Flich y Miró y más de lo mismo pero a otra hora
Lo último de Ricky Gervais en Netflix, 'Mortality', es Gervais puro. Así, a quien le guste Gervais le va a entusiasmar y a quien le deteste no le hará ninguna gracia. Ocurre como con el próximo libro de David Uclés : a quien le guste Uclés le fascinará y a quien le gusten los libros bien escritos no. Yo me lo he pasado pipa porque su estilo brutalmente desprejuiciado me divierte muchísimo. Y más ahora que, como él mismo señala y satiriza, vivimos tiempos de postureo moral. Y ante ese postureo de banderitas bien visibles, virtuosismo autodeterminado, sobredosis de eufemismos y ansias cancelatorias, una horita de incorrecciones sobre negros, discapacitados, enanos, esclavos, transexuales, mujeres, niños o actores es terapéutica.Para compensar, me puse luego el programa nuevo de Marta Flich, Jesús Cintora y Gonzalo Miró (un trío con menos química que Sofia Coppola y Andy García en 'El Padrino III'), 'Directo a la gente', y que, como el monólogo de Gervais o el libro de Uclés, es más de eso que ellos hacen. Y, por tanto, gustará a los que les gusta el entretenimiento propagandístico disfrazado de información y no gustará a quien lo que busque sea el análisis de la actualidad con rigor e independencia. A los fanáticos del tono apocalíptico, a lo Gloria Serra, para todo (para anunciar el fin del mundo y para pedir un café con leche) les chiflará. A los que les guste acabar el día sin experimentar un ataque de ansiedad o de pánico cada tres minutos, no. Yo, al poco rato, ya estaba con taquicardia porque ya se habían emitido, y acababa de empezar la cosa, avances alarmistas de unas ocho noticias dramáticas pero inanes, anunciado cerca de media docena de exclusivas que iban a cambiar el curso de la historia contemporánea, un documento importantísimo en la mano de Marta Flich iba a desfacer el entuerto de lo de Villamanín y hasta me había echado agua por encima a mí misma, porque iba a beber justo cuando la música inquietante anticipaba el enésimo punto álgido de la información más inmediata y me dio susto. Todo era mortal, lo mismo una borrasca que una ruta de narcotráfico; todo era amenazante, lo mismo Trump que una explosión; todo era tensión máxima, lo mismo el avance de la ultraderecha que el desahucio de unas monjas cismáticas; todo rabiosa actualidad, lo mismo un naufragio en Indonesia estas navidades que la desaparición de una chiquilla hace veinticinco años en Motril. Flich y Miró, muy serios porque la cosa es muy seria, Cintora más todavía. La perspectiva de un apocalipsis inminente que acabara con todo empezaba a parecerme prometedora.Lo prometedor, en realidad, sería que Ricky Gervais viera el programa de estos tres un día (si tiene continuidad, que parece que lo vimos solo sus familias y yo ). Y, luego, que hiciera un monólogo. ¿Qué diría de que se presente como formato novedoso y rompedor el mismo programa de siempre con la misma gente haciendo las mismas cosas pero a otra hora? ¿Qué le parecerá que el comunicador Gonzalo Miró ponga la misma cara para dotar de dramatismo al mensaje, para enfocar de lejos, para asombrarse, para alegrarse y para entristecerse? ¿Pensará que, si en una mesa de debate, no están Jesús Maraña, Ernesto Ekaizer o Esther Palomera , ni hay mesa ni hay debate? ¿Y de ese Paco Lobatón reaparecido con sus desaparecidos? ¿Del reportero entrevistando en el sofá a la vecina de Carabanchel en pijama? Pagaría por saber qué se le ocurre sobre la analista y jurista y especialista Sarah Santaolalla que, por supuesto, también estaba. Si no hay Sarah, no hay programa. Menos mal que, no teniendo un Gervais, al menos tenemos a Los Meconios .
