El inquietante regreso de la patria
Se echa en falta menos nación y más atención a la ciudadanía, especialmente cuando el insulto permanente desmantela la credibilidad del sistema
1. Toma partido por España, este era el eslogan que presidía la conferencia de prensa de balance del año del presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. Es decir, apúntate al PP, el único en el que la patria puede confiar. Que a su vez es lo mismo que dice la extrema derecha, Vox, el partido de la verdadera España. El noviazgo incómodo pero irrenunciable entre estas dos familias, hay amores que matan, pasa por este punto: la autenticidad patriótica, la disputa por la apropiación de una realidad esencial que les une y les separa a la vez porque ambos quieren tener el reconocimiento como auténticos sacerdotes de la nación con derecho a señalar a los adversarios como traidores y vendepatrias. Una concepción del mundo con antecedentes que no son precisamente ejemplos de democracia. Tomar la nación como una realidad transcendental es puro totalitarismo. Y en este país, además, tenemos la experiencia del fascismo franquista.
Hay una diferencia fundamental en relación con la idea de patria entre las derechas autoritarias y las derechas liberales. Para estas la nación es simplemente un marco referencial de pertenencia en el que rige una legalidad compartida. Las derechas autoritarias, en cambio, pretenden hacernos creer que la patria es una realidad superior que está por encima de los ciudadanos y que les da autoridad para el despliegue represivo cuando pretenden convencernos de que está amenazada.
Feijóo pone la patria por delante como manera de afirmar quién es el que marca el paso. Vox se ha puesto exigente. Y le disputa la exclusiva. La apelación a lo fundamental lleva siempre incorporada una pretensión de impunidad. Para las derechas autoritarias, en nombre de España todo está permitido. Por eso, enmarcan sus discursos montándose en ella. A partir de aquí, todo lo demás se da por añadidura. Quien no está con ellos está contra la patria. Feijóo, con este apoderamiento de la nación está cruzando la línea que separa a la derecha democrática de la derecha autoritaria. La fe en España como imperativo ya no sólo político, sino incluso moral.
2. Coinciden ahora mismo varios factores para que este conflicto vuelva a entrar en escena. Y lo que ocurre en España es una versión convencional, menos histriónica, del modelo autoritario que Trump está desplegando en el mundo. Y precisamente porque existe este patrón no se puede tomar como una anécdota, como una cuestión coyuntural. La política española es un espacio más que se incorpora a este momento de la oleada trumpista que aquí toma formas que inevitablemente llevan a la recuperación de la tradición de la derecha española, que emana del franquismo, con el que nunca ha roto del todo.
El ruido sube de tono cuando el PP lleva ya demasiados años en la oposición y siente la urgencia de romper moldes para dar el salto. Feijóo no puede permitirse una nueva derrota y viene exhibiendo su inseguridad con más descalificaciones que propuestas, sin demasiado interés en construir un verdadero proyecto y acudiendo al recurso fácil de la España en peligro y del valor superior de la nación. Tiene además un ingrediente para el consumo, que es la desventura catalana de 2017.
3. Y de lo local a lo global. En los años sesenta y setenta, cuando Europa se iba liberando de las cargas de los fascismos y de la guerra, la sobreactuación patriótica perdió su efecto, llevaba al recuerdo de la guerra que el nazismo y el fascismo promovieron y que durante unos años actuó como vacuna para no volver al pasado. Pero todo aquello queda lejos ahora, y la desmemoria tiene sus consecuencias. A menudo, cuesta entender la gravedad que pueden alcanzar las cosas cuando la patria —o la religión— se convierten en elementos dominantes del conflicto político. No estamos aquí todavía, pero a Europa están llegando los efectos de la súbita radicalización conservadora. Por tanto, vuelven a sonar sintonías que ya parecían descontadas. Y en todo el continente ocurre algo que no se había visto en medio siglo: el rugir con fuerza de lo que ahora llamamos el autoritarismo posdemocrático que amenaza las esencias de la Europa democrática. Las derechas se rearman y las izquierdas dan señales de desconcierto, no saben, no contestan. Y es imperativo que los hábitos democráticos despierten ante este peligroso letargo.
La privilegiada Europa, que llevaba años inmersa en un razonable pulso democrático, muestra ahora síntomas inquietantes de contaminación patriotera. Y, sin embargo, lo que se echa en falta es menos patria y más atención a la ciudadanía, especialmente cuando las refriegas entre políticos, el insulto y la desautorización permanente, desmantelan la credibilidad del sistema. La nación como coartada de la impotencia. Por eso, el patriotismo excluyente de Feijóo es inquietante. ¿Se está perdiendo el mínimo denominador común democrático que marca los límites del campo de juego?