas implicaciones... Como dijo nuestra primera ministra, si un país de la OTAN ataca a otro país de la OTAN, ya nada se mantiene en pie. Es un escenario improbable, pero, teniendo en cuenta que el presidente de EE UU y su gente no lo excluye, debemos pensar en ello”.
En el país escandinavo, miembro ejemplar de la OTAN y burbuja de consenso y bienestar que se creía a resguardo de las turbulencias del mundo, el hostigamiento de Trump provoca un “cortocircuito”, como dice Clausager. “Es tan antidanés”, dice este veterano periodista. “Aquí las cosas las solucionamos sentándonos juntos en torno a una mesa. La democracia está integrada en la vida cotidiana. En la escuela se espera a que el último lo haya aprendido antes de continuar con la lección. Aquí todo es compartir, compartir, compartir”. “Mientras nos mantengamos unidos en la OTAN, no puede haber una acción hostil”, dice en la barra del bar de Vesterbro el estudiante Alexander Frandsen. Una visión muy danesa, aunque el propio Fransen corrige: “Es la sensación de que el desastre se acerca”.
Pocos, en las instancias oficiales en Copenhague, quieren hablar de cómo Trump podría capturar este territorio 50 veces más extenso que Dinamarca y con 56.000 habitantes, territorio que forma parte del Reino desde hace más de dos siglos, pero disfruta de una autonomía amplísima y el derecho a independizarse. Los sondeos muestran una mayoría a favor de la independencia, aunque la dependencia económica respecto a Copenhague ralentiza esta vía. Una mayoría abrumadora de groenlandeses, un 85% según un sondeo, rechazaría la anexión a EE UU.
Queda la invasión. Podría ser pacífica. Bastaría que EE UU plantase la bandera en Nuuk y Trump proclamase que Groenlandia es suya. O podría requerir un uso de la fuerza, aunque mínimo.
“En Venezuela, atacaron algunas instalaciones militares para entrar y agarrar a Maduro. En Groenlandia no hay nada que bombardear”, afirma Sondergaard, del laboratorio de ideas DIIS. “La principal presencia militar es la propia base militar estadounidense en Pituffik”. Este experto imagina a EE UU enviando fuerzas especiales a Nuuk. Una vez allí, podrían tomar el control de edificios estratégicos como los medios de comunicación groenlandeses, el Parlamento y la policía. “Sería una cosa rápida. Probablemente, se encontraría con muy poca resistencia, si hay alguna, y ese sería el final de la operación militar”, dice. Una operación como esta se parecería más a la anexión de Crimea por Rusia en 2014 que a la incursión la semana pasada en Venezuela. ¿Y qué podría hacer Dinamarca y los europeos para evitarlo? “Nada. Poca cosa”.
Los lazos militares son tan estrechos —bilaterales y en la OTAN — que en Copenhague escapa a la comprensión por qué, si EE UU quiere reforzar su presencia en el territorio ártico, no lo ha hecho ya. Una solución a la crisis, según expertos y políticos, sería ofrecerle a Trump un acuerdo que ampliase su presencia militar y económica en Groenlandia, sin cederle la soberanía.
“Es la opción que no le daría el control sobre Groenlandia y respetaría su soberanía, pero le ofrecería un acuerdo que respondería a sus intereses de seguridad”, dice Sondergaard. “Se podría actualizar el acuerdo de defensa, combinarlo con una invitación para invertir en la extracción de minerales críticos, e incluir una cláusula que diga que Groenlandia excluirá las inversiones chinas y rusas”. Otra cuestión es que fuese suficiente para Trump, si lo que pretende realmente es la anexión, plantar la bandera, convertir Groenlandia en el Estado número 51.
La inquietud danesa y groenlandesa, y el desconcierto, son hoy el desconcierto de Europa, atrapada entre un gigante oriental, la Rusia de Vladímir Putin, que la amenaza, y su aliado y protector occidental, Estados Unidos, que la amenaza también. “Probablemente fue un revés para Putin perder a su hombre en Venezuela”, resume la diputada Auken, “pero estoy segura de que con nuestras discusiones internas estos días no estará descontento”.