Ellos son los auténticos fascistas
Hace apenas un par de semanas, una mariachi del doctor Sánchez, ministrilla en derribo y oblata al descalabro aragonés, escribía en sus redes sociales que, «mientras unos se dedican a intoxicar y a trolear la democracia», el Gobierno se dedica a «hacer de España un país sólido, confiable y con rumbo». E ilustraba tan turulato aserto con un gráfico sobre la evolución de las cotizaciones bursátiles de las empresas del IBEX, desde la fecha en que el doctor Sánchez se hizo con el poder. No era la primera vez que un mariachi del doctor Sánchez nos trataba de convencer, con retórica burdamente triunfalista, de que vivimos en Jauja porque la bolsa registra un nuevo «máximo histórico», o porque los bancos reparten más beneficios que nunca. En cierta ocasión, incluso, cierto mariachi con fama neandertal o pendenciera se burlaba socarronamente de esa derechuza con graves deficiencias cognitivas que caracteriza al doctor Sánchez y a sus mariachis como peligrosos «socialcomunistas»; y para dejarla en evidencia presumía de que Blackrock se disponía a invertir en España tropecientos mil millones.Desde luego, gentes que sacan pecho de las cotizaciones bursátiles de empresas cuyos ingresos se generan mayoritariamente fuera de España, o de las inversiones de fondos dedicados a la rapiña de las economías nacionales, no son «socialcomunistas»; no es preciso que los mariachis del doctor Sánchez nos los aclaren. A mí más bien me recuerdan a esos gobernantes al servicio del «imperialismo internacional del dinero» que denunciaba Pío XI en Quadragesimo Anno; gobernantes que, en lugar de ocupar el «puesto de rector y supremo árbitro» que les ha sido otorgado para embridar y reprimir los designios del Dinero, se hacen sus esclavos y celebran sus taumaturgias bellacamente, ante una multitud de cretinos que los jalean (mientras sufren las consecuencias de tales taumaturgias). Resulta, en verdad, desquiciante y oprobioso que sedicentes «socialistas» pregonen los éxitos de la economía financiera (esencialmente antisocial y apátrida), sintiéndose además partícipes de los mismos y restregándoselos por los morros a una parroquia alienada que los vota, creyendo que son «de izquierdas».Nuestros gobernantes son lacayos de la plutocracia que, mientras sirven a su dueño, permiten (qué digo permiten, auspician y favorecen) que el poder adquisitivo de los españoles se agoste, que aumente la edad para poder jubilarse y los años de cotización para poder cobrar una pensión, que la adquisición de una vivienda –y hasta su alquiler– se convierta en una quimera, que los índices de pobreza infantil (y adulta) alcancen cotas insospechadas en un país «desarrollado», que los servicios públicos se deterioren hasta asomarse peligrosamente a los abismos del tercermundismo, que se generalicen los contratos llamados sarcásticamente «fijos discontinuos» con el propósito descarado de falsificar las cifras del paro. Todo ello mientras se destina más dinero público que nunca a la industria armamentísica y se alimentan con miles de millones remotas guerras perdidas; todo ello mientras se abastece de forma indiscriminada a la industria farmacéutica con la adquisición de millones de dosis de vacunas que luego caducan y se pudren en sótanos y hangares. Y, no contentos con ello, estos lacayos de la plutocracia aún tienen el cuajo de mearnos en la jeta, diciéndonos con desfachatez y desparpajo: «Este Gobierno ha mejorado tu vida mes a mes».Para mantener engañados a los cretinos, estos lacayos de la plutocracia no paran de publicitar las «subidas» periódicas del salario mínimo interprofesional, que venden como grandes logros «socialistas»; pero basta comparar esas cosméticas subidas salariales con la subidas descomunales de los precios de los alimentos más básicos, del suministro eléctrico o de la vivienda para advertir que se trata de un burdo trampantojo. Y, entretanto, el salario mínimo se ha convertido en el sueldo de la franja más poblada del mercado laboral español, mientras los salarios superiores se estancan. Porque lo que estas falsas subidas del salario mínimo enmascaran es un proceso sangrante de pauperización rampante de la sociedad española, que para fingir que sigue instalada en la opulencia empieza a asimilar comportamientos –desde alimentarse con comistrajos hasta jibarizar las vacaciones– que hace veinte o veinticinco años nos perturbaba descubrir en países como Argentina.No, no son peligrosos «socialcomunistas», ni desorejados «bolivarianos», como pretende nuestra mongólica derecha felpudo. Son los apóstoles de un nuevo fascismo que ya no sacrifica a los pueblos en los altares del Estado, como hacían los fascismos antañones, sino en los altares del dinero apátrida. Son neofascistas al servicio de una oligarquía financiera que trasciende las fronteras nacionales, esbirros de lo que Sheldon Wolin ha denominado «totalitarismo invertido», expresión con que se refiere a una tiranía encubierta donde las corporaciones plutocráticas ejercen un poder sutil pero omnímodo sobre los gobernantes, que sostienen una democracia formal y ofrecen gallofas diversas a la gente alienada (derechos de bragueta a mansalva, trampantojos de subidas salariales, etc.), mientras subordinan los intereses sociales y nacionales a los intereses de la economía financiera. Y todo ello garantizando la paz social, porque los alienados cada vez más empobrecidos viven, entretanto, temerosos de que venga la mongólica derecha felpudo que los caracteriza de «socialcomunistas».En mi calle han instalado un figón oriental que promete a su clientela una comida –imagino que compuesta por arroz hervido e higadillos de rata– «desde cinco euros». Durante todo el día, la acera del restaurante está entorpecida por colas de gente que espera su turno para entrar en el grimoso antro; pero todos tienen el gesto risueño y satisfecho de quien siente que su vida mejora mes a mes. Estoy seguro de que, antes de acudir a la cola del restaurante grimoso, han estado retuiteando los mensajes de los mariachis del doctor Sánchez que celebran un nuevo «máximo histórico» de las cotizaciones bursátiles, un nuevo reparto fastuoso de beneficios bancarios, una nueva inversión de los fondos rapiñeros. El neofascismo, como el fascismo antañón, también encandila a las masas que ordeña y oprime.
