Mercavips y las nuevas tendencias de los guajes
Cuando éramos más jóvenes quedábamos en la puerta del Vips y en la plaza de Green o el parque de Barceló . Hoy las citas son en Mercadona, porque los adolescentes se comen una pizza a cuatro bocas y luego merodean las cercanías de estos supermercados que se están convirtiendo en centros de ocio. Recuerden lo de las sandías. Las discotecas de tarde, o terriblemente denominadas 'light', son también escenario de emociones disparatadas y colas en las que se amontonan las ganas de darle un beso a sus primeros desamores. La plaza de Carlos V, conocida como la de Atocha , es un hervidero de hormonas los viernes y sábados a media tarde. También lo son los bajos de Orense y las discotecas que en domingo funcionan como bailódromos latinos. Se prolongan las esperas que se mezclan con los repartidores de hamburguesería rápida. Allí se organizan los que hacen listas para entrar rápido en la disco, y se registra a los que pretenden meter una petaca con bebida alcohólica entre el flequillo y el corte de pelo a lo Lamine Yamal. Muchas veces pensamos que la juventud está perdida, que solo les interesa el móvil y que no tienen remedio, pero es posible que también nos equivoquemos. Uno de estos imberbes me comenta que también quedan mucho en casas de amigos. Se organizan de dos en dos y se preparan la cena como si se tratara de un restaurante modesto. Unos preparan ñoquis, otros un burrito. Pero apenas beben copas y prefieren hablar de fútbol y del examen de mates en el que se juegan la nota media. Uno quiere ser registrador de la propiedad. Otro, ingeniero industrial. Nosotros quisimos ser grandes artistas o estrellas del rock y apenas llegamos a escritores de media tinta. Me gusta pensar que nos equivocamos al afirmar que los jóvenes eran una pantalla del móvil. Muchos de ellos lo dejan en casa porque no quieren ser esclavos. Quizá pensamos que la sobreprotección los volvía tarados y éramos los padres quienes no supimos desengancharnos a tiempo. Ellos son más cautos, seguros, prudentes. Y no se creen todo lo que viene de arriba, de los medios o de los gobiernos. No están viciados de ideologías que dicen una cosa y hacen otra. La polarización la dejaron tras una puerta con llave y son más libres que nosotros. Quizá por esa razón no compran discursos sino hechos.Noticia Relacionada Bajo cielo estandar Si Los Santos Inocentes Alfonso J. Ussía Hagan bromas o no, Madrid hoy recuerda que también los poderosos pueden ser motivo de burla. Pero de burla con sentido, con gracia, con ingenio y, sobre todo, con humor Madrid es un escenario en el que las nuevas generaciones se mueven con respeto. No quedan para ir al cine, pero sí para ver una serie en una casa en la que los padres se resguardan en la cocina mientras ellos utilizan el salón. En eso cedimos también. Pero preferimos tenerlos en casa que deambulando como lo hicimos nosotros. Otras veces quedan para ver el Bernabéu por dentro, se emocionan al ver la sala de Trofeos y se hacen fotos en el banquillo porque Madrid se la deja botando y se llevan el recuerdo de haber sido Mbappés. También por la plaza de Felipe II se ven los viernes de tarde y terminan cenando unas alitas de pollo, comprándose cada uno su menú a cinco euros y compartiendo patatas fritas. Hay en esta generación algo que desconcierta porque no hace ruido. No necesitan romper nada para sentirse vivos ni gritar para existir. Se mueven por Madrid con una naturalidad que no presume de nada. Saben esperar, saben volver a casa y saben decir que no. No desprecian la diversión, pero tampoco la convierten en un modo de vida, cosa que nosotros hicimos. Les gusta estar juntos, compartir sin alardear y cuidarse sin dramatismo. Han aprendido pronto que la épica cansa y que la vida se sostiene mejor con cosas pequeñas que con gestos heroicos. Mientras nosotros confundimos libertad con exceso, ellos la entienden como elección. No viven contra nadie ni a favor de consignas prefabricadas; avanzan con una desconfianza sana hacia todo lo que promete soluciones mágicas. Quizá no sean peores ni mejores que nosotros, pero sí más conscientes. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho decir porque supone una victoria que no vimos venir. Madrid es el escenario donde las nuevas generaciones viven contentas, pero a su ritmo. Conciertos, museos, plazas y supermercados. Muchas veces debemos mirar abajo y no tanto hacia arriba. De todo se aprende.

