El sueño de libertad que continúa: Venezuela, en suspenso político
Ha transcurrido una semana desde que Nicolás Maduro fue extraído de Caracas en una operación militar estadounidense de precisión quirúrgica, y Venezuela se ha despertado a una realidad que desafía toda categoría convencional. No es el caos que se temía, ni el orden que se prometía. Es algo mucho más inquietante: una suspensión del tiempo político, una pausa que amenaza con prolongarse, mientras la vida, en una mueca de normalidad, sigue su curso. Las calles conservan su trazado, los edificios su verticalidad. Los comercios abren, los autobuses circulan, la gente camina. Pero una nota discordante lo altera todo: el presidente no está. Y nadie, en el fondo, sabe qué significa eso. La vida continúa, y esa es la perturbación más profunda.Lo ocurrido en Venezuela no es una revolución, ni tampoco una contrarrevolución. Es un patrón que América Latina conoce bien, aunque rara vez ejecutado con tal celeridad: la sustitución de una administración por otra, bajo la atenta supervisión de Estados Unidos. El continente está sembrado de estos episodios: Guatemala en 1954, Chile en 1973, Haití en 1994. La diferencia, en Venezuela, es la velocidad. La ausencia de celebración. Y, sobre todo, la descarnada franqueza con la que Estados Unidos ha expuesto sus intenciones.Desde Mar-a-Lago, Donald Trump ha sido explícito. Mientras los venezolanos intentan descifrar el nuevo acertijo de su país, Trump habla de petróleo. «Venezuela tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo», ha sentenciado. «Nuestras compañías petroleras necesitan acceso a esos recursos». La nacionalización de 1976 parece ahora una reliquia de un pasado remoto. El petróleo es la razón. Todo lo demás es un elaborado teatro.Noticia Relacionada estandar Si Nueve presos liberados, cientos en la sombra: el teatro de los Rodríguez Jorge Benezra La estrategia es clara: liberar a cuentagotas, sin reconocer el autoritarismo silenciosoSobre la duración de esta «transición», Trump ha sido igualmente directo: «La transición durará lo que tenga que durar». Una frase que en el contexto venezolano resuena menos como una promesa de cambio y más como una advertencia de ocupación indefinida. No hay prisa. No hay cronograma. Solo la certeza de que Estados Unidos permanecerá en Venezuela el tiempo que sea necesario para asegurar sus intereses.Pero hay otro acto en este teatro que resulta particularmente revelador. María Corina Machado , la líder opositora galardonada con el Premio Nobel de la Paz, ha sido excluida de la transición. «No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país», dijo Trump, con la displicencia de quien decreta una verdad incontestable. Machado, símbolo de la resistencia, ha sido descartada por Washington. Su lugar lo ocupa ahora Delcy Rodríguez , la vicepresidenta que ha ascendido a la presidencia encargada.Rodríguez se presentó ante la Asamblea Nacional para asumir formalmente el cargo. Su hermano, Jorge Rodríguez , preside el parlamento. La ceremonia fue un ejercicio de contención. Sus palabras, un delicado equilibrio. «Vengo con dolor por el sufrimiento que se le ha causado al pueblo venezolano después de una agresión militar ilegítima contra nuestra patria», dijo, sin reconocer que ella misma es una pieza clave en el acuerdo que permitió esa agresión. Es el lenguaje de la resistencia, pero pronunciado por la figura elegida por Washington para gobernar. La contradicción es tan flagrante que casi nadie se atreve a señalarla.Tras la caída de Maduro Arriba, la gente carga sus teléfonos tras un apagón en su barrio después de que Estados Unidos atacara Venezuela y capturara a Maduro; debajo a la izquierda, un hombre rescata pertenencias de entre los escombros después del ataque; a la derecha, se puede apreciar cierta normalidad en las calles de Caracas REUTERS/AFPMientras tanto, el chavismo no ha dejado de celebrar. Cada día hay actos, manifestaciones, conmemoraciones. Como si Maduro siguiera en el poder. En los actos públicos, la voz grabada de Maduro resuena en los altavoces: «No war, yes peace». El hombre extraído de su país por una fuerza militar extranjera ahora predica la paz desde una celda federal en Brooklyn. Y la administración que lo ha reemplazado utiliza su voz como un símbolo de continuidad.Noticia Relacionada estandar Si Trump y el petróleo de Venezuela: el festín sobre el coloso moribundo texto: Jorge Benezra. Fotos: Álvaro Ybarra ZavalaLos pilares del nuevo poderJunto a Rodríguez, dos hombres sostienen el andamiaje del poder. Diosdado Cabello , el número dos del chavismo, ostenta ahora el cargo de ministro del Interior y Justicia. Sobre él pesa una recompensa de 25 millones de dólares ofrecida por Estados Unidos. Cabello se ha convertido en un actor incómodo para Washington. Ha negado cualquier traición a Maduro y ha recorrido Caracas arengando a la población. En una marcha a favor de Maduro, exigió el retorno del «presidente electo». Cabello parece jugar a un juego cuyas reglas solo él conoce.El chavismo no ha dejado de celebrar. Cada día hay actos, manifestaciones, conmemoraciones. Como si Maduro siguiera en el poderEl otro pilar es Vladimir Padrino López , el ministro de Defensa que controla las Fuerzas Armadas. También sobre él pesa una recompensa, de 15 millones de dólares. Pero Padrino de manera astuta ha respaldado a Rodríguez como presidenta interina, calificando la captura de Maduro como un «cobarde secuestro», pero sin mover un dedo para evitarlo. Padrino ha optado por la continuidad, bajo nuevas reglas.Pero lo más significativo es lo que no sucede. El alto mando militar brilla por su ausencia. Mientras Padrino López reconoce a Delcy Rodríguez, los generales de las Fuerzas Armadas guardan un silencio elocuente. Durante treinta semanas, las amenazas de una intervención estadounidense fueron una constante. Pero cuando llegó el momento, las Fuerzas Armadas venezolanas no pudieron, o no quisieron, evitarlo. La rapidez de la caída sugiere una resistencia mínima, y eso ha dejado un vacío de credibilidad en las instituciones militares.Sensación de traiciónLa sensación de traición impregna el ambiente. No la de una conspiración de opereta, sino algo más sutil: la traición de la incapacidad, de la debilidad institucional, de la corrupción. Los militares, presentados durante décadas como los guardianes de la revolución, resultaron ser incapaces de defender al gobierno. La desmoralización es palpable.Cientos de venezolanos han salido a celebrar la caída de Maduro, pero no en su país. En Miami, en Madrid, en Nueva York, los exiliados festejan. En Caracas, reina el silencio. Es una calma antinatural, la aceptación colectiva de que el verdadero poder nunca residió completamente en el hombre al que llamaban «Súper Bigote».Mientras Padrino López reconoce a Delcy Rodríguez, los generales de las Fuerzas Armadas guardan un silencio elocuenteLa paradoja que define el momento es perturbadora: mientras la nueva Administración anuncia liberaciones de presos políticos, el cerco policial se cierra más que nunca. Jorge Rodríguez, desde la presidencia del Parlamento, anunció la liberación de «un contingente considerable» de detenidos. Ocho fueron excarcelados. Pero según la ONG Foro Penal, entre 800 y 1.000 personas permanecen encarceladas por razones políticas . Se liberan unos pocos para las cámaras, mientras cientos continúan en El Helicoide, en Rodeo Uno, en las cárceles que son sinónimo de represión en Venezuela.Caza de brujasLa represión, mientras tanto, ha mutado. El «Estado de Conmoción Exterior» es la herramienta legal para una caza de brujas que no distingue entre un comentario en redes sociales y una colaboración activa. Rodríguez ha decretado un estado de emergencia de noventa días que confiere a las fuerzas de seguridad facultades extraordinarias para la «búsqueda y captura» inmediata de cualquiera acusado de respaldar «el ataque armado de Estados Unidos».La presencia policial y de los colectivos, esas milicias de hombres enmascarados y armados, se ha intensificado. Su presencia es un mensaje, un recordatorio de que el control del espacio público se ha intensificado. Decenas de retenes militares han proliferado en la ciudad. A los periodistas extranjeros se les niega la entrada; a los locales se les intimida . El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa ha sido claro: «No es posible una transición a la democracia con censura y prisión arbitraria».La presencia policial y de los colectivos, esas milicias de hombres enmascarados y armados, se ha intensificadoEste autoritarismo silencioso es más sofisticado que el de hace una semana. Se ha atomizado, se ha infiltrado en los teléfonos, en las conversaciones. El miedo es suficiente. Y el miedo, en Venezuela, es ahora más eficiente que nunca.Hay voces que leen la realidad con una claridad descarnada. Virgilio, un octogenario, no tiene miedo: «Aquí está muy claro: negociaron la cabeza de Maduro. El chavismo legitima todos los negocios y la cúpula que se quedó se reparte el poder con cara de cambio».Alejandra, una estudiante de veinticinco años, observa la situación con la ironía de una generación desesperada. «Tengo veinticinco años y no he visto ni conozco otro gobierno. No me importa que nos gobierne Trump. Acá el chavismo se llevó más de sesenta mil millones de dólares en corrupción, así que no me importa como venezolana darle el petróleo como forma de pago a un ente exterior».Yorbis, un joven comerciante de Catia, prefirió no salir de su casa durante cuatro días. «Vi cómo los colectivos amenazaron y golpearon al día siguiente de la salida de Maduro a los que querían trabajar». Su testimonio ilustra la realidad cotidiana de la represión silenciosa: el miedo se propaga por sí solo.Extraña normalidadEn apenas una semana, Venezuela se encuentra en una encrucijada que no es nueva en América Latina. Lo que es nuevo es esta extraña normalidad, casi surrealista. Como si el poder simplemente se hubiera retirado de la escena, dejando todo lo demás intacto. Como si todo hubiera sido un sueño. Pero el sueño, de alguna manera, continúa.Y mientras continúa, el petróleo sigue bajo tierra, esperando a sus nuevos dueños. María Corina Machado espera en la sombra. Las Fuerzas Armadas permanecen en silencio, desmoralizadas. Y los ciudadanos caminan por calles que parecen normales, pero que están sembradas de retenes, de miedo, de incertidumbre. El chavismo celebra cada día como si nada hubiera sucedido. Y la vida continúa, extrañamente normal, en una Venezuela que ha cambiado todo para seguir siendo exactamente la misma.
