¡La turra que dais con vuestro odio navideño!
Por lo visto lo moderno ahora, lo cuqui, lo 'woke' fetén es detestar la Navidad . Abominar del derroche, del reencuentro, del almíbar espeso de los seres queridos. Declararse en huelga emocional, vamos. Algunos, a la vanguardia del progresismo más furibundo y con más tiempo libre, anuncian con orgullo que en estas fechas se marchan lejos, muy lejos, en una huida casi épica de esos a quienes tanto detestan: ustedes, yo, el resto, la gente.A mí, que de modas, corrientes y tendencias sé lo mismo que del bosón de Higgs, me gustan estas fechas. Y me gustan incluso cuando a mi lado hay una de mis cuñadas atrincherada con un altavoz portátil, convencida de que es la reencarnación de un DJ berlinés puesto hasta las cejas de tripis y de autoestima. Me gusta la Navidad no porque me obliguen a ser feliz, a sonreír como un maniquí de escaparate, a querer y a desear al prójimo una vida plena, larga y sin gluten. No. Me gusta porque, desde mucho antes de que llegue, hay una intención –a veces torpe, a veces impostada– de ser y, sobre todo, de estar un poco mejor que el resto del año. He tenido, como todos, navidades de mierda. Las primeras sin mi padre, por ejemplo. Navidades tristes, silenciosas, otras atravesadas por una furia sorda, como días largos de resaca moral. Las he tenido de esperar que pasen, y no sólo los días cristianos, también los paganos de la Nochevieja, esos que los grinch modernitos toleran porque, ay, no es cosa de estos católicos taaaaan insoportables con sus villancicos y sus buenos deseos. La diferencia quizá esté en que nunca he sentido la necesidad de juzgar al resto, de apostatar de lo que somos, ni mucho menos de sermonear a la humanidad con esa intensidad insufrible de esa patulea pedantona que no se limita a no celebrar, sino que necesita explicarte por qué tú estás equivocado por hacerlo y cómo ellos han venido a salvarte de la luz cegadora y conducirte de la mano a su maravilloso y oscuro inframundo. Porque hay algo profundamente autoritario en esa superioridad moral que detesta la Navidad no por íntima convicción, sino por pose. En convertir el fastidio personal en doctrina. En mirar por encima del hombro a quien se reúne, brinda, canta villancicos o simplemente intenta pasar unos días en tregua consigo mismo. Como si la alegría –o su simulacro– fuese un delito ideológico, como si lo que en realidad os molestase es que los demás pongan más empeño en lograr ser felices justo en unas fechas concretas del año en las que la tristeza propia marida peor con la alegría ajena. Así que, si se puede pedir algo para el año que viene, es que sí: que cojáis el petate y durante estos días os vayáis, por ejemplo, al nada navideño guano. Que os perdáis lejos, muy lejos, de todo lo que os ofende. El mundo os lo agradecerá.Y un favor más, si no os importa: llevaros con vosotros a mi cuñada, la DJ. No se me ocurre mejor forma de celebrar unas fiestas en paz. Venga, feliz año.