La nueva crueldad
En los obituarios se ha elevado a Cecilia Giménez a icono de la modernidad, y sin duda lo es, pero se escabulle que sufrió una gran humillación colectiva
Despedimos el año con la muerte de Cecilia Giménez, la aragonesa que a los 81 años se convirtió en el hazmerreír de medio mundo por retocar, con permiso del párroco, el Ecce Homo del santuario de su pueblo, un mural del siglo XIX de escaso valor artístico que se encontraba en mal estado de conservación. Pongámonos por un momento en el lugar de una mujer mayor y anónima, un ama de casa devota y aficionada a la pintura que vive en una localidad de 5.000 habitantes cuidando de un hijo con parálisis cerebral —el otro, enfermo de distrofia muscular degenerativa, ya había fallecido—, y que se convierte en una de las primeras víctimas globales de la viralidad. Cuando se encerró en casa, abrumada por la repercusión de sus actos, los vecinos le llenaron el patio de flores. Cecilia no llevó bien la fama súbita y cruel que sufrió. El pueblo explotó lo ocurrido, y llegaron a organizarse vuelos directos desde Londres para visitar la obra. El fenómeno era nuevo e inaudito, mundial y explosivo. Cambió la escala: jamás tantas personas pudieron reírse a la vez de una sola. En los obituarios se ha elevado a Cecilia a icono de la modernidad, y sin duda lo es, pero se escabulle el hecho esencial de que sufrió una gran humillación colectiva. Esto ocurrió en 2012, cuando empezamos a entender que internet también conectaba nuestro lado oscuro. Después comprobamos que la crueldad era muy contagiosa en las redes, porque servía para conseguir atención, dinero, poder, estatus. Nos mantenía enganchados.
Hemos empezado un año lleno de acoso y violencia digital, y lo de Cecilia contrasta porque en estos tiempos de linchamientos digitales reírse en medios y redes de una pobre mujer parece, aunque no lo sea, poca cosa. En la nueva violencia digital, las plataformas no solo amplifican el mal, sino que lo incentivan y facilitan. La crueldad es un medio en sí misma, no un efecto secundario del sistema. Hemos visto en X cómo Grok, su herramienta de IA, se usa para manipular fotos sin el consentimiento de sus propietarias, desnudándolas y sexualizándolas allí mismo, delante de sus narices. En España, una persona ha muerto, quizás en directo, destapando la abyección a la que puede llegar el streaming, donde personas adictas son vejadas por espectadores sádicos a cambio de unas monedas. La moderación es mínima y desganada. A pesar de las disculpas y anuncios de que se perseguirán conductas delictivas, X favorece el acoso, que se ha disparado desde su adquisición por Elon Musk. Las páginas de directos echan a los streamers desesperados por su adicción, pero toleran su aparición como invitados en otras cuentas, usadas para desviar el contenido más duro a canales privados.
¿Qué hacer ante tanta hostilidad? Está la vía de la ley. Francia ha anunciado una denuncia contra X. Macron (esta semana, por cierto, diez personas han sido condenadas por ciberacoso a su esposa) quiere prohibir las redes a menores de 15 años, un camino iniciado por Australia y que valora Reino Unido. Es una idea tentadora, pero que restringe derechos precisamente a las personas más vulnerables. También es tentador rendirse, ponerse el candado, dejar de subir fotos, no expresar opiniones, mantenerse en reductos civilizados. Pero entonces la nueva crueldad vence como vencía la vieja, inmovilizando y aleccionando a través del miedo y la vergüenza. Puede acallar para siempre, puede matar. Es insoportable que suceda ante nuestros ojos, en las mismas pantallas donde nos hemos deseado feliz Navidad.