Djordjevic: «La grandeza del Real Madrid no se puede describir, allí viví un momento icónico y glorioso»
Hubo un período en que Aleksandar Djordjevic (Belgrado, 1967) era, sin duda, uno de los mejores jugadores de Europa. Un base legendario, de otra época… Esa en la que de verdad se jugaba un baloncesto puro, agresivo, abrasivo y a la vez humano. El contexto era único. Sí, uno no tenía acceso a ver cada partido en cualquier momento, y eso convertía la canasta en un objeto de culto custodiado por druidas. Como esa generación yugoslava que terminó disgregándose por culpa de la guerra. Una figura capital era él. Macho alfa determinado, ganador serial, volcánico, de una fortísima personalidad. Efectivamente, la calidad y el liderazgo de Sasha trascendían cualquier parqué. Era tan bueno que incluso se inventó una acción, que terminó por patentar: la del triple en movimiento tras un 'dribbling' o un 'stop and go', con la finalidad siempre de crear un espacio para un tiro complicadísimo y decisivo. Así fueron la mayor parte de los anotados por él. Limpios, nítidos, nada abigarrados. Excesivos como su gen baloncestístico. Así lo expone en esta charla -por teléfono- con ABC durante las vacaciones navideñas. Habla alto y seguro este entrenador curtido en los Balcanes, territorio intenso, lleno de cicatrices, magia y contradicciones. Un poeta que amó su casa, sus raíces, y previo paso por la NBA (Portland) después las volvió a sembrar en Italia (Fortitudo, Olimpia o Pesaro) y España (Fuenlabrada, Barcelona y Madrid), donde su estado de combustión fue tan impactante y efervescente que aún se sigue resonando. También hoy, cuando se disputa el gran clásico del baloncesto español. Ese choque que siempre domó, conquistó y habitó. Lo hizo suyo con ambas camisetas, y eso son palabras mayores. Requiere una mente sublime, una muñeca capaz de pintar una Sixtina y el dominio de intangibles, aristas y desórdenes que gobiernan el caos. Ese que él sublimó y lo hizo carne. Como cualquier verso. —Hace semanas vimos uno de los mejores partidos de la historia en la Euroliga (Barça-Baskonia). Actuación soberbia de Kevin Punter, con 43 puntos. Usted le entrenó en la Virtus. Hábleme de él.—Una vida entera dedicada al baloncesto. Profesional serio que ama el básquet en sí mismo. No el envoltorio: contratos, dinero o fama. No, eso no. Solo el juego puro. Es un jugador que siempre da lo máximo. Muy concentrado. Alguien que se entrena y juega solo cada verano, que se esfuerza al cien por cien para estar a tope al inicio de cada campaña. Le guardo un magnífico recuerdo. Juntos ganamos la Champions, y él fue capital (MVP frente al Canarias Tenerife en 2019). Me gusta, porque es un ganador, un apasionado, un obseso del baloncesto. Me encanta la gente así. —Durante estas Navidades, Sky Sport ha estado emitiendo un documental titulado: 'Yugoslavia 1991, The Lost Dream Team'. Del Mundial júnior de Bormio'87 al Europeo de Roma'91, siempre con Kukoc, Divac, Danilovic, Radja o usted. Esa coronación de oro en la PalaEur de la capital italiana con el himno nacional que suena, y un país que ya no existe. Coach Ivkovic al frente, entonces. ¿Qué nos perdimos por culpa de una ignominiosa política? ¿Quizás una victoria contra EE.UU. en los Juegos de 1992?—Ahora nos damos cuenta de la grandeza de esa generación. Chicos crecidos humana y deportivamente en la vieja Yugoslavia . Era un sistema bien preciso. Una elección de valores humanos que permitía a cualquier jugador formar parte de la selección. Teníamos un gran nivel competitivo, mucha ambición, máximos objetivos. Desde el punto de vista más sentimental, éramos amigos, dormíamos en casa unos de otros, conocíamos a las novias entonces, hoy mujeres. La cohesión era enorme, aunque desgraciadamente algunos ya no están. Cuando lo vi, reconozco que lloré como pocas veces en mi vida. Cuando pienso en eso me viene tristeza y rabia. Tuvimos que pararnos allí. —De seguir, ¿cree que habrían sido los mejores de siempre?—No lo sé. La unión era óptima, y dominábamos el baloncesto mundial. Nos quedaba mucho por dar y ganar. Quizás cosas más importantes aún. No me refiero necesariamente al oro de los Juegos del 92 contra ese Dream Team que tanto admiré… Magic, Jordan, Larry Bird… Ya sabes. —Como territorio ya disgregado siguieron dominando con puño de hierro. En 1995 se proclaman campeones de Europa tras la victoria contra la Lituania de Sabonis y Marciulionis. Un año después, solo los estadounidenses guiados por Malone, Robinson, Pipen, O'Neal y Olajuwon, entre otros, estuvieron más arriba ¡Increíble!—Sí. En Atlanta'96 llevamos dos combinados nacionales. Nuestra Yugoslavia fue plata, mientras que Croacia… Cuarta, creo recordar. Perdieron contra Lituania. Nuestra medalla de plata fue sin croatas, bosnios y eslovenos (sí con él, Bodiroga, Savic, Rebraca, Divac, Paspalj, Danilovic o Loncar). ¿El secreto? Conciencia de nuestros medios, una calidad enorme, pero también seguridad, confianza y sacrificio. Todo elevado a la enésima potencia. Éramos talento, trabajo y sacrificio. Siempre, sin negociar nada. Era nuestra marca de fábrica. —Hablemos de su querida Fuenlabrada, y esa inolvidable Euroliga conquistada contra el Joventut en la final del 92. Un triple suyo en el último segundo para dar la victoria al Partizan de Belgrado, entonces dirigido por Obradovic. Equipazo, con Dragutinovic, Danilovic, Nakic… Héroes en el exilio.—Creo que todos tenemos una camiseta con la inscripción Partizan de Fuenlabrada. Recuerdo esa pancarta durante un partido en el Fernando Martín. La relación con el público fue inexplicable. Al inicio venían a ver un gran baloncesto, pero después terminaron amándonos, y al revés. Jugábamos para ellos. Se creó una simbiosis mágica, una relación que durará siempre. Jamás lo olvidaremos; siempre reconoceremos este gesto. Juntos ganamos, pese a la enorme dificultad. Nosotros jugábamos, en realidad, siempre fuera de casa, aunque pensándolo bien ese pabellón terminó en convertirse nuestro segundo hogar. Es una ciudad mágica que siempre estará en nuestros corazones. Repito que todos tenemos esta camiseta con las banderas -de Yugoslavia y España- a ambos lados. —Me gustaría volver un momento al instante en que se comenzó a curtir ese esbelto grupo de yugoslavos, magníficos jugadores de baloncesto. La gesta de Bormio'87, con el almirante Pesic. ¿Cómo eran de duros sus métodos de entrenamiento? Fue la final del campeonato del mundo sub'19, precisamente contra EE.UU.—'Coach' Pesic era igual de duro que los demás en aquella época. Éramos un grupo preparado para el sacrificio, sin límite de horas, de tiempo en los entrenamientos. Lo hacíamos con pasión y alegría. No había relojes… Eran comandantes, y representaban una autoridad incuestionable. No se les preguntaba nada. Sí, antes el básquet era así. El míster era así. —De ese memorable grupo muchos dieron el salto el mismo año para la absoluta, bronce en el Europeo del 87. Detrás de Grecia y la Unión Soviética. En esa selección dirigida por Kresimir Cosic estaba Petrovic. ¿Tuvo alguna rivalidad con él? ¿Por qué usted salió de allí tan pronto y estuvo un par de años fuera?—El técnico rescató a varios jugadores que ganamos el campeonato del mundo en Bormio, donde fui capitán. Divac, Kukoc, Radja y yo subimos de los juniores. Sobre lo otro, nada. Piensa que meses después, ya en 1988, comenzamos de nuevo la preparación, y sentí un dolor en la cadera derecha. Tuve que parar. Entonces ya estaba 'coach' Dušan Ivković, quien en mi ausencia apostó por Obradovic. Continuó un par de años con él, porque era un grandísimo jugador. Sí, él, junto a Petrovic, Radulovic, Zdovc… La combinación era perfecta. Terminé operándome, y tuve que perderme dos o tres años. La escuadra dominaba con el más grande: Petrovic. Con él jamás tuve polémica alguna. No es verdad que vetó mi presencia. —A nivel deportivo sí hubo una cierta rivalidad.—Eso sí. Cuando jugábamos Cibona-Partizan. Eran batallas deportivas. Lo mejor es que volví en 1991 para ganar en Roma. Aún recuerdo lo que me dijo Dino Radja nada más regresar.Noticia Relacionada ENTREVISTA ABC / BALONCESTO estandar Si Carlos Delfino: «Rompí mi contrato con el Real Madrid justo antes de ser presentado» Julio Ocampo El último eslabón de la generación argentina que dominó el mundo de la canasta ha dejado de jugar, pero se resiste a hablar de retirada. A sus 43 años, el genial alero se abre con ABC—¿El qué?—Yo dije: «He vuelto». Él me respondió: «Estás en tu sitio, donde jamás tuviste que salir». Esa frase me dio una fuerza increíble. Aunque él era rival en la Jugoplastica, eso fue increíble. Subrayó que ese era mi sitio, un lugar que jamás había tenido que dejar. Dino fue uno de los mejores compañeros que tuve, sin duda. Insisto con el valor humano de nuestro grupo. —¿Usted dónde aprendió a jugar a baloncesto? ¿Me recuerda esa famosa historia que publicó un semanal de su país titulada 'Hijo contra Padre'?—Tenía cinco o seis años cuando inicié a tirar a canasta. Recuerdo el campeonato 1972-73… Mi padre (Bratislav) entrenaba al Estrella Roja, que había levantado el campeonato yugoslavo. Fue el último conseguido. Lo que me preguntas era un derbi Partizan-Estrella Roja, con mi padre dirigiendo en el banquillo y yo en la grada con los hinchas rivales. Sí, fui a ver a mi padre, pero con la bufanda del Partizan. Salió en un semanal de aquella época… Se llamaba Tempo. Lo tituló así. Es correcto, porque en realidad mi padre nos dio siempre libertad a mí y mi hermano. De aquel encuentro recuerdo a Duci Simonovic, gran jugador, leyenda, campeón del mundial'70 con Yugoslavia en Liubliana. Anotó ese día 59 puntos con el Estrella Roja. —Ahora se entiende mejor su enorme éxito tanto en Madrid como en Barcelona. Al Palau llega en 1997 (dos temporadas), tras cruzar el Atlántico de vuelta. ¿Es cierto que en alguna ocasión jugó sin el nombre en la camiseta?—Sí, porque entonces se estaban produciendo los bombardeos de la OTAN (1999, en Serbia y Montenegro para detener la limpieza étnica en Kosovo). Milan Gurovic y yo se lo propusimos al club. Dijimos que nos entrenábamos y jugábamos porque éramos profesionales, pero queríamos de alguna manera manifestar nuestra protesta, nuestra reprobación por lo que el mundo hacía con nuestro país (en medio de una tierra lacerada por el conflicto religioso, étnico y político). —El Barça accedió.—Estuvo enorme. Entendió nuestra petición, nuestra dificultad. Fue una acción de protesta, porque en cada partido se hablaba de esto. Lo que estaban haciendo con nuestro país era animalesco. Se instrumentalizó todo. —¿Cómo define su paso por la Ciudad Condal? ¿Guarda cariño?—Ganamos una Korac (frente a Estudiantes) con las bombas que caían . Nació mi primera hija. Después, arrasamos el campeonato contra los tres grandes adversarios. Creo que a todos les endosamos un 3-0 en la serie. Muy agradecido, sí. Allí di todo de mí. —Ya estaban Gasol y Navarro. También Esteller, De la Fuente, Nacho Rodríguez, Alston, Dueñas, Rentzias… ¿Por qué se marchó al Madrid?—Tenía otro año opcional. Ellos podían ejercerlo, pero no lo hicieron. Me quedé sin equipo. —Aíto era el entrenador. ¿Fue decisión suya?—Sí, creo que fue Aíto quien decidió prescindir de mí. Le respeto mucho como técnico, que era muy bueno. No me cabreé, en realidad. Entonces apareció el Madrid de Sergio Scariolo, que ya me tuvo en la Fortitudo Bologna. Nuestra relación es formidable. Va más allá. Él sabía lo que podía dar. Lo hice. Ese año ganamos la ACB con el quinto partido en el Palau. Sí, fue una pequeña victoria personal -de ego desproporcionado- por una elección injusta desde mi punto de vista. —¿Se habría querido quedar?—Sí. Si el Barça hubiera querido habría terminado mi carrera allí. No me habría ido a otro sitio. Me encontraba demasiado bien con la gente, la directiva… Creo que representaba al club de forma ejemplar, pero decidieron prescindir de mis servicios. —Se benefició el Madrid. Su caso fue similar al de Laudrup en el fútbol. Lo echa Cruyff, y al año siguiente gana la liga con el eterno rival.—Fui a un gran Madrid, donde viví un momento icónico y glorioso de mi carrera. Esa casa no se puede describir. Una grandeza este nombre. Otro punto de orgullo en mi vida. Sin ninguna duda.
