El efectismo como ideología en el final de ‘Stranger Things’
La serie apuesta por una forma de cultura que trabaja únicamente con las emociones y que apuesta por el efecto inmediato, que no es otro que agitar a las masas
Columna
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La serie apuesta por una forma de cultura que trabaja únicamente con las emociones y que apuesta por el efecto inmediato, que no es otro que agitar a las masas

El final de Stranger Things me ha puesto muy triste. No por lo que les pasa a los personajes sino porque es malo, malísimo y porque contiene una visión del mundo efectista y vacía. Me dirán que no tiene mayor importancia cómo acabe la serie de moda, pero Stranger Things es más que un producto cultural, también es una herramienta de socialización de millones de niños, jóvenes y votantes de todo el mundo. Aviso que hay espóileres en esta pieza y que empiezo por el que quisiera haber recibido: el final es un horror, tan malo que si no lo has visto lo mejor es ahorrártelo. Ni los protagonistas ni los espectadores nos merecíamos esto.
Les recuerdo que todos empezamos a ver Stranger Things en otro mundo. Uno muy viejo, hace ya 10 años, donde la cultura de masas aún estaba escrita en guiones de cine, donde no existían Prime Video, Disney Plus+ ni HBO y donde los cines se llenaban tanto como el Starcourt Mall de Hawkins un fin de semana. Entonces nadie tenía Glovo en el móvil y a los niños aún les ilusionaban las palomitas. Hoy el hype es una hamburguesa patrocinada que un rider te lleva a casa tan caliente como el mercado, que está excitado perdido al saber que se ha colado hasta la cocina.