Entre ballenas, sangre y frío
Libros, cómics, una serie fenomenal y hasta el Nobel Krasznahorkai sirven para adentrarse en el territorio siempre fértil de Melville y el “¡por allí resopla!”
He acabado el año y empezado el nuevo entre ballenas. No se deduzca de esto que estoy en un viaje aventurero en plan Melville, Conrad o Jack London por esos mares de dios, no, mis ballenas son como casi siempre —algunas he visto en su elemento y una vez hasta me hicieron probar una en las Feroe: la grasa te inunda la boca como la cubierta del Pequod— ballenas de libros. Y también de una estupenda serie televisiva que he recuperado ahora gracias a Filmin, La sangre helada, basada en la sensacional novela de Ian MacGuire publicada en castellano con el mismo título por Roca Editorial (originalmente novela y serie se titulan The North Water).
Las ballenas, como los tigres, como los leones, como las serpientes o los elefantes, parecen llegar en oleadas y por temporadas, cada especie con su mensaje particular. El de las ballenas es grande y frío, con un punto existencial y metafísico y vinculado inevitablemente, además de a la melancolía por su destino, al capitán Ahab y a Moby Dick, pues es imposible sustraerse, en la ficción y hasta en la realidad, a la larga sombra del cachalote blanco, su terrible y fascinante influjo, la imagen de algo a la vez majestuoso y aterrador que nos acecha para pasar cuentas y deslumbrarnos: la vida.
Y empezando directamente por ellos, el loco capitán de pata de hueso y el cetáceo mortal, pálido y grande como un iceberg, han caído en mis manos dos libros preciosos, dos álbumes de cómic en los que aparecen. Uno es Achab, de Patrick Mallet, que he conseguido en la edición completa de Glénat (2025) y que quería leer desde que lo recomendó Fernando Savater, fan donde los haya de Moby Dick. Achab cuenta, inventándosela en base a los elementos de la novela de Melville, la biografía del ficticio capitán previamente a la historia que todos conocemos. Comienza con su infancia en Nantucket (el cómic arranca en 1806, unos cuarenta años antes de los acontecimientos narrados en Moby Dick) y su primer contacto con un cachalote, hallado muerto en una de las playas de la isla, la de cerca del faro de Siasconset, si no recuerdo mal el paraje. Y termina en el momento en que le colocan la prótesis de hueso de ballena para sustituir la pierna (derecha) perdida en la lucha con el leviatán blanco entre los hielos del océano Antártico y mientras se conjura para una nueva caza, la definitiva, del cetáceo. La pierna, que le ha quedado atrapada, se la ha cortado el propio Ahab para escapar y la engulle la ballena como se ha tragado con anterioridad los cuerpos amortajados en sudarios blancos de la mujer y el hijo mortinato del capitán lanzados ceremonialmente por la borda, uno de los momentos más impresionantes de las viñetas de Mallet.

El otro cómic que decía es un álbum extraordinario, una edición de 2022 (Lo Scarabeo) del Moby Dick de 1967 de Dino Battaglia, considerada una de las mejores adaptaciones a las viñetas, que incluye diversos materiales complementarios como ilustraciones (entre ellas las célebres de Frederic Maertens de cachalotes) y cuadros famosos (Whalers, de Turner), y artículos acerca de la historia de la caza de ballenas y sobre la manera en que se ha plasmado la novela de Melville en las historietas. El álbum documenta grandes obras como las de Leopoldo Durañona, Franco Caprioli, Enrique Breccia (hijo de Alberto Breccia), Paul Guillon o el propio Battaglia. Me ha interesado mucho descubrir que incluso Guido Crepax llevó a su terreno a Moby Dick, haciendo aparecer a la ballena en unas viñetas alucinantes (eróticamente alucinantes) de La casa matta, con la curvilínea Bianca, sosias de la famosa Valentina, ofrecida desnuda como sacrificio al icónico cetáceo. Elemento central del álbum, la adaptación de Battaglia, que se toma alguna licencia con la novela, es magnífica, con viñetas tan inolvidables como las de la ballena blanca nadando entre un mar y un cielo de tinta ambos (la versión es en blanco y negro) o Ahab colgado de la jarcia oteando a su archienemiga. Es patente la influencia de la película de John Huston.

Coincidiendo con los dos álbumes, me he leído el gran clásico de 1898 La travesía del Cachalote, de Frank Thomas Bullen (Ediciones del Viento, 2022: Eduardo Riestra siempre atento a recuperar libros fundamentales de los viajes y la aventura), en el que el autor, un Ismael de carne y hueso, relata sus experiencias de primera mano como marinero en un barco ballenero estadounidense tras haber navegado en clípers. Inolvidable su retrato del cuarto oficial y arponero, el señor Jones, un gigante negro apodado Goliat; o el del capitán Slocum (con ese nombre parecería que uno puede fiarse), “el diablo en persona”, y del que previenen al joven marinero al embarcarse en el Cachalote. En la narración, asistimos al uso del látigo de siete colas sobre un marinero que ha sustraído unas patatas para fabricar cerveza y aprendemos cosas como que no hay que arponear nunca a un rorcual (pelean mucho y proporcionan poco aceite) o que los barcos balleneros árticos huelen mucho peor que los que cazan en los Mares del sur. El autor se refiere en un pasaje al “loro de Jack”, que seguramente no sea el del capitán Sparrow de Piratas del Caribe sino el patronímico general de los loros marineros.

Es curioso que Bullen señale en el prólogo muy humildemente que cuenta sus vivencias “a la espera de la llegada de algún escritor que vea las extraordinarias posibilidades para la literatura que encierra el deambular por el mundo de los barcos balleneros”, porque Moby Dick se había publicado ya en 1851. Se da la circunstancia de que al presidente Theodore Roosevelt, más de safari y de galopar duro, le encantó La travesía del Cachalote y le escribió una simpática carta a Bullen en 1902 diciéndole que era lo mejor de su clase que había leído, precisamente, desde las obras de Melville_._ Otro fan del libro fue nada menos que Ruyard Kipling, que también envió una carta a Bullen, en el mismo año de publicación, felicitándolo por su obra: “No creo que ningún libro antes haya cubierto el entero asunto de la pesca de la ballena de manera tan completa y que al mismo tiempo ofrezca tantas escenas reales y nuevas del mar”.
La carta de Kipling está recogida entera en la primera edición del libro, The cruise of the ‘Cachalot’, round the world after sperm whales (Smith, Elder & Co., Londres 1898), de uno de cuyos ejemplares soy afortunado poseedor. Me hice con el precioso volumen, de tapas azules con un cachalote dorado en la portada, en un sitio tan inesperado como una tienda de antigüedades (Antiquariat am Dom) en Tréveris, en Alemania, durante un reciente viaje con el escritor Santiago Posteguillo, y eso que estábamos de romanos. Esa primera edición, que me costó una bien empleada pasta, cuenta con ilustraciones maravillosas de la peligrosa vida de los balleneros, y hay una de un cachalote enzarzado “in deadly conflict” con un calamar gigante que ya vale todo el precio del libro.
En fin, decía que estos días de ballenas me he enfrascado en una espléndida novela y una serie sobre el tema (de ambas han hablado anteriormente muy bien aquí Natalia Marcos y Juan Carlos Galindo). Me compré el libro La sangre helada seducido por la sugerente portada y el argumento, antes de saber que existía la serie, aunque lo anclé en el poblado puerto de mi mesa de noche en espera del momento de leerlo. Y lo he hecho al acabar de ver la adaptación, una miniserie de la BBC de seis capítulos que me ha parecido buenísima como me lo ha parecido también la novela, algo que pasa en muy contadas ocasiones (El paciente inglés, El imperio del sol, El Señor de los Anillos). La historia, que la adaptación, coproducción Reino Unido-Canadá, sigue con fidelidad casi absoluta, es la de un cirujano irlandés, Patrick Sumner, que se embarca en 1859 en la ciudad portuaria de Kingston upon Hull en un ballenero británico, el Volunteer, rumbo a los cazaderos del Ártico, concretamente a la polinia (espacio abierto de agua rodeado de hielo marino) conocida por los balleneros en el XIX como North Water y que se extiende entre Groenlandia y Canadá. En el barco se enrola también un violento y brutal arponero, Henry Drax, un personaje memorable y uno de los mejores (peores) asesinos que ha dado la ficción, que se convierte en la némesis del cirujano, un hombre adicto al opio y atormentado por los acontecimientos dramáticos que vivió durante el Motín de los cipayos en la India y que supusieron su caída en desgracia.

La historia —se ve por los mimbres— es apasionante en su mezcla de aventura marítima con ecos, como decía, de Melville (al que McGuire hace un guiño apuntando que Drax navegó en el ballenero Dolly y estuvo entre caníbales como el protagonista autobiográfico de Taipi), Conrad y London, y de thriller, géneros a los que se añaden la novela histórica y el relato etnográfico. La sangre helada se sigue con el corazón en un puño, tanto en la serie como en el libro. La peripecia es tremenda. McGuire la narra, y Andrew Haigh la adapta y dirige, con una sobriedad y un realismo estremecedores. Si uno de los grandes atractivos de la novela es la contundente personalidad del psicópata Drax, un auténtico monstruo cuyo carácter primario, bestial y salvaje resulta espeluznante y fascinante a la vez, la interpretación que hace de él Colin Farrell es colosal. He de confesar que yo tenía cierta tirria hacia el actor, cuya delicuescente representación de Alejandro Magno confunde el épico anhelo (póthos) del conquistador con los mohínes. Pero aquí está que se sale y valga la palabra para un papel que le ha requerido convertirse en una impresionante montaña de carne y músculo (engordó casi 30 kilos a base de hacer 8 comidas diarias). A destacar otros actores del reparto de la serie como Stephen Graham como el capitán del ballenero Arthur Brownlee, Tom Courtenay (el corrupto armador Baxter), Sam Spruell en el papel del desagradable segundo de a bordo Cavendish o el misionero entre los inuitl (Peter Mullan).
Como decía, la serie sigue meticulosamente la novela conjurando la misma atmósfera de insanidad y hasta repulsión desde que el amoral y depravado Drax mata de un ladrillazo a un hombre en las calles de Hull hasta el final no menos violento pasando por la vida y los asesinatos a bordo del ballenero y el sinvivir de los náufragos atrapados en el hielo a merced de la vasta indiferencia de la naturaleza. Desde luego no es una novela para espíritus sensibles. Pasajes como el de la revisión médica del grumete violado en el Volunteer o la de la operación de intestino ciego al misionero entre los inuitl son de aúpa. Como lo son lo episodios de la cruel matanza de focas y la caza de la ballena, con el surtidor de sangre al rematarla despiadadamente Drax. El límite de lo gore se alcanza, en novela y filme, en la alucinante escena con el oso polar eviscerado en cuyo cuerpo se mete Sumner para tratar de salvarse del frío.
La sangre helada enlaza con el gran relato clásico de exploración y supervivencia polar y guarda parecidos —al margen de la trama sobrenatural— con otra estupenda novela (de Dan Simmons) ambientada también en el Ártico y su no menos buena adaptación en serie, The terror, sobre la infausta expedición de Franklin. Como el Terror y el Erebus, los dos barcos de Franklin desaparecidos, el Volunteer es un navío maldito, al igual que lo es su capitán, Brownlee. También transita La sangre helada el territorio de Nanuk, el esquimal, de Flaherty, el de Los dientes del diablo, de Nicholas Ray, o el de Nadie quiere la noche, de Isabel Coixet. Y yo hasta le veo ecos de Pabellones lejanos, de M. M. Kaye (reditada ahora por Edhasa) y de las aventuras en la India del fusilero Sharpe de Bernard Cornwell. El enorme y peligroso Drax, ajeno a la moralidad humana y desatado en los páramos polares, no deja de tener asimismo algo de la criatura de Frankenstein, que recordemos se adentra también en el Ártico.
La sangre helada destaca, en contraste con el lenguaje grueso de sus personajes y lo siniestro y escatológico de la acción, por la belleza y pureza de los paisajes en que discurre y que la serie, filmada en escenarios naturales en el archipiélago de Svalvard, plasma en imágenes dignas de las descripciones literarias. La serie es solo un poco menos brutal que la novela y no aparece en ella uno de los crímenes más salvajes de Drax, la violación y asesinato de un niño negro en el puerto.

Me resisto a acabar esta historia de ballenas sin mencionar la ocasión en que tuve una discusión por una de ellas con el luego flamante premio Nobel László Krasznahorkai. Fue en septiembre de 2024 durante las Conversaciones Literarias de Formentor celebradas en un lugar tan alejado de New Bedford o Nantucket, y no digamos de la polinia ártica, como Marrakech y a las que acudió como invitado Krasznahorkai para recibir el premio Formentor (desde luego no se le puede negar vista al jurado). Aproveché la ocasión para tratar de que nos hablara sobre la metáfora de la ballena a partir de la disecada que pasea un circo ambulante en su hipnótica Melancolía de la resistencia (Acantilado, 1989), pero el escritor se resistía, precisamente, a hacerlo. Se produjo una situación tensa al yo insistir vehementemente ―no me iba a escamotear el novelista húngaro la ballena― y él salir por peteneras una y otra vez. ¿Dios, el Mal, el destino, Moby Dick, el estalinismo?, le apremié. “Ni en mi novela ni en la película sobre ella de Béla Tarr, la ballena es una alegoría de nada, no la hemos usado como símbolo, la ballena es una ballena y punto”, acabó zanjando molesto. Y añadió con aire de profeta cabreado: “¿Qué pensaría la ballena mirando a un hombre?, ¿que es una metáfora?”. Pero yo me asomé a sus ojos azules, tan satánicos en el arrebato como los de Ahab, y les juro que allí, el Nobel me perdone, nadaba la ballena, nuestra ballena. ¡Por allí resopla!