Los hombres grises de la Guerra Civil: la dimensión homicida del “ciudadano normal”
El ensayo de David Alegre Lorenz, ‘Verdugos del 36’, se suma a los estudios sobre los orígenes violentos del franquismo y cuenta cómo se garantizó la impunidad para los golpistas en Zaragoza
En 1961, Hannah Arendt fue enviada a seguir el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén. Según dejó escrito, Eichmann no era el monstruo de maldad que imaginaba, sino un meticuloso funcionario, torpe para la mayor parte de las cosas y hábil para unas pocas, entre ellas, organizar la logística del exterminio de los judíos en Europa. De ello se deducía que Eichmann había actuado de un modo rutinario y banal. Muchos años después, el historiador David Cesarani demostró que Eichmann era, en realidad, un fanático nazi antisemita y que no se limitaba a cumplir órdenes. No era tampoco uno de los “hombres grises” que Christopher R. Browning había estudiado en el Batallón 101 de la Policía de Reserva del Reich, agobiados por la presión de grupo y alcoholizados la mayor parte del tiempo. Entre los alemanes “corrientes” anidaba una pulsión genocida, llegó a aseverar Daniel Goldhagen.
La caracterización de los perpetradores constituye un tema crucial en la comprensión de las grandes violencias contemporáneas, quizá porque sospechamos que fueron (¿son?) unos de nosotros
Conocer el alcance de esa supuesta dimensión homicida del “ciudadano normal” y la propensión a convertirse en verdugo antes que víctima ha inspirado también múltiples obras literarias y cinematográficas, como los clásicos de Stanley Kramer ¿Vencedores o vencidos? (1961) y de Costa-Gavras La caja de música (1989), así como los escalofriantes Home sen Nome (2006), de Suso de Toro, y El corazón helado (2007), de Almudena Grandes. La caracterización de los perpetradores constituye, por tanto, un tema crucial en la comprensión de las grandes violencias contemporáneas, quizá porque sospechamos que fueron (¿son?) unos de nosotros.
Verdugos del 36. La maquinaria del terror en la Zaragoza golpista, del historiador David Alegre, viene a demostrar el acierto del “giro perpetrador” por el que ha transitado en los últimos años una parte de la historiografía dedicada a los orígenes violentos del franquismo. Los estudios ya realizados en Navarra o Galicia, “laboratorios de la violencia” al igual que Zaragoza, caracterizaron a los verdugos en su condición de tales. Con este mismo fin, Alegre reconstruye las trayectorias de figuras que estuvieron implicadas en el golpe. Algunas son muy conocidas, como Cabanellas o Mola; otras menos, como Miguel Ponte o Germán Gil Yuste, mientras que decenas de personajes, como José Derqui, no resultaban familiares fuera del ámbito especializado. Estamos ante el trabajo de un historiador que despliega metodologías acertadas para dilucidar responsabilidades, relaciones y retribuciones cruzadas en torno al asesinato sistemático de cientos de personas.
