Me gusta comer
Ténganme por subversiva, rebelde, insensata y provocadora, pero voy a dedicar cada uno de los días de este año a disfrutar de la buena mesa
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Ténganme por subversiva, rebelde, insensata y provocadora, pero voy a dedicar cada uno de los días de este año a disfrutar de la buena mesa


Mi propósito de año nuevo es así de simple: comer. Sin pensar, controlar, sin dietetizar, desoyendo razones estéticas o médicas. Seguir sin más mi propio apetito, esa inteligencia que ha guiado la humanidad a lo largo de su historia y que ha dado lugar al maravilloso mundo de la gastronomía. Saborear, olfatear, degustar, paladear los alimentos a nuestro alcance, convertir una necesidad biológica en una experiencia llena de significado. Lo opuesto al buen comer es el nutricionismo salubrista que lo ha invadido todo. Pensar en proteínas, carbohidratos, grasas, etcétera, no es un avance sino un empobrecimiento de la cultura del comer al reducirla a su funcionalidad. Si el lenguaje funcionara del mismo modo, no existirían la literatura ni el periodismo ni la poesía ni las narraciones, solo la gramática.
Para empezar bien mi año de buen comer he tenido que amordazar a la dietista, a la endocrina, al cardiólogo y al entrenador del gimnasio. También a los pesados biohacker y todos los gurús de la longevidad que dicen que me van a enseñar a vivir más pero en realidad pretenden que los años se me hagan eternos con tanta restricción y tanto sacrificio. Esas nuevas religiones se parecen demasiado al islam del que salí: ayuna e irás al cielo, en este caso el cielo de vivir más. Prívate del placer en la vida presente para esquivar la muerte. Pobres faustos vendiéndose no el alma sino el disfrute. Inauguro este 2026 con un arroz caldoso compartido con quienes quiero y me quieren, ese pilar de la dieta mediterránea que no aparece casi nunca en los artículos sobre buena salud: la buena compañía, las personas de verdad. Aprovecho unos escalopines de foie abandonados en algún lugar del congelador desde que recaí en la cultura de la dietética y los dispongo sobre un lecho de manzanas caramelizadas. No es el primer año que me hago el propósito de salir definitivamente de esta perniciosa cultura que ha convertido el comer en un delito. Cuesta dejarlo, más cuando llevas en ella desde los primeros años de la adolescencia y está presente por todos lados. La hipocresía disfraza de preocupación por la salud lo que en realidad es gordofobia pura y dura, estigmatización del obeso y una persistente admiración por las muy kafkianas artistas del hambre que exhiben sus cadavéricas figuras. Ténganme por subversiva, rebelde, insensata y provocadora pero voy a dedicar cada uno de los días de este año a disfrutar de la buena mesa siempre que pueda sin más ley que la que me dicten mi estómago y mi bolsillo. Y siempre sin culpa.
A ver si lo consigo.
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Sobre la firma

Escritora catalano-rifeña, nacida en Beni Sidel (Marruecos) en 1979. Licenciada en filología árabe por la UB, ganadora del premio Ramon Llull con 'El último patriarca' (2008) y del premio Nadal con 'El lunes nos querrán' (2021). Autora del ensayo 'Siempre han hablado por nosotras'.