Las muchas caras de Gotemburgo
Los contrastes de sus barrios, su riqueza cultural e histórica y la creatividad de sus habitantes hacen de la ciudad sueca un destino único en el contexto del norte de Europa
Gotemburgo es una sorpresa cálida y acogedora. Inevitablemente, uno piensa que está aterrizando en una ciudad del norte de Europa y, por tanto, espera llegar al frío, no solo térmico, sino cultural. Sin embargo, este enclave, que lleva siglos recibiendo visitantes a través del puerto más importante de Escandinavia, en cierto modo podría describirse como el Cádiz de los países nórdicos.
¿Por qué? La variedad de su gastronomía, los contrastes de sus barrios, la riqueza cultural e histórica, y la espontaneidad y creatividad de sus habitantes hacen de esta urbe de apenas un millón de habitantes un lugar único en el contexto del norte de Europa.
Historia: holandeses, canales y gentrificación
Al llegar hay que viajar en el tiempo a través de su centro histórico. Si uno se aloja en el hotel Clarion Post, que fue durante siglos la sede central de correos, estará perfectamente situado para acercarse a cualquier parte de la ciudad. La estación de tren, adonde llegan también los autobuses desde el aeropuerto, está justo al lado. Desde ahí es fácil ponerse a caminar por la calle de Norra Stampgatan —o subirse a uno de los puntualísimos tranvías que recorren la urbe—, que en apenas cinco minutos lleva directamente a la plaza de Gustavo Adolfo, presidida por una escultura de aquel rey sueco que en el siglo XVII, señalando con su dedo al suelo, dijo: “Aquí construiremos Gotemburgo”.
Hasta entonces, la ciudad había sido el escenario de luchas continuas con sus vecinos daneses y los ingleses también la habían utilizado como base comercial. Pero aquel rey le dio nombre. Sabía que su puerto valía oro, pero como el agua y el barro inundaban el terreno se le ocurrió invitar a ingenieros holandeses para urbanizarlo y ellos, crecidos en Ámsterdam y especialistas en canales, lo construyeron a imagen y semejanza de Yakarta, ciudad indonesia que acababan de canalizar y cuya planificación decidieron copiar para no pensar mucho.

Llegado el siglo XX, con el boom del automóvil, muchos de sus canales fueron cubiertos por calles. No obstante, el principal, Stora Hamnkanalen, aún corre paralelo a Stampgatan, y es esencial recorrerlo en barco para entender mejor la geografía y economía de la ciudad. Los edificios más señoriales todavía son los que se asoman a este canal que atraviesa el centro histórico, rodeado de parques majestuosos como el Trädgardsföreningen. El canal puede recorrerse utilizando los barcos padan boats, que también navegan por el imponente puerto. Siempre en el interior del canal, que gira en círculo alrededor del centro, está la popular calle de Magasinsgatan, epicentro de Centrum, un pequeño barrio hípster lleno de tiendas y cafés que conservan el sabor local y donde también hay un antiguo mercado, perfecto para probar todas las delicias tradicionales suecas de embutidos, caza y pescado.

Pero no se puede hablar de historia de la ciudad sin hablar del barrio Gamlestaden, donde se funden pasado y futuro. El pasado lo subraya el gran edificio de la empresa SKF, que convirtió los rodamientos en la principal industria del país a principios del siglo XX y de la que nació, a modo de spin off, la empresa automovilística Volvo, que aún es clave en la economía local y cuyo museo hipermoderno es una de las nuevas atracciones turísticas de Gotemburgo. El cuartel general de SKF hoy va camino de transformarse en apartamentos. En realidad, todo el barrio está en ebullición aunque, como cuenta Felix Sjöström, uno de los dueños de la tienda de muebles de diseño de segunda mano Forum, situada en otro edificio histórico del que asoma la primera viga que se le puso a la primera fábrica de Volvo, “este barrio es la cuna de la industria sueca y antes fue el centro de intercambio comercial de los ingleses, de ahí el ladrillo rojo. Pero hoy todas estas grandes naves industriales se están transformando en viviendas”. Todo el barrio está lleno de grúas y nuevos edificios de cristal que conviven con grandes naves de ladrillo y con bares y restaurantes de aire cool. ¿Gentrificación? “Un poco”, dice Sjöström, “pero va mucho más lento que en otras ciudades europeas”.

Barrios, compras y oferta cultural
Haga Nygata es la calle peatonal y principal del antiguo barrio obrero de Haga. Aquí pueden verse las tradicionales casas de madera que antaño llenaron también otras zonas de la ciudad. El fuego pudo con muchas, pero aún quedan buenos ejemplos del llamado estilo landshövdingehus, con bajo de ladrillo y dos pisos de madera. En esta vía han florecido los locales donde ver pasar la vida y disfrutar del célebre fika sueco (la merienda: café con bollo, entre los favoritos locales, un rollo de canela), además de tiendas vintage de ropa y muebles. Aunque puede resultar muy turístico, basta girar una esquina y la gente desaparece. Las masas aún no han llegado a Gotemburgo y en este barrio no hay hoteles. Subir al mirador Skansen Kronan ofrece magníficas vistas de la ciudad.
Imprescindible también es caminar por la calle de Avenyn, un gran bulevar que arranca en el puente Kungspontsbron y termina en la plaza de Götaplatsen, donde se dan cita el Auditorio, el Teatro Nacional y el Museo de Arte, tres edificios construidos en los años veinte con motivo de la Exposición Universal de 1923. En el Museo de Arte hay un espacio dedicado a la cámara de fotos Hasselblad ya que su inventor, y quien le dio nombre, nació precisamente en Gotemburgo.

Y si se viaja con niños, la parada imprescindible es el parque de atracciones Liseberg. Construido en los años veinte, está en el corazón de un inmenso parque botánico, por lo que sus docenas de atracciones se funden con el verde. Por su auditorio, además, desfilan todas las estrellas del pop y el rock que visitan Gotemburgo.
Para quien quiera aventurarse en un barrio frecuentado solo por locales lo mejor es visitar Ringön, donde se da cita lo más underground de la ciudad. Aparentemente solitario y desolado, entre sus viejas naves hay numerosas fábricas de cerveza artesanal, locales de conciertos como Stigberget donde bailar junto al río al ritmo de música electrónica, y artistas como los que habitan Kokokaka, una nave gigantesca donde se funden el arte, la moda, el cine, la fotografía y los NFT capitaneada por Jimmy Herdberg, uno de los creadores locales más célebres y con el que colaboran cineastas suecos alternativos como Erik Eger.
Gastronomía: un sándwich de gambas con mayonesa
El marisco está en todas partes y, así como en España es habitual comerse un bocata de jamón, aquí lo normal cuando uno va con prisa es entregarse a un sándwich de gambas con mayonesa que venden en muchos sitios. Pero en Gotemburgo no hace falta tirar de bocata si uno no quiere: la ciudad está llena de buenos restaurantes porque a los suecos les gusta comer bien. Por ejemplo, en INTE el menú degustación es un viaje para los sentidos a través de varios platos, que van de la crema de alcachofas al pescado en salsa, el pollo braseado o el exquisito helado de sandía, todo con una presentación cargada de buen gusto y sin falsas pretensiones. En Rollin’ Bistros Backyard, el chef Lars Selberg mezcla sabores: sandía frita con tahini, pancake japonés u okonomiyaki o tartar coreano.

Para quienes les guste el pescado, Feskekôrka es el sitio. En la antigua lonja local, reconvertida en un espacio de diseño moderno y elegante con cinco restaurantes —Ekmans, Haldis Kök, Victor von G, Lilla Åstols Rökeri y Pråmenaden— y dos pescaderías, se pueden saborear desde ostras frescas hasta una bandeja repleta de langostinos, mejillones y centollos o el pescado del día. Claro que si lo que te tira es la comida japonesa, VRÅ es el sitio: un japonés con acento sueco donde todo se elabora con productos locales. El menú degustación es imbatible.

Entre las curiosidades, el restaurante Kravall (significa “disturbio”), en el que el menú está impreso sobre un papel arrugado que los camareros lanzan sobre tu plato. Aquí se mezclan el pescado, la carne y las ocurrencias de los dueños, dos hermanos extravagantes. Siempre pinchan buena música, lo que lo convierte, además, en un lugar perfecto para tomarse la última copa en el barrio de Haga. A los suecos les gusta salir de noche y un sitio perfecto es Ego Distillers, donde dos exejecutivos han transformado su hobby, los cócteles, en su nueva forma de vida. Elaboran su propio vodka, absenta y ginebra en el local —la maquinaria está a la vista—, y en apenas un año ya se han llevado varios premios.
Donsö y Vrångö: escapada por el archipiélago
En Gotemburgo es habitual hacer una escapada a sus islas durante el fin de semana; en verano a bañarse y en invierno a pasear. Se puede elegir el archipiélago norte, más alejado, o el sur, adonde se llega en apenas una hora con el autobús de la ciudad y el ferri.
La visita a dos de sus islas, Donsö y Vrångö, puede hacerse en un día. Donsö es un pueblo de pescadores con un paisaje salido de una película de Ingmar Bergman, donde hace décadas arraigó la industria naviera, aún activa. Apenas tiene 1.500 habitantes, aunque muchos son familia, como la de Kristin Bergman (sin relación con el cineasta sueco), dueña del restaurante Popsicle —uno de los dos que hay en la isla—, que tiene docenas de primos y hermanos viviendo aquí. “Abrí durante la pandemia y nos va cada vez mejor”, cuenta esta extraordinaria cocinera que, entre otros platos, sirve algas cultivadas por su familia en las costas de Donsö y arenque ahumado, que nunca falta en las mesas suecas. Imprescindibles también sus tartas.

En Vrångö, que además es parque natural, solo es posible desplazarse a pie o bicicleta. Hay circuitos de trekking, sus acantilados son arrebatadores y todas sus casas lucen sobre sus paredes de madera el nombre de una mujer. En la isla vivió Johanna Hård, una de las pocas mujeres piratas con nombre propio. En uno de los dos puertos de esta isla que mira hacia Dinamarca hay un idílico hotel, Kajkanten, con 11 habitaciones y una sauna flotante que hay que probar.