Mamadou Dhianka: “Solo quiero trabajar siendo libre y digno”
SOURCE:El Pais|BY:Luz Sánchez-Mellado Bonilla
Tiene 24 años. Salió de Mali hace dos y llegó en patera a El Hierro en febrero de 2025. Es uno de los 1.211 migrantes que viven en el centro de acogida de Alcalá de Henares. En septiembre, Interior aceptó su solicitud de asilo. En tres meses podrá buscar empleo
Quedamos en el centro comercial Alcalá Magna, en Alcalá de Henares, el típico zoco urbano de franquicias que está estos días a reventar de gente comprando regalos de Reyes. Hace un frío que pela, pero Mamadou Dhianka llega desde el cercano centro de acogida de migrantes, su casa desde hace ocho meses, a cuerpo gentil. Viste una camisa estampada y una corbata a juego, las prendas más elegantes de su guardarropa, compuesto por el equipamiento que les proporciona Accem, la ONG que gestiona el campamento, y las que les donan entidades públicas y vecinos de la ciudad. Esta cita es muy importante para él y quiere otorgarle empaque y formalidad. Acompañado de una trabajadora social del centro, Dhianka habla un correcto aunque limitado español, acorde con el certificado B1 que acaba de aprobar, pero trae unas cuartillas manuscritas en una funda de plástico, a las que acude cada vez que escucha una pregunta. En ellas ha escrito exactamente lo que quiere decir. Lo que más le gusta de su nuevo idioma son los refranes, confiesa, porque le recuerdan a dichos de su país que expresan lo mismo con otras palabras. El último que ha aprendido le encanta: “A quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”, recita, dejando el dulce rastro de su maliense francés materno entre tanta erre y tanta jota. Esa es su obsesión ahora, dice: adaptarse a su país de acogida.
¿Por qué dejó su país?
[Saca las cuartillas y lee] Nací en un pueblo pequeño. Desde niño, soñaba con lo que había más allá de las montañas. Veía pasar aviones y me preguntaba de dónde vendrían, qué otros lugares había en el mundo. Siempre sentí esa curiosidad. Con el tiempo, y la guerra, tomé la difícil decisión de irme. Dejé mi casa, mi familia y mis amigos para buscar un futuro mejor. Es un camino en el que busco no solo trabajo, sino un lugar donde pueda ser yo mismo, digno y libre.
De la guerra, de las amenazas constantes de grupos yihadistas. Salí de casa y pasé más de un año en Mauritania, malviviendo, trabajando en lo que encontraba: en el muelle, en la construcción, en lo que fuera. Hasta que tuve lo suficiente para entrar en una patera. Éramos 111. Fueron tres días hasta que llegamos a El Hierro el 9 de febrero de 2025. Llegamos cansados, fue muy duro, pero no murió nadie. Tuvimos suerte.
No, la mayoría no. A veces oigo comentarios que me duelen y siento que me miran con desconfianza, pero no me rindo. Cada persona analiza las cosas a su manera, comprendo a quien se ofende, pero yo sigo mi camino.
Tenía rabia y pena. Tengo hermanas y les podía pasar a ellas. Odio la violencia. Y luego esos días también tenía miedo de salir a la calle. Todavía se sigue manifestando gente que no quiere que esté el campamento, y eso no lo entiendo. Les diría: yo no violé ni maté a nadie, hermano.
¿Qué es este centro comercial para usted?
Mis amigos suelen venir a mirar algo de ropa, o un batido, o, sobre todo, a resguardarse del frío y del calor. Yo vengo solo a veces. Alguna vez, en Ramadán, he comprado algo de comer si tenía hambre, por los horarios del centro. Mis días son bastante iguales. Por la mañana salgo cinco horas a andar, hasta cansarme, luego como, hago una siesta y estudio. Cuando vienen pensamientos negativos, salgo a jugar al fútbol. Hemos hecho equipos dentro del campamento y jugamos entre nosotros, y también con chicos españoles.
¿Qué piensa al ver a chicos y chicas de su edad comprar cosas bonitas y usted no poder comprar nada?
Que yo no soy como ellos. Yo los veo y me acuerdo del lugar de donde vengo. No puedo saber cómo se sienten ellos, sé cómo me siento yo. Esta no es mi casa ni pretendo que lo sea. Yo quiero volver, cuando pueda trabajar y ser libre. Por eso, trato de no gastar. De los 56 euros que nos dan al mes para nuestros gastos, ahorro casi todo. Cuando pueda trabajar, necesitaré dinero hasta poder mantenerme y empezar a ahorrar de verdad.
¿Qué es lo peor de sobrellevar para un migrante como usted? ¿La pobreza, la soledad, la nostalgia, la incertidumbre?
A veces me siento perdido. Echo mucho de menos a mis padres y mis hermanos: somos siete y hablo con ellos por Whatsapp, o les llamo, si se puede. También echo de menos la comida, las risas y las charlas con la gente, entre vecinos. En mi país, la gente se saluda por la calle, pero aquí es totalmente diferente. La gente va a lo suyo. Eso sí me chocó mucho.
¿Tiene amigos?
Ahora sí, antes, no. Al principio estaba muy perdido y me centré en adaptarme. No salía mucho, prefería estar en el centro. Ahora salgo algo más y he encontrado en el campamento buenos árboles a los que arrimarme, porque eso son las relaciones con la gente que es como tú y con la que te encuentras bien.
¿Qué le pediría al año nuevo?
Trabajar. Trabajar de soldador. Tengo ganas de tener una jornada laboral, poder vivir de ese trabajo. Por lo que sé, aquí siempre hay trabajo de soldador, mi deseo es ser un buen soldador y contribuir a este país como uno más. Y, cuando sea posible y haya ahorrado lo suficiente, volver a mi tierra. Tengo a mi familia allí.
¿Qué sería para usted un buen sueldo para poder ahorrar?
¿Puedo preguntar cuánto cobra usted?
Me da vergüenza, pero creo que su pregunta es justa: algo más de 3.000 euros al mes.
Eso es muchísimo. Un antiguo compañero, que trabaja muchísimo, está ganando unos 1.500, pero todo depende de tus gastos, de lo que te cueste la habitación, el gas, la electricidad...
Losjóvenes españolestambién tienen dificultades para poder pagar una casa. ¿Ha oído hablar de ello?
Sí, sé que los sueldos son muy pequeños y las casas muy caras. Yo me conformo con compartir habitación porque no quiero tener familia aquí, quiero volver a casa. Mi familia vive una vida de guerra y yo he salido de ahí, pero con el futuro, volveré.
¿Cuándo cree que puede ser eso?
Lo dirá el Creador. No voy a decir que un año, o dos, o tres. No sé si podrá ser pronto, o no, eso no está en mi mano. Yo soy religioso, ¿y usted?
La verdad es que no.
Bueno, la mejor religión es ser buena gente. Es mi primera vez de hablar con un periodista en mi vida y estoy muy agradecido. A España, a todo el personal del campamento, a todo el mundo. Los migrantes no somos perfectos, yo tampoco, la migración no es fácil, pero solo puedo decir gracias.
Gracias a usted. El domingo sale la entrevista en el periódico.
¿Cuánto cuesta el periódico?
Tres euros y medio. Igual lo puede ver en alguna biblioteca.
Lo compraré yo, para recordar esta charla toda la vida. Me voy con el corazón lleno de gratitud y esperanza.
UNO DE TANTOS, UNO ÚNICO
Mamadou Dhianka (Fatou, Mali, 24 años) es el mediano de una familia de siete hermanos, procedente de la región maliense de Kayes. Hace dos años salió de su país, asolado por la violencia de grupos yihadistas, y pasó un año malviviendo en Mauritania, trabajando en lo que podía hasta lograr reunir el dinero para una plaza en una patera, con la que llegó con otros 110 migrantes a la isla de Hierro en febrero de 2025. A los dos meses, fue trasladado al centro de acogida de migrantes de Alcalá de Henares (Madrid), donde reside desde entonces en espera de que se resuelva su solicitud de asilo, aceptada por el ministerio del Interior en septiembre de ese año. En ese tiempo, Dhianka, herrero como su padre, ha logrado el certificado B1 de idioma español y realizado cursos de formación de manipulación de alimentos, carretillero y mantenimiento de carrocería de vehículos. Para los alcalaínos es uno más de los más de 1.000 ocupantes del cuartel Primo de Rivera, antigua sede de los paracaidistas, la mayoría subsaharianos, que deambulan por la ciudad cada día a la espera de la documentación para poder buscar un trabajo. Pocos, por no decir ninguno, les miran a los ojos o se paran a hablar con ellos. Él, dice, no se rinde y sigue su camino.