El siglo de las listas
Las listas modelan los gustos del pasado y el futuro, para que no dependamos de eso que se llamaba la independencia de criterio
Sí, las listas están en auge. Se hacen listas de los mejores libros del año, de los diez últimos, de los últimos cincuenta, listas de los que vendrán, de las mejores series, de los filósofos más influyentes, de las mejores canciones de este siglo y del XX; por hacerse listas se han hecho hasta de los mejores suplementos de decoración (creo que en The New York Times, que refulge de listas a diario); listas de las mejor vestidas, de los divorcios más escandalosos, de las 15 appliances de cocina imprescindibles, de los diez ejercicios de fuerza que te harán llegar a centenario tan pichi, de los mejores panettones y roscones, de los diez músicos que se nos fueron en 2025, de las artistas pop que aumentan el PIB, de los diez acantilados que deberías visitar una vez en tu vida, de las mujeres más influyentes. Una puede vivir leyendo listas, no solo en los periódicos, sino las de instagramers que, con muchos o poquitos seguidores, han decidido que el mundo no puede vivir sin sus listas, y las hacen de libros, películas o canciones que no aparecieron en las “oficiales”. Se hacen listas de lo que podrías perderte si solo obedeces a las listas, y luego hay listas muy específicas, esas que enumeran las diez novelas románticas que no enfurruñarán a la crítica literaria o las diez del nuevo gótico novelístico. Contagiados por esta fiebre de la cuantificación, los politólogos nos anuncian con tiempo los diez acontecimientos cruciales del próximo año y los sociólogos las 20 cosas por las que deberíamos creer que este mundo, aunque no lo crean, va de puta madre. En aquel mítico film de Leslie Nielsen sobre una plúmbea gala de los Oscar había premios hasta para la mejor película con perro. ¿Para cuándo la mejor novela con mascota? Las listas modelan los gustos del pasado y el futuro, para que no dependamos de eso que se llamaba la independencia de criterio.
Como soy insomne, siempre he sido aficionada a hacer listas en la ardiente oscuridad. No es efectivo como contar ovejas, al contrario, ya que puedes engolfarte tanto con una lista que acabes por despejarte aún más. Hago listas de las ciudades y las calles en las que he vivido, de las mudanzas, de las traumáticas obras domésticas, de los buenos amigos que he hecho cuando se dice que ya no toca, de los que perdí, de las ocasiones en que me emborraché (contadas), de las veces que me he caído (muchas), de los golpes de suerte (incontables), incluso hago listas secretas que dan cuenta de aventuras de juventud que casi olvidé. No he logrado sacarle rendimiento económico a esta contabilidad. El caso es que en Nochevieja percibí que no era poca la gente que despedía 2025 dándole una patada en el culo. Gente sensible como para distinguir las alegrías íntimas de aquellos acontecimientos que enturbian nuestro destino colectivo y nos provocan una inquietud justificada. Como a mí me ocurre igual y soy capaz de albergar alegría y preocupación a un tiempo, pasé el día de Año Nuevo haciendo una lista de acontecimientos aberrantes que han confluido en este año de inolvidable rima: el primero, ese fin de año en Mar-A-Lago reuniendo a Trump y a Netanyahu. ¿puede haber peor augurio?; segundo, la falsa paz en Gaza que ha sumido a los palestinos en el hambre, el frío y la enfermedad; tercero, la prohibición a las organizaciones humanitarias de paliar el desastre; cuarto, el retroceso en la agenda verde que acelera el desastre ecológico; quinto, la mentira que no pasa factura, véase un Mazón; sexto, la cobardía y el desconcierto de Europa que nos sume en el desamparo; séptimo, el discurso xenófobo y racista calando en la calle; octavo, los tecnobros fomentando el radicalismo ultra; noveno, Trump postulándose como Premio Nobel mientras recibe el año con un bombardeo; décimo, Putin se divierte como aquel Charlot con la bola del mundo. Esta lista está pidiendo a gritos otra que les animo a iniciar: y nosotros, ¿qué podríamos hacer?