¿La generación Z vivirá una tercera guerra mundial? 6 preguntas clave para 2026
SOURCE:El Pais|BY:Ideas
El año comienza con obstáculos que tienen un siglo de historia, como el ascenso del populismo ultra. Y también con otros que hasta hace poco sonaban a ciencia ficción, como la IA. Planteamos seis preguntas que recogen debates nuevos y retos pendientes, y seis respuestas que señalan algunos de los caminos posibles
Encaramos un 2026 en el que se presentan incógnitas políticas, sociales y medioambientales: desde si la izquierda debe fijarse o no en Mamdani para hacer frente al ascenso de la ultraderecha a si frenaremos la compra especulativa de vivienda. También regresan viejos temores, como la posibilidad de una tercera guerra mundial o un retroceso en la energía renovable para volver a apostar por la nuclear. Y en muchas de estas dudas sobrevuela la amenaza (o quizás promesa) de la inteligencia artificial. Pero también podemos ver nuevas formas de encarar estos retos y, quizás, algunas soluciones, como la reducción de la jornada de trabajo.
¿Es Mamdani el modelo que debe seguir la izquierda?
El alcalde electo de Nueva York, Zohran Mamdani, trató por todos los medios de circunscribir sus ambiciones al ámbito municipal durante la meteórica campaña que lo llevará el próximo jueves a jurar el cargo en el Ayuntamiento de la ciudad más poblada de Estados Unidos. No le sirvió de mucho. Ya su contundente triunfo en junio en las primarias como candidato apoyado por los socialistas democráticos abrió un debate en el Partido Demócrata, que aún no se había levantado de la lona tras la derrota de Kamala Harris. Mamdani representaba una nueva vía (a la izquierda) con su estilo carismático, su dominio del lenguaje de las redes sociales y los podcasts, así como con un progresismo sin complejos y un apoyo sin fisuras a la causa palestina. Cuando, ya convertido en una figura global, ganó definitivamente en noviembre, convirtió su mensaje, basado en algo tan sencillo como la asequibilidad (“¡es el coste de la vida, estúpido!”), en el único tema posible en un país tremendamente desigual.
También puso a los partidos de izquierda de todo el mundo a preguntarse si ese es el camino que deberían seguir. Y planteó una pregunta aún más difícil de responder: ¿cómo emular la proeza de un político a quien casi nadie conocía hace apenas un año sin ese político en concreto? Su éxito, impulsado por una campaña tremendamente talentosa para la puesta en escena, es irreproducible, aunque no faltarán quienes en 2026 lo intenten.
Hasta que alguien lo logre, el primer alcalde musulmán en la historia de la ciudad ya ha hecho una nada modesta contribución al cambio generacional en la izquierda. Y ha probado que en esta era pos-Trump tal vez ya nunca será posible triunfar en las urnas con un candidato que no domine (cabe confiar que con decencia) el arte del populismo.
¿La generación Z vivirá una tercera guerra mundial?
Por ahora los más jóvenes son protagonistas de algo parecido a espasmos políticos nerviosos. Algo así como flashes antes de que la luz se prenda del todo e ilumine el mundo. Han tomado las calles en países tan distintos, pero laterales, como Nepal, Perú, Madagascar, Bulgaria, etcétera, aunque esas movilizaciones no puedan denominarse pomposamente revoluciones, como las de sus hermanos mayores (las revoluciones árabes) o sus abuelos (el Mayo del 68).
Son los centeniales o la generación Z, aquellos nacidos desde la mitad de los años noventa hasta 2010. Nativos digitales, espacio donde es más fácil hablar mucho que hacer algo. Hasta ahora han sido bastante alérgicos a salir a la calle. Por eso es un fenómeno sociológico el grito de: “¡La generación Z no quedará callada!”, escuchado en las capitales de algunos de los países citados.
Hasta el momento no han sido capaces de unificar su lucha ante el principal problema que los distingue casi en cualquier parte del mundo occidental: la ausencia de una vivienda digna en la que vivir. En estos tiempos observan cómo se habla de ellos como carne de cañón, integrantes de un hipotético retorno de una mili obligatoria que pertenecía ya a la noche de los tiempos ante la presencia de ejércitos profesionales. Aquel servicio militar solo tuvo un efecto positivo: el de socializar a sus integrantes. Dentro del mismo no había clases sociales.
Es factible —no seguro— que hayan visto pasar los peores tiempos de los mayores conflictos de nuestro tiempo, la invasión de Ucrania y el genocidio de Gaza. Pero no porque se hayan solucionado de un modo justo o al menos equilibrado, sino porque sobre ellos ha pisado la bota del gigante matón: los Estados Unidos de Donald Trump. Hay quien comienza a denominar esta época el trumpoceno. Sus antecesores inmediatos son las generaciones que nunca vivieron una conflagración. Desde 1945, hace más de 80 años, no había una guerra mundial. Ahora los centeniales incorporan a sus conversaciones la posibilidad de una tercera. Por Joaquín Estefanía
¿Venderemos casas para vivir y no para especular?
El precio de la vivienda dibuja en los últimos años una curva ascendente sin fin, y cuanto más sube, más gente se queda sin poder alcanzarla. Sobre todo entre los jóvenes, cuya edad de emancipación está ya en España por encima de los 30 años de media, cuatro más que en la Unión Europea. Los datos son apabullantes. Según el INE, el precio de la vivienda sube al ritmo más elevado en 18 años. El conjunto de las viviendas son ahora un 83% más caras que en 2015 y se ha superado el máximo histórico por metro cuadrado de 2008, en plena burbuja inmobiliaria. En la UE la vivienda también ha subido, según Eurostat, una media del 60,5% desde 2015.
El acceso a la vivienda se ha convertido en un factor de desigualdad social. El impacto no sería tan grave si los salarios no se hubieran quedado atrás: los jóvenes cobran un 30% menos que la generación de sus padres. Se plantea la imperiosa necesidad de actuar. Pero ¿cómo? La tesis más repetida es que los precios suben porque no hay suficiente oferta y que la solución es construir más. Pero no está claro que el déficit de oferta sea la causa más importante ni que construir vivienda implique que bajen los precios. No ocurrió durante la burbuja y ahora mismo los precios suben tanto en países sin problema de oferta como en ciudades que pierden población.
Es evidente que intervienen otros factores. Uno es la llegada de capitales internacionales que han encontrado en el sector inmobiliario un refugio de alta rentabilidad y seguridad. También se ha convertido en el refugio de inversores locales. Una parte de estas viviendas se destinan al alquiler turístico o de temporada.
Muchos expertos sostienen que hace falta vivienda social asequible, de compra y de alquiler. Pero esta medida necesita años de inversión pública. Mientras, se abre camino la idea de intervenir sobre el mercado con medidas complementarias. Limitando los precios de los alquileres, reduciendo el alquiler turístico e imponiendo limitaciones a la compra que no sea para uso residencial, la compra para invertir, que en muchos casos es compra para especular. Se trata de frenar la demanda especulativa y proteger el derecho constitucional de los ciudadanos a una vivienda digna. Por Milagros Pérez Oliva
¿Se abrirán más centrales nucleares?
“Dos fuerzas están redefiniendo el horizonte de la humanidad a un ritmo sin precedentes: el auge de la IA y la transición global hacia una energía limpia y fiable”, dijo el jefe de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Rafael Mariano Grossi, en el discurso inaugural de primer simposio internacional de inteligencia artificial y energía atómica. Los centros de datos reclaman una cantidad titánica e inmediata de energía cuyo impacto en combustibles fósiles es insostenible, pero que las renovables por sí solas aún no pueden garantizar. Los consejeros delegados de las grandes tecnológicas advierten que, sin un acceso garantizado a una fuente de energía estable y continua, la revolución de la IA chocará contra un muro energético. Las dos industrias aseguran que las nucleares son la única solución.
Según datos de la Agencia Internacional de Energía Atómica, en el mundo hay 417 reactores operativos con una capacidad combinada de 377 gigavatios eléctricos, unas siete veces más electricidad que la consumida por los centros de datos en 2024. Pero más de la mitad han superado su fecha de caducidad. En este momento hay 62 reactores nuevos en construcción y unas 110 planificadas de aquí a 2030. Hay una burbuja de inversión en Reactores Modulares Pequeños (SMR), un tipo de reactor avanzado con un tercio del tamaño, la potencia y los costes de un reactor tradicional. Son perfectos para integrarse directamente en los centros de datos y escalar en proporción. De momento es una hipótesis: hay mucha startup, pocos prototipos y muchas proyecciones maximalistas basadas en powerpoint.
De funcionar, las fuentes de energía se multiplicarán, pero las vulnerabilidades, también. Preocupa la posibilidad de una industria energética completamente privada almacenando residuos radiactivos potencialmente peligrosos durante cientos de miles de años, en un contexto climático que garantiza eventos meteorológicos con altas oportunidades de fuga; y un contexto político que garantiza su mala gestión. Por Marta Peirano
¿Escribirá la IA una obra maestra?
La respuesta corta es no, pero siga leyendo. Los escritores y los cineastas, que tal vez sean los seres humanos más preocupados por la competencia de las máquinas, podrán seguir trabajando sin problemas en el año entrante. ChatGPT y los demás sistemas basados en modelos grandes de lenguaje (large language models, LLM) son estupendos para resumir informes, recapitular reuniones o hacer trabajos de fin de curso, pero no son autores muy creativos, a menos que apliquemos ese adjetivo a las famosas alucinaciones que sufren de vez en cuando. Esto no quiere decir que la inteligencia artificial (IA) sea incapaz por naturaleza de producir una obra maestra. Lo que quiere decir es que su momento no ha llegado todavía.
Curiosamente, los primeros que van a perder su trabajo por culpa de la IA no son los artistas, sino los expertos que menos se lo esperaban: los programadores informáticos. ChatGPT y sus adláteres son muy buenos escribiendo código de computación, una actividad que hasta ahora constituía todo un nicho de empleo. En gigantes como Google, una cuarta parte del código ya se genera con IA, y la tendencia está llamada a crecer. No todos los desarrolladores se irán al paro, pero la mayoría van a tener que adaptarse a los nuevos tiempos.
Las obras maestras de la literatura y el cine tendrán que esperar a que los grandes cerebros (humanos) del sector, como el premio Nobel Demis Hassabis, combinen los LLM con otras líneas de investigación, entre ellas la IA simbólica que dominaba el campo hasta la explosión de las redes neuronales y el deep learning que subyacen a ChatGPT. Entretanto, las empresas estarán demasiado ocupadas buscando formas de rentabilizar sus inversiones en IA como para dedicarse a la literatura. Buenos tiempos para la lírica. Por Javier Sampedro
Hace tres años, Bélgica se convirtió en el primer país en otorgar a todos los empleados el derecho a solicitar la semana laboral comprimida (aunque sin reducir las 40 horas de trabajo semanales), con la consecutiva opción de disfrutar de un esplendoroso fin de semana de tres jornadas. También en Holanda está pasando algo parecido: son los europeos que menos tiempo trabajan, 32,2 horas a la semana (cuatro días), y están entre los más productivos.
Desde entonces, Australia, Gran Bretaña y Japón están probando la medida entre funcionarios públicos, y ya hay empresas en Canadá, Islandia, Francia o Alemania que, en diferentes grados y velocidades, la están empezando a aplicar.
En España, hace unos meses, el Gobierno puso en marcha una propuesta para reducir la jornada laboral ordinaria a 37,5 horas semanales, pero descarriló en su primer trámite parlamentario por los votos en contra del PP, Vox y Junts.
Está por ver si en este 2026 se retoma la propuesta y se convierte en una opción real. Porque, más allá de las cábalas políticas y de las resistencias de algunos jefes y mandamases en general, no hay muchas dudas respecto a las bondades de la idea. Diversas investigaciones demuestran que con la reducción de la jornada laboral se rinde igual o más, mejora la salud física y mental de los trabajadores y es más fácil organizar el infernal tetris de conciliación familiar. Además, se ayuda a combatir la crisis climática.
Esta reestructuración laboral, que cogió fuerza a raíz de la pandemia, ha resurgido de nuevo con la irrupción de la IA. Ante la negra perspectiva de desempleo de millones de personas, cada vez más voces advierten de la necesidad de repensar y flexibilizar las fórmulas laborales. Y trabajar menos jornadas es una buena opción. Veremos. En cualquier caso, nunca hay que desesperar: Roma no se conquistó en un solo día (ni en cuatro). Por Mar Padilla