El mayor regalo que Venezuela ha hecho a nuestra izquierda radical
Ni el oro, ni el petróleo, ni la cumbia, ni la arepa, ni el dinero que el chavismo metió en un grupo de profesores de Políticas españoles para ampliar su influencia geopolítica. No. El mayor regalo que Venezuela le ha hecho a la izquierda radical española es la oportunidad de expresar la xenofobia.La xenofobia es uno de los placeres sublimes que la naturaleza puso en la punta de la lengua de los humanos junto al erotismo, el azúcar o las palabras malsonantes. Nosotros evolucionamos en dirección opuesta al gato: jauría triunfal si vamos en grupo y deprimente despojo lleno de traumas en la intimidad. El sentimiento de interdependencia que nos hizo fuertes cimentó la xenofobia en nuestros genes como rasgo evolutivo. Sin xenofobia no hubiéramos podido cargarnos a los neandertales, ni a los tigres, ni a los murcianos. Los hubiéramos abrazado hasta ser devorados por ellos. Sentir a la vez unión entre iguales, repugnancia por el distinto y horror visceral ante el ligeramente igual y diferente nos ha convertido en lo que somos: gente que vive en países, paga impuestos y recela de los extranjeros. Estaríamos en la cima de la cadena trófica de no ser por la Agencia Tributaria.Problema: ciertas visiones morales del mundo, como ser de Podemos, impiden a los individuos el uso y disfrute de su racismo consustancial. Este tipo de odio es demasiado facha, así que los usuarios han tenido que sublimarlo odiando al facha, pero no es lo mismo. El animalito interior del izquierdista radical pide odiar, él también, a algún extranjero. Después de todo, la envidia es el motor que mueve su mundo. ¿Qué va a ser eso de que sólo los fachas puedan odiar a los extranjeros? ¿Qué hay de nuestra parte? ¡Tenemos derecho a odiar también a los extranjeros!Pero ¿cómo? El bolivariano español se devana los sesos para redistribuir esa riqueza mientras reprime el grito racista de su interior con la saña con que un camisa parda iría tras un rabino. Desesperado, opta por sucedáneos y termina descargando su odio contra los turistas y los judíos, a los que llama sionistas. Pero los turistas se van en seguida y judíos quedan muy pocos aquí.¿Qué hacer, pues? El cuerpo pide horcas, antorchas y gritarle a algún extranjero que se vaya a su puto país ¿Dónde encontrar la vía para satisfacer este deseo? Pues bien, el bolivariano español hace lo mismo que sus ancestros: esperar a que llegue un barco de América, a ver qué trae. Y eureka. Llega un barco tras otro, cargados todos ellos de venezolanos que huyen del país que el chavismo ha destruido, y el izquierdista bolivariano español se relame los bigotes porque al fin ha encontrado un extranjero desamparado al que poder odiar a placer y sin complejos. ¡Malditos venezolanos! ¡Vienen a quitarnos nuestros pisos y joder nuestras mentes financiando pseudomedios!El venezolano es un material de primera para el ejercicio sublime de la xenofobia. Da cuartelillo a Pablo Iglesias para salir de la Taberna Garibaldi al paso de la oca, y a una diputada suya para tildar de «parásitos» a los inmigrantes, y a sus tuiteros de referencia para relacionar el precio de la vivienda con la invasión de venezolanos, y a un comentarista como Antonio Maestre para escribir un artículo que nos advierte de los peligros de permitir la existencia de una «gusanera fascista venezolana» en Madrid.El artículo de Maestre ha provocado una conmoción, pero yo creo que cristaliza el meollo del asunto. El izquierdista radical aspira a odiar también algún grupo de extranjeros y con dos vueltas retóricas lo consigue. Pinta al venezolano que vive en Madrid como un fascista que invierte el dinero que robó al pueblo para destruir por completo el progresismo español. Reprocha a Sánchez que haya dado asilo a tantos, los animaliza, los deshumaniza y los hace acreedores del poder magnético y diabólico que aquel clérigo ruso atribuía hace cien años a los «sabios de Sión».Le falta decir que el venezolano planea un genocidio para quedarse con el barrio de Salamanca para que la soflama quede redonda.El argumento que disfraza de política la xenofobia vendría a ser así: dado que muchos venezolanos asilados en España consideran que una ideología que empieza por 'social' y termina por 'ismo' hundió su país en una sima tan honda como sus reservas de petróleo, no todos se muestran lo bastante convencidos de que la España de Sánchez tiene el mejor gobierno de la historia. No son, por tanto, agradecidos con el gobierno que los acoge, y por lo tanto deberían ser castigados de alguna forma: por ejemplo, leyendo artículos de Antonio Maestre.Se supone, por tanto, que ocho millones de venezolanos de la diáspora son ricos, fascistas y compran pisos. Normal que Venezuela esté en la ruina si se han ido del país ocho millones de ricos, pero no entiendo que no se haya recuperado el país habiendo expulsado a ocho millones de fachas.¿Conclusión? Son inmigrantes, sí, pero de los malos. A diferencia de los clérigos wahabitas fans de la yihad, de los quinquis de importación que pegan el palo y toda esa gente a la que la izquierda ve como un escuadrón de limpiadores de culos que además nos pagará nuestras propias pensiones, estos venezolanos huyen de una tiranía que nos gusta, recelan de un gobierno de parecida ideología y les gusta Ayuso. ¡Amos, anda! No tolera el izquierdista bolivariano que haya españoles fans de Ayuso y se lo va a permitir a un extranjero.
