Las dificultades para acceder a una casa en Portugal, el país con la vivienda más sobrevalorada de la UE: “No consigo vivir sola”
El turismo ha devorado buena parte de la oferta que antes se destinaba a alquileres de larga duración. En algunas zonas históricas de Lisboa, los pisos turísticos ocupan el 66% de las viviendas
La vivienda se ha convertido en la frontera social más divisoria en Portugal. A un lado jóvenes como Lisandra Caeiras, coordinadora pedagógica en una escuela privada, menor de 40 años y obligada a compartir piso como si aún no hubiese dejado la facultad porque no puede permitirse pagar un apartamento con su nómina. Al otro, inversores extranjeros como el grupo del fallecido Karl Lagerfeld que pronto ofrecerá en el centro de Lisboa apartamentos que superan los seis millones de euros, a razón de 25.000 euros por metro cuadrado. Portugal es ya el país donde más han subido los precios inmobiliarios en el segundo trimestre de 2025 (17,3%), por delante de Croacia (13,2%) y España (12,8%), según Eurostat, la agencia estadística europea. A ese dato se suma un reciente informe de la Comisión Europea que concluye que la vivienda portuguesa es la más sobrevalorada de la Unión Europea.
Lisboa, que en el pasado convirtió su decadencia en encanto, es hoy un ecosistema de fachadas de azulejos renovados y brillantes detrás de los cuales viven turistas ocasionales, propietarios extranjeros que van y vienen y algunos portugueses que compraron su casa cuando todavía podían pagarse cuotas hipotecarias con un sueldo medio. Pero la generación que tiene menos de 40 años, salvo que haya nacido en un entorno económico privilegiado, solo puede aspirar a vivir lejos de las ciudades si quiere dignidad o a vivir de forma precaria en cuartos si opta por no alejarse de los centros urbanos. “Tengo 32 años y no consigo vivir sola. Un apartamento de una sola habitación cuesta más de 800 euros y eso es inalcanzable para un salario de 1.200 euros. Desde hace siete años no logro cambiar mi estilo de vida”, lamentaba hace días Lisandra Caeiras junto a la estación del Rossio, donde coge el tren para ir a trabajar a Cascais.
Dos horas diarias de su jornada se evaporan en el transporte. Tampoco las cosas son más fáciles para su amiga Ana Pires, una realizadora y fotógrafa que ha tenido que emplearse en Ikea y ha comprado junto a su pareja una casa en Portalegre, a más de 200 kilómetros de Lisboa, para asegurarse un techo. “Nosotros entramos pagando 500 euros por un alquiler en Amadora [en la periferia de la capital] que ahora va por 700. Nos dio miedo que de repente aumenten el alquiler a 1.000 euros y nos quedemos sin casa”, explica.
La crisis de la vivienda es un mal que recorre numerosos países europeos, pero el caso portugués resulta especialmente grave por una endiablada tenaza de su economía, que se distingue por tener al mismo tiempo bajos salarios y precios inmobiliarios altos. Muy bajos y muy altos. El salario medio bruto es de 1.615 euros al mes (el mínimo interprofesional es, desde este 1 de enero, de 920 euros). El precio medio del metro cuadrado de las casas vendidas en el segundo trimestre del año superó por vez primera los 2.000 euros y, en el área metropolitana de Lisboa, alcanzó los 3.403 euros por metro cuadrado.
