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Lucía Torres, psiquiatra: “El orden de nacimiento no fija un destino, pero es clave para leer la partitura emocional que cada niño tiene en su hogar”
SOURCE:El Pais|BY:Gema Lendoiro
La experta explica que los hijos mayores suelen convertirse en depositarios de las versiones más idealizadas que los padres tienen de sí mismos, los últimos suelen beneficiarse de la mayor flexibilidad emocional de los adultos y los únicos queda permanentemente bajo los focos
La práctica clínica confirma que el orden de nacimiento sí influye en la arquitectura psicológica de un niño, aunque no por razones biológicas, sino simbólicas. El desarrollo emocional está íntimamente ligado a la historia vital de los padres en el momento en que cada hijo llega al mundo. “La familia es el primer escenario psicológico”, explica la psiquiatra infantojuvenil Lucía Torres Jiménez (47 años, Madrid). “Cuando pregunto a los padres cómo estaban ellos cuando llegó cada hijo, algunos se incomodan", prosigue la también directora médica de la clínica Tranquilamente en Madrid.
Según Torres, cada bebé nace en una constelación emocional distinta: circunstancias económicas, crisis de pareja, duelos, madurez psicológica, expectativas conscientes e inconscientes: "Todo ello configura un clima afectivo único para cada menor". La llegada del primogénito, según informa, transforma de forma determinante el cerebro de la madre y probablemente también el del padre: “Es un cambio biológico, emocional y social muy profundo”. Que los estudios detecten mayor vulnerabilidad emocional en los primogénitos o se proteja más a los únicos no sorprende a los clínicos. Tampoco a Torres: “El motivo no es químico, sino simbólico”.
Y es que el orden de nacimiento es algo que lleva atrayendo a los expertos desde que en 1927 Alfred Adler, médico y psicoterapeuta austriaco, teorizase que este afectaba enormemente la personalidad porque los padres trataban a los niños de manera diferente según fueran mayores o menores. Lo más reciente al respecto es un informe de abril de 2025 y denominado Un estudio sobre el orden de nacimiento y las características familiares en las derivaciones a dos servicios de psicoterapia de escuelas primarias del Reino Unido apuntaba a la mayor vulnerabilidad de los hermanos menores de familias numerosas y a los factores de protección de los hijos únicos. Los autores señalaban que comprender el orden de nacimiento también podría ser útil para profesionales relacionados con la psicoterapia, como los docentes que tienen a su cargo a los niños de su clase, quienes pueden evaluar los factores de riesgo y planificar en consecuencia. U otra investigación de 2024, titulada que determinaba que los primeros y únicos tendrían hasta un 48% más de riesgo de ansiedad y depresión que los nacidos posteriormente. Esta investigación analizó a 182.477 niños estadounidenses.
Los primogénitos y los hijos únicos tienen más probabilidades de sufrir ansiedad y depresión que los hijos nacidos posteriormente,
¿Cómo afecta —si afecta— a cada hijo su orden de nacimiento? “Los mayores suelen convertirse en depositarios de las versiones más idealizadas que los padres tienen de sí mismos”, retoma Torres. “Sobre ellos recae una fantasía de excepcionalidad: deben ser los más inteligentes, los más simpáticos, los más responsables. Muchas veces se transforman en una prolongación narcisista de los padres”. Este fenómeno también explica el temor que algunos adultos sienten ante la idea de un segundo hijo. “Muchos creen que no serán capaces de querer tanto al segundo como al primero”, indica. “Idealizan al primogénito de tal manera que solo conciben la idea de un hijo único. A veces, es la falsa sensación de sentirse completos con ese primer hijo, pero ningún niño viene a completar un vacío emocional. Solo viene a ampliarnos: a nuestra capacidad de tolerar, acompañar, amar”. Esa presión, invisible, pero constante, se convierte a menudo en un terreno fértil para la ansiedad, la exigencia extrema y la autoobservación crítica.
“Además que los hijos únicos presenten un aumento similar en el riesgo de ansiedad y depresión que los primogénitos es normal”, añade Torres. La explicación emocional es parecida, según explica la experta, pero con un matiz relevante: “En los únicos todo el foco afectivo converge en una sola persona. A veces los padres quieren darles todo: toda la atención, toda la energía, todas las oportunidades. Pero esa entrega absoluta puede transformarse en una carga insoportable. Y el niño puede sentir que debe ser, a su vez, todo para sus padres”. “Ese mandato tácito —ser perfecto, llenar todas las expectativas—”, prosigue, “es una fuente potente de angustia”.
Si el primogénito comparte el escenario con hermanos posteriores, el hijo único queda permanentemente bajo los focos. Y ese aislamiento emocional, por exceso de mirada, puede dificultar la espontaneidad y la tolerancia al error.
Por ejemplo, cuando nace el segundo, el clima emocional ya es otro. “Los padres ya no son vírgenes en la maternidad o paternidad, ni están sometidos al vértigo del “deber ser perfectos”, agrega la experta. “La llegada de este suele producir una liberación inesperada”, continúa Torres, “los padres descubren que se puede amar sin necesidad de colocar al niño en un podio. Que no hace falta que sea el mejor, ni que destaque en nada. Basta con que sea”. Ese amor más relajado, menos teñido de expectativa, suele ser psicológicamente muy protector. Además, el segundo hijo no carga con la fantasía parental de un primer proyecto vital porque los padres ya conocen sus límites, comprenden mejor las etapas, y manejan distinto las expectativas escolares y sociales.
Los hijos pequeños suelen beneficiarse de la mayor flexibilidad emocional de sus padres: “Suelen describirse como los más sociables, espontáneos o adaptativos. Pero también pueden arrastrar un efecto colateral: la resistencia de los padres a despedirse de la etapa de crianza”. “No es raro que los padres se aferren al rol de cuidadores y mantengan emocionalmente al pequeño en un estado de infancia permanente”, explica la psiquiatra. “Ese duelo congelado —el de aceptar que los hijos crecen— puede generar dependencia o inseguridad en el menor, que queda atrapado en un rol infantil que ya no le corresponde”.
El benjamín, así, oscila entre dos polos: libertad y encierro simbólico. “El orden de nacimiento no fija un destino”, afirma Torres. “Pero nos da la clave para leer la partitura emocional que cada niño tuvo que interpretar en su hogar. Y esa partitura deja huellas”. Torres lo resume: “La vulnerabilidad del mayor, la presión del hijo único, la mayor relajación emocional del segundo y el magnetismo del pequeño no son leyes universales, pero sí patrones que emergen una y otra vez en la clínica”.
Para Torres, la salud emocional de un niño no se explica por una fórmula estadística, sino por la narrativa afectiva en la que nació: expectativas, tensiones, idealizaciones, duelos, deseos, renuncias. “La familia cambia con el tiempo, y cada hijo nace en una versión distinta de ese ecosistema”. Por eso, entender el orden de nacimiento no es una cuestión de matemáticas, sino de historia: “La historia de los padres, la del hogar y la emocional que le tocó interpretar a cada niño”. “La ciencia puede aportar modelos y tendencias. Pero para comprender de verdad a un hijo —primero, segundo, único o pequeño—”, prosigue, “hay que mirar más allá del dato: hacia la trama emocional que lo vio nacer”.