Hambre de otra cosa
Se va el año en que el frío ha sido el protagonista del invierno, ha hecho como siempre calor en verano, y los embalses están llenos; se va el año en que ninguna de las hecatombes ni fines del mundo tantas veces proclamados se ha producido y continuamos viviendo muy bien. Hay cosas que me gustan mucho y hay cosas que me gustan menos. Pero descontando todas las desgracias personales y colectivas que quepa lamentar, y que lamento, se va un año espléndido, tanto para los que lo hemos sabido disfrutar como para los que más han despotricado en los altavoces mediáticos y en las pancartas. Ha sido un año de progreso, de bienestar, de polémicas encendidas, de escándalos que nos han mantenido la mar de entretenidos y cuya trascendencia en nuestras vidas reales ha sido nula o prácticamente nula. Ha sido el año en que hemos visto la paz en Israel y en que se han puesto las bases para el fin de la guerra de Ucrania. El alarmismo ambientalista se ha demostrado una vez más falso, como la maldad intrínseca del hombre blanco. Podemos mejorar pero no tenemos derecho a quejarnos. Tengo la sensación de que muchos lectores estarán indignados a estas alturas del artículo, pero indignados en voz alta, porque se repasan silenciosamente sus vidas, y las de sus familiares, la distancia entre mi manera de pensar y la suya se vuelve insignificante. No podemos despreciar todo lo que tenemos porque nos disgustan algunas circunstancias. No es justo, ni cristiano, dibujar un infierno en el cielo porque algo no ha salido exactamente como habíamos planeado. Es probable que en 2026 Puigdemont vuelva a España pero tras la humillación de haber estado fuera nueve años y de haber reducido la política independentista a suplicar de rodillas al Estado. ¿No es una victoria? A veces también ganamos de maneras inesperadas, y entiendo que descoloque, pero hay que saber celebrar. Vivimos en el mundo más avanzado de la historia. Vivimos con acceso a unos servicios y a una tecnología que nos permiten hacer cosas que nuestros abuelos ni podían soñar. No es verdad que estamos legando a nuestros hijos un mundo peor del que encontramos. Les estamos dejando un mundo mucho más conectado, con muchos más avances médicos, con muchísimas más oportunidades de formación y por lo tanto de éxito en sus trabajos. Es cierto que algunos lujos quedan cada vez más fuera del alcance de muchos. Pero que no todos puedan vivir en el centro de las capitales no significa que 2025 no sea un tiempo mucho más próspero que cualquiera que lo ha precedido. Estar triste es antihigiénico. Quejarse es el hermano pobre del esfuerzo, del ingenio y de la voluntad. No estamos contentos cuando llega lo que esperamos, porque lo que llega tiene siempre hambre de otra cosa. Estamos contentos cuando decidimos estarlo y usamos nuestra fuerza para dar esperanza.