La extraña amistad que marca la Venezuela sin Maduro
El buen entendimiento entre el chavista Jorge Rodríguez y Richard Grenell, asesor de Trump, es clave en la nueva era del país
La relación entre Richard Grenell y Jorge Rodríguez, el hermano de la ahora presidenta, Delcy Rodríguez, y uno de los personajes que más poder tiene y ha tenido en la historia del chavismo, explica mucho de lo que ha ocurrido estos días en Venezuela. El enviado para asuntos especiales de la Casa Blanca, asesor clave para Donald Trump, ha tejido una relación con el hasta hace unos días principal operador político de Nicolás Maduro en busca de beneficio mutuo entre el chavismo y Estados Unidos en asuntos como el petróleo y la deportación de inmigrantes. La influencia de Grenell sobre los asuntos venezolanos resulta aún mayor ahora que Maduro ha salido de la ecuación y uno de los hermanos Rodríguez ha entrado por la puerta del Palacio de Miraflores.
Hay quienes cuentan que se conocieron en México en 2020, pero la información no ha sido confirmada por ninguno de los dos. Son discretos, acostumbrados a tener relevancia pública, sobre todo Rodríguez, pero quizá su virtud más marcada es que logran tener influencia sobre personajes poderosos. Consejeros en la sombra. Los que los han visto de cerca aseguran que su entendimiento es total. Grenell ha tenido que lidiar con Marco Rubio, el secretario de Estado, con el que mantiene una rivalidad conocida por todos en Washington.
De hecho, aspiraba a ocupar la Secretaría de Estado, uno de los cargos más importantes de la Casa Blanca, con la ayuda del lobby petrolero, pero al final se impuso Rubio. Rubio no le torció el brazo a cualquiera. Grenell, diplomático experto en política internacional, ha sido embajador en Alemania, director de la inteligencia nacional y participó en las negociaciones de paz entre Serbia y Kosovo. A sus 59 años, el asunto venezolano le ha agarrado con el cuero duro.

A los pocos días de entrar Trump por la puerta del Despacho Oval, en enero de 2025, realizó un movimiento que nadie esperaba. En campaña había sido muy duro con Maduro, pero envió a Grenell a Caracas. A todo el mundo le pilló por sorpresa. Visitó el Palacio de Miraflores y le estrechó la mano a Maduro y a Jorge Rodríguez. Las imágenes que se distribuyeron de esa reunión parecían hechas con inteligencia artificial. Flanqueados por banderas de Estados Unidos y Venezuela, como dos naciones hermanas, Maduro le mostraba a Grenell una espada de Simón Bolívar conservada en una urna. A unos metros, Rodríguez observaba curioso.
La escena escondía un enorme poder simbólico. Trump, por persona interpuesta, ante el sable del libertador de Latinoamérica, aunque es muy probable que no sepa de quién se trata. Era un golpe duro para María Corina Machado, la líder indiscutible de la oposición y a quien Rubio le había asegurado que haría todo lo posible para derrocar a Maduro —de eso se deducía que ella controlaría la transición—. Grenell se llevó en el avión de vuelta a seis estadounidenses presos en cárceles venezolanas y un acuerdo de que Venezuela recibiría deportados.
Los comunicados que publicó el Gobierno chavista esos días merecen ser revisados ahora, a la luz de lo que ha ocurrido. La retórica antiimperialista se atenuó en ese momento y Maduro habló de entenderse con Trump. Rodríguez era el artífice y lo había conseguido a través de Grenell. El enviado especial defiende con fervor el America First, la doctrina de que los intereses de su país deben primar sobre cualquier otro asunto. El chavismo había temido que Trump les hiciera la vida imposible y les sometiera a una presión, pero de repente parecían encontrar una escotilla.

La prensa estadounidense veía la mano de los petroleros detrás. De inmediato, se renovó de forma automática la licencia de Chevron para operar en Venezuela. Los vuelos con deportados aterrizaban en el aeropuerto de Maiquetía con regularidad. Rubio parecía apartado por Grenell en este asunto. Hijo de inmigrantes cubanos, durante toda su carrera política ha trabajado por el fin de los regímenes autoritarios en el Caribe. La línea directa entre Grenell, un pragmático, alguien que le asegura a los petroleros de Texas que podrían hacer negocios en la nación con las mayores reservas de crudo del mundo, al menos las conocidas.
Poco a poco, la relación se fue torciendo, la realidad se impuso. Eran dos fuerzas de imposible encaje. En los pasillos de Washington se volvía a comentar que el chavismo no era fiable, que no cumplían los acuerdos, que solo ganaba tiempo con cada negociación. Las licencias petroleras se acotaron. Entonces se produjo una reunión clave, según el WSJ. En julio, Trump ordenó a sus asesores que lograran entenderse con Maduro y lograran beneficios a través del petróleo. Rubio le dijo que el entonces presidente de Venezuela le engañaba y que con esa financiación que le llegaría al Gobierno se atornillaría todavía más en el poder. “Lo hacemos a mi manera”, contestó Trump.

Se cree que Rubio, más tarde, estuvo detrás del despliegue militar en el Caribe. El secretario de Estado repetía que Maduro enfrentaría cargos en Nueva York por narcotráfico y a nadie se le ocurría cómo podía darse ese escenario. Parecía una bravata. En diciembre fue cuando a Trump se le agotó la paciencia con un Maduro que no aceptaba su marcha del poder a cambio de una amnistía por sus supuestos delitos. El presidente norteamericano, según ha trascendido, estaba harto de los bailes públicos del venezolano y sus chapurreos en inglés que parecían una burla, de lo que se ha hecho hasta un remix. Era el principio del fin.
En una madrugada de ira y fuego, los servicios especiales norteamericanos accedieron al búnker en el que se escondía Maduro, al que no le dio tiempo a meterse en una cámara acorazada. Se lo llevaron junto a la primera dama, Cilia Flores. Rubio se lleva el trofeo de haber empujado hasta derrocar a Maduro, algo que llevará en su hoja de vida para siempre. No le ha sucedido Machado —la CIA recomendó no ponerla al frente por su escaso control del ejército y la inteligencia chavista—, aunque está por ver si lo hace en el futuro, conociéndola, no va a cejar en su empeño. Grenell, al tiempo, consigue el ascenso de alguien mucho más cercano y negociador que Maduro, un autócrata. Grenell y Rubio han zanjado la disputa en tablas.