Don Honorio Riesgo, el triunfo de la paciencia
Uno piensa en el éxito, la prosperidad o en volverse gigante, pero generalmente, más en los tiempos que corren, se pretende que sea de forma inmediata. No fue el caso de don Honorio Riesgo, que de aprendiz de carnicero llegó a presidente de las Cortes, en ese tiempo en el que el mérito sumaba y no restaba, como viene siendo hoy en día.Madrid no regala nada, aunque permite que uno se quede con todo lo que ha podido aguantar. Honorio llegó siendo apenas un niño de diez años. Tenía los bolsillos vacíos y la cabeza llena de esa mezcla peligrosa de hambre y paciencia que traen los de Norteña. Nacido en Leiriella, Valdés ( Asturias ), el 18 de octubre de 1864, Honorio aprendió temprano a madrugar sin quejarse. Madrid se convertiría en su obsesión y la ciudad que le enseñó a esperar, algo que no todos entienden entre la prisa y el ritmo de la calle que se respira aquí desde hace siglos. Siempre le ha costado distinguir (a la ciudad) entre quienes viene de paso y los que lo hacen para quedarse, con esa manía tan suya de tratar a todos por igual. Pero Honorio la entendió y supo que no regalaba favores. El negocio de la carne fue su escuela . En realidad, era lo único que conocía. Y poco a poco, tras madrugones, frío, cuentas exactas y apretones de manos, Honorio montó una empresa que le permitió seguir creciendo sin querer parecer más de lo que era. Él mismo escribió en unas memorias íntimas que «llegué a Madrid, Arenal 2, hotel Iberia. Por allí vi pasar, calle Tetuán arriba, un mozo de cuerda que cargaba una cómoda, y Josefa Cano, que estaba a mi lado, con cierta alegría me hizo notar que aquel hombre era de La Candanosa. El paisanaje me hizo pensar que, si el porvenir mío iba a ser igual, no era muy halagüeño». Pero poco después se convertiría en todo un personaje de la capital. Este éxito no lo celebró. Simplemente lo asumió como quien asume una obligación nueva.Noticia Relacionada GATOS QUE FUERON TIGRES estandar Si El padre Agustín Rodríguez Teso, ángel entre tinieblas Alfonso J. UssíaVendió los negocios de carne y comenzó a invertir en cuero, hostelería y todo aquello que parecía honesto. De este modo, se hizo con el mítico Café Universal, en la Puerta del Sol, así como con varios solares en la calle Imperial. Hizo tratos con el ayuntamiento, otras empresas e incluso llegó a fundar con otros socios la empresa Minas del Riff. Incluso llegó a quedarse con el café Fornos, mítico de las tertulias bohemias y del Perro Paco, para convertirlo en el Café Riesgo, que sobrevivió hasta bien entrados los setenta. Y con tanta reunión con políticos, concejales, urbanistas y demás ralea, terminó por picarle la curiosidad con ese mundo que tan bien nos representa en el congreso. La política llegó tarde, cuando ya no tenía nada que demostrar, y quizá esa fue la razón que le sedujo del todo. Fue diputado en esa época feroz llena de palabras grandes y gestos excesivos. Y es que la Segunda República fue un escenario de pasiones, de discursos que pretendía cambiar el mundo en media tarde. Honorio hizo lo mismo de siempre: escuchar más que hablar. Él supo desde muy temprano que la realidad no se mueve a golpe de frase sino de hechos. Y siguió siendo él mismo, un tipo tranquilo que tenía una extraordinaria sabiduría, casi silenciosa, que solo se aprende currando y siendo honesto con uno mismo. El 7 de diciembre de 1933 don Honorio Riesgo García fue elegido presidente de las Cortes. Lo era por ser el diputado de más edad de los allí convocados . Era maurista y conservador. Y lo era por una sencilla razón: todo lo que tuvo lo consiguió trabajando. Pero esa calma del que no se rinde por nada tuvo la paradoja de vivir un tiempo en el que todo saltaba por los aires. Él que nunca buscó ser el primer plano, se encontró de pronto con la presidencia, la campanilla delante, y un murmullo que poco a poco se convertiría en grito, al tiempo que chillaba el país entero. Madrid lo vio todo. Lo vio llegar, lo vio crecer, sentarse un instante en el centro del poder y marcharse sin mirar atrás. Esa fue sin duda su gran victoria, la de permanecer en la memoria discreta de un Madrid que, de vez en cuando, reconoce a quienes la han vivido con paciencia.

