La lotería perdida y hallada de Villamanín
Ganando a veces se pierde y perdiendo a veces se gana porque, ¿qué es en realidad ganar?
Hace miles de años, cuando éramos niños, una noticia prendió como un chispazo por los arrabales de mi ciudad. Mi hermano había acertado la quiniela de 14. ¡Éramos ricos! O él era rico, pero reaccionamos con esa euforia contagiosa de quienes vivimos las buenas noticias de los nuestros como si fueran propias. Entonces no había móviles ni sé cómo nos enteramos, pero corrimos tan rápido a casa para celebrarlo que casi nos chocamos de frente, por el camino, con otro chico que también volaba entusiasmado hacia la suya. También la había acertado. Y con otro. Y con otro más.
Para cuando llegamos a casa a encender la radio sabíamos que el premio había disminuido más velozmente que nuestros pasos porque éramos niños, pero no tontos. La famosa quiniela de 14 no dio para piso, ni coche, ni moto, ni bici, ni patinete porque la acertaron miles, quién sabe si a mi hermano le dio para tirar unos petardos en el barrio.
Viene esto al caso de la lotería que ha tocado en Villamanín (León), donde los jóvenes proactivos y bienintencionados de la Comisión de Fiestas, de esos seres en peligro de extinción capaces de mantener la vida en marcha en un pueblo, cometieron un error al vender papeletas de más y no consignarlas.
Así fue cómo ganar el Gordo se convirtió en mala suerte y de la alegría se pasó a la sospecha. La asamblea del pueblo terminó lo mejor posible, ya que todos decidieron repartir pérdidas o, mejor dicho, ganar algo menos. Pero la buena intención suele ser complicada. Se oyeron acusaciones, cualquiera puede desbaratar el consenso y, como resultado, los chavales perdieron amigos y se taparon el rostro en la calle al salir.
Ganando a veces se pierde. Y perdiendo a veces se gana. Porque, como preguntaría inmediatamente un psicólogo: ¿y qué es ganar para ti? Sé que Musk o Trump contestarían otra cosa, pero para la inmensa mayoría de nosotros ganar es vivir, compartir, rodearse de la buena gente que organiza fiestas en su pueblo o que nos hace mejores y disfrutar de todo ello. ¿Estamos de acuerdo?
Estos días de Navidad podemos permitirnos preferir ser los niños pobres que se divierten en las mismas calles nevadas de Inglaterra que Mr. Scrooge, abocado al infierno por su codicia. O brindar por el ángel de la guarda que salva a James Stewart en Qué bello es vivir (corran a verla de nuevo), porque lo que usa para socorrerle no es una varita mágica, sino la fuerza de sus seres queridos. También mi hermano sigue tan contento. Feliz 2026.