Invierno sin calefacción en el convento: «Las más frioleras llevan tres calcetines»
En algunos monasterios de clausura el invierno no comienza con la primera helada sino con la decisión consciente y callada de no encender la calefacción. El frío cala despacio por los gruesos muros, que un día protegieron del mundo pero hoy son vencidos por la helada, y deambula por los amplios corredores y el claustro hasta instalarse en el coro y fijarse en las manos de quienes rezan laudes con las primeras luces del día. No es penitencia, ni gesto heroico . Es pobreza.Dentro de la clausura, el frío no es una metáfora espiritual, sino la constatación de que la compleja realidad económica de la sociedad española también azota a los 690 monasterios que subsisten en nuestro país, donde viven 7.449 monjes y monjas de clausura . La 'vulnerabilidad energética' –que según el último informe Foessa de Cáritas afecta a 1,8 millones de hogares– también se ceba en buena parte de estos conventos. Y, como ocurre fuera de los muros, la pobreza tiene rostro de mujer : cerca del 90% de los monasterios de clausura son femeninos, según la última memoria de la Conferencia Episcopal. «Aunque sea con retraso, lo que pasa en el mundo acaba llegando al convento. Si la gente lo pasa mal, las monjas también», explica a ABC sor Micaela, abadesa del monasterio de Santa Clara de Carrión de los Condes (Palencia). «Aunque sea con retraso, lo que pasa en el mundo acaba llegando al convento. Si la gente lo pasa mal, las monjas también» sor Micaela abadesa de las Clarisas de Carrión de los Condes La inflación que ha disparado los precios de los suministros y obliga a apagar el termostato en los momentos más crudos del invierno es sólo uno de los problemas que afrontan las comunidades contemplativas. A ello se suma la dificultad para mantener sus medios tradicionales de sustento, con conventos cada vez más envejecidos en los que faltan manos para el trabajo y para cumplir esa mitad del benedictino 'ora et labora' que han abrazado la mayoría de las contemplativas. La venta muy estacional –centrada sobre todo en Navidad– de los dulces de los obradores y la deslocalización a países asiáticos de otras tareas históricas, como la costura o los bordados, abocan a muchos conventos a una reinvención que no siempre resulta exitosa. La factura de la Seguridad Social Incluso los monasterios con más vocaciones jóvenes –que los hay– se enfrentan a una paradoja añadida: pese a disponer de más manos para el trabajo, la obligación de asumir las cotizaciones a la Seguridad Social de las religiosas , la mayoría dadas de alta como autónomas, ahoga una contabilidad ya precaria de origen en las órdenes mendicantes. Aquí no se conocen el 'factoring', el 'crowdfunding' ni los microcréditos, pero la confianza en la providencia divina acaba siendo la estrategia financiera más eficaz. En monasterios como el de las Carmelitas de Maluenda (Zaragoza), donde cotizan por 15 de sus 16 monjas, la factura mensual de la Seguridad Social supera los 3.500 euros. A ello hay que sumar los gastos ordinarios de una comunidad cercana a la veintena de personas y el mantenimiento de edificios centenarios, en su mayoría protegidos patrimonialmente, donde hasta reparar una gotera se convierte en una compleja aventura burocrática y eleva cualquier presupuesto. La tentación de recortar los gastos ordinarios se convierte entonces en obligación. Y la calefacción es la primera damnificada.«Ha subido mucho la luz y el gas, así que preferimos poner cartones en la sala de labor» madre Margarita superiora de las Carmelitas de Maluenda«Ahora mismo estamos con los pies y las manos heladas, pero lo llevamos bien. Las hermanas más frioleras se ponen tres calcetines», cuenta entre risas la madre Margarita, superiora de las Carmelitas de Maluenda. Es uno de los monasterios que ha optado este invierno por no encender la calefacción. «Los gastos de luz y de gas han subido mucho y preferimos buscar otras soluciones para combatir el frío, como poner cartones en el suelo de la sala de labor para que no suba ni la humedad ni el frío», explica. Eso sí, también aclara que no le falta calor a las hermanas mayores. «Hemos comprado una estufa de 'pellets' para el refectorio y la enfermería, que es donde ellas están, pero nosotras no nos podemos dar ese lujo», añade.Conscientes de esta encrucijada, en la que la única partida «evitable» suele ser la calefacción, la fundación DeClausura ha iniciado este mes de enero una campaña para ayudar a los monasterios a cubrir parte de estos gastos. «Evitan encender la calefacción para reducir costes, pero el frío que soportan es tan severo que resulta difícil de imaginar y puede afectar seriamente a la salud de monjas y monjes», explican desde la fundación a ABC. El objetivo es recaudar 100.000 euros que se transferirán directamente a los conventos adheridos , garantizándoles poder afrontar ese gasto extraordinario.En Maluenda conocen bien la campaña –de hecho colaboran con DeClausura en otras iniciativas, como la venta de dulces–, pero han preferido no sumarse. «Seguro que hay otros conventos que lo necesitan más», explican. «Nosotras lo llevamos bien y, en los peores momentos, pensamos en otras personas que tienen frío, no tienen techo y nadie las ayuda, y lo ofrecemos por ellas», añaden. Incluso encuentran un sentido práctico a la renuncia: «Es mejor que haga frío ahora y no más tarde; vivimos en un pueblo de agricultores y las heladas a partir de marzo estropean las cosechas». En la clausura, fieles al Evangelio, el prójimo va primero. VULNERABILIDAD ENERGÉTICA Arriba, sor Micaela en un momento de la entrevista con ABC desde el locutorio y tras la reja. Abajo a la izquierda, una de las celdas del monasterio de las Clarisas en Carrión de los Condes (a la derecha, el claustro). BELÉN DÍAZ En cambio, en Carrión de los Condes las clarisas sí se han acogido a la iniciativa. Son una comunidad más pequeña y de edad avanzada, un retrato bastante fiel de la mayoría de los conventos españoles. «Somos siete; yo soy la del medio y voy a cumplir 87 años en febrero», cuenta sor Micaela, abadesa del monasterio, que llegó a Carrión en 1979 tras ingresar en la vida religiosa con 17 años, primero en una orden secular dedicada a la enseñanza. «Yo cuido mucho a mis monjas, las quiero con toda el alma », dice mientras enseña el coro bajo, el espacio tras la cancela metálica desde el que participan cada día en la misa y las principales oraciones comunitarias.En el monasterio, en el que sólo tienen que pagar la Seguridad Social de una hermana de 60 años, sus ingresos provienen de la venta de dulces, el albergue y hospedería que abren de marzo a noviembre para los peregrinos del Camino de Santiago y de un museo con cerca de dos mil belenes provenientes «de los cinco continentes» . Cuenta también con las pensiones de seis de las hermanas, que se encuentran entre las mínimas, al haber cotizado como autónomas. Los gastos son mayores. A ello se suma que su elevada edad les impide desarrollar otras actividades que tradicionalmente han aliviado los gastos, como la huerta, que dotaba de alimentos frescos a la comunidad. No estamos plantado nada ahora», nos dice sor Micaela con cierto pesar. « Yo antes llevaba el tractor, pero desde hace un par de años ya no puedo, ahora nos traen comida del Banco de Alimentos», confiesa a punto de cumplir los 87 años.«La mayoría de las comunidades contemplativas acuden al Banco de Alimentos; las que no lo hacen es porque están en zonas rurales muy alejadas y tienen difícil acceso», confirma Cecilia Cózar, coordinadora del área de proyectos de la Fundación DeClausura. En contacto permanente con los conventos de toda España, conoce bien las consecuencias del frío. «Hemos visto desde sabañones hasta problemas respiratorios que han obligado a largas hospitalizaciones, pasando por dolencias articulares y reumáticas», detalla.Entre la pobreza elegida y la precariedad sobrevenida Apartados, por propia opción, del mundo, el silencio y el ritmo lento que han anhelado durante siglos se han vuelto contra ellos en la era de la comunicación inmediata y las redes sociales. La situación es un poco mejor para los que están ubicados en grandes núcleos de población, pero para los que se encuentran en lugares remotos el contexto ha cambiado y la línea entre la pobreza elegida para la vida contemplativa y la precariedad sobrevenida se torna cada vez más difusa.Incluso parecen olvidados para la Iglesia secular. Según los últimos datos facilitados por la Conferencia Episcopal , de la liquidación de la asignación tributaria de 2024, la aportación de los contribuyentes a través de la X en la Renta, el 91,5% de los gastos (más de 341 millones de euros) fue destinado a las diócesis, incluyendo unos 28,5 millones en el pago de la Seguridad Social del clero (un total de 14.994 sacerdotes activos, según la misma memoria). Sin embargo, el fondo para el proyecto de monasterios s ólo recibió 364.259 euros , un 0,097%, una alarmante desproporción si se tiene en cuenta que el número de monjes y monjas de clausura es la mitad que el de sacerdotes. Así, la pobreza que hoy se cuela no nace del silencio elegido, sino de una sociedad que parece haber olvidado a quienes se aislaron del mundo, para orar constantemente por el mundo
