‘El hombre de mimbre’: paganismo, tetas y terror en la película de culto que destrozó una amistad y una familia
SOURCE:El Pais|BY:Patricia Gosálvez Reyes
Tras encontrar seis sacos de cartas y documentos, dos de los hijos del director británico Robin Hardy reconstruyen la rocambolesca producción del clásico de ‘folk horror’ de los setenta
La realidad y la ficción a veces empatan.
En la película El hombre de mimbre (1973), un recatado y piadoso policía llega en hidroavión a una remota isla escocesa para investigar la desaparición de una niña. En Summerisle encuentra una comunidad de excéntricos vecinos que lo niegan todo y funcionan como una secta pagana (corren los años setenta), liderada por un elegante Lord, a quien le gusta travestirse para celebrar la cosecha de primavera. Hay disfraces de animales, bailes en topless, brujerías varias, juegos de pistas falsas... El giro final culmina con el gigantesco hombre de mimbre del título en llamas.
En la realidad, el rodaje de El hombre de mimbre tuvo lugar en la costa escocesa, pero en otoño de 1972 —actrices semidesnudas muertas de frío y flores de pega en los frutales— donde aterrizó, desde Londres, un variopinto equipo liderado por un publicista exuberante e irascible, Robin Hardy (Wimbledon, 1929-2016), que buscaba credibilidad artística rodando su primera película a los 43 años. La había escrito junto a su socio en la agencia, Toni Schaffer que estaba triunfando con la obra La huella y el guion de Frenesí, la película de Hitchcock. Eran íntimos, idearon el film mientras se bebían dos botellas de whisky una tarde de vacaciones con sus familias, pero tras la película se dejarían de hablar para siempre.
A lo largo del proyecto hubo adulterios, un ataque al corazón y un matrimonio roto, muchas broncas, una bancarrota... También anécdotas maravillosas, como que la actriz sueca Britt Ekland, chica Bond que interpretaba a una voluptuosa posadera, quedó descontenta con su doble de trasero (era el de una stripper que fueron a buscar a Glasgow), que el metraje del director fue destruido por accidente para asfaltar una carretera, o que Christopher Lee, que había comprado los derechos del libro en el que se inspira el guion, siempre dijo que Lord Summerisle era su mejor interpretación. El giro final: tras pasar desapercibida y fracasar en taquilla tras su estreno, El hombre de mimbre fue posteriormente encumbrada como “el Ciudadano Kane del cine de terror”.
El filme, que puede verse en España en Filmin (descrito como “el título de terror favorito de Tim Burton”), sigue siendo el libérrimo alegato de “un pensador radical”: “La suma de una intriga policial, una peli de porno blando y un musical, con un final de terror [...] hace que el filme perdure después de 50 años”. Las comillas son parte del libro con el subtítulo Lo han escrito Dominic y Justin Hardy (65 y 61 años), dos de los ocho hijos que el director tuvo con seis mujeres distintas.
La verdadera historia detrás de una de las películas más excepcionales jamás hechas).
Dominic es profesor universitario en Montreal, especializado en Historia de la sátira gráfica; su medio hermano Justin hace documentales históricos para la BBC o ARTE. Por videollamada, Dominic subraya que la vigencia de la w_ickermania_ se debe a que el filme contiene mensajes aún válidos sobre el cristianismo y la espiritualidad, sobre la intervención humana en el medio ambente, sobre sexualidad y temática queer... “Es una película de ideas, pero además es muy divertida”, dice.
El origen del nuevo libro añade una nueva capa de cebolla a la rocambolesca historia de esta obra de culto. Empieza así: en 2021 la señora que compró en los años setenta una de las casas por las que peregrinó Caroline Hardy (madre de Justin) tras ser abandonada por el director, decidió aprovechar el confinamiento y limpiar a fondo el ático. En un rincón encontró seis sacas de documentos.
Dentro había cartas entre Robin Hardy y Tony Schaffer, y de ambos con Christopher Lee; guiones con correcciones, fotos del rodaje, extractos bancarios, cuentas (desastrosas) de la agencia de publicidad que compartían, minutas de reuniones con las productoras del film... “Documentación”, explican en el libro los hermanos Hardy, “que arroja luz sobre lo que, en resumen, solo puede describirse como un caos autoinfligido, un caos a través del cual un importante proyecto creativo logró abrirse paso contra todo pronóstico”.
Todo gracias a la amabilidad de una desconocida que, en vez de tirar los sacos, le mandó una carta sobre su hallazgo a Justin, quien, desbordado, llamó a su medio hermano Dominic. El libro resultante (que sigue a un documental que rodaron en 2023) es una conversación entre ambos y sus “visiones opuestas de papá”.
Dominic dice por videollamada: “Podría haberme resentido porque abandonó a mi madre cuando yo tenía un año, pero siempre le vi como una luz dorada y le busqué para tener un lazo existencial, solo después de su muerte he visto su oscuridad... Justin, sin embargo, fue más abiertamente antagonista”. Justin lo explica así en el libro: “[Mi padre] y la película ocupan el mismo espacio en mi mente: ambos jodieron mi familia”.
Caroline, la madre de Justin, casada con el director a principios de los setenta, aguantó su ataque al corazón durante la preproducción, la subsiguiente bancarrota de su agencia publicitaria, el “problemático” rodaje y el “montaje de pesadilla”. Durante todo ese tiempo, además de apoyo moral (fue ella quien le dijo a Schaffer que le diese “algo que hacer” a su marido convaleciente) Caroline, que tenía dinero de familia, corrió con los gastos. El libro reivindica su papel como productora ejecutiva de facto de la película, ya que se arruinó financiando a su marido. “Buscando a nuestro padre encontramos a nuestras madres”, dice Dominic, “esas mujeres que se sacrificaron en el altar de El hombre de mimbre”.
Cuando el filme, boicoteado, sin promoción alguna por la propia productora, British Lion, fracasó estrepitosamente, Hardy abandonó a Caroline, con dos hijos pequeños, una deuda y un grave problema de alcoholismo. Ella vendió la casa familiar; él, que había renunciado al 10% de los royalties y a su sueldo para financiar el rodaje, se fue a probar suerte a Nueva York. La leyenda familiar es que llegó a dormir en un banco de Central Park.
La suerte de la película viraría cinco años después. Malvendida a distribuidores estadounidenses, se movía por los circuitos de autocines en EE UU. Christopher Lee y Hardy se pasearon por todos los foros que pudieron y lograron que se proyectase también en salas gays de San Francisco y círculos universitarios. Solo entonces, según los hijos, empezó a ser entendida como algo más que un extravagante filme de terror. “Explicar el contexto histórico en el que encaja su fracaso y su posterior éxito” fue también una de las motivaciones para escribir el libro, explica Dominic.
El hombre de mimbre adquirió así el estatus de culto del que aún hoy goza: en los noventa se emitía cada Año Nuevo en el Channel 4 británico, se sigue considerando una pionera del folk horror y es un clásico en los festivales de género; ha inspirado éxitos como Midsommar (2019) y tuvo su propio remake (aunque no el mejor) en 2006 dirigido por Neil LaBute y protagonizado por Nicolas Cage (al director original no le gustó nada).
Hardy, que había renunciado a sus derechos, nunca vio un duro de ese éxito tardío, aunque vivió de sus ecos hasta los 86 años. Escribió una novela basada en el guion de Schaffer, probó suerte con el género y con un par de secuelas de la historia, paseó El hombre de mimbre dando conferencias por el mundo hasta su muerte... Pero nunca levantó cabeza del todo.
“No fue capaz de hacer nada parecido a aquella película”, dice Dominic recordando que otros directores británicos que empezaban entonces (Mike Leigh, Ken Loach) se apoyaron en equipos y repartos estables con los que siempre repetían. “Mi padre se peleó con todos, quizás si hubiese sido capaz de reunir al equipo de nuevo... Pero estaba obcecado por conseguir su propio éxito, era muy orgulloso... Y la relación con Schaffer... eran dos egos enormes, ferozmente individualistas, que desde entonces siguieron caminos separados... El hombre de mimbre fue su primera película, pero durante años habían sido socios y amigos, en realidad fue su última colaboración, su despedida”. Y así, aquella película extraña y única ocurrió como “un relámpago en una botella”, dice el hijo del director: “Surgió a pesar de los antagonismos, para acabar siendo algo más grande que sus partes y es el testimonio de que la creatividad se abre paso, incluso en las circunstancias más adversas”.