Más real que el telediario
José Mota es el comentarista más brillante de la tele; o, al menos, el más capaz de representar el sentir popular
Hay un termómetro social mucho más preciso que el CIS, Sigma Dos o GAD3: el especial de José Mota. Cada Nochevieja, millones de españoles sintonizamos Televisión Española para enterarnos de lo que ocurre en nuestro país. Porque entre broma y broma, la verdad asoma. Mucho más que entre bronca y bronca, que es a lo que les tenemos acostumbrados los que salimos en la tele y, a priori, no hacemos humor sino tertulias.
Como sucede en este periódico, donde el analista más fino lo encontramos en formato viñeta en lugar de en columnas o tribunas, José Mota es el comentarista más brillante de la tele. O, al menos, el más capaz de representar el sentir popular, el más deslenguado con las vergüenzas de las élites.
Esta Nochevieja nos presentó El Juego del Camelar, una parodia de la serie de Netflix en la que nuestros políticos competían para salvarse a sí mismos. Tal y como vemos cada día en las noticias, pero con disfraces y caracterización. Especialmente brillante fue un número en el que representaba a un comité de expertos en inmigración valorando la idea de las deportaciones masivas. Tras mucho cavilar, decidían largar a todos los inmigrantes. A todos menos a los que cuidaban ancianos en negro, a los que trabajaban en el campo, a los de la hostelería, a los cualificados, a los que “necesitamos para pagar las pensiones”…
No había visto a nadie en los últimos años -quizá a Villarroya en Malas Lenguas- retratar en la tele y con tanto tino el fenómeno migratorio como maniobra de extracción del capitalismo. Y la manera en la que esta postura que concibe a las personas como divisas, como recursos en lugar de como humanos, es no solo compatible sino alimento de la xenofobia. Porque incluso cuando se disfraza de humanitarismo no está concibiendo al otro como un igual. Un igual que tiene una tierra y un derecho previo al de emigrar: el de no tener que hacerlo. Eso repetía el papa Francisco.
Hemos despedido el año en el que se nos fue el último gran líder moral global que hemos tenido, con perdón de Pepe Mujica, a quien también tuvimos que decir adiós. Sin ellos el mundo es un lugar peor, y lo será en la medida en la que no recordemos lo que dijeron pero, sobre todo, como vivieron. Ojalá un 2026 en el que a nuestra casta política le diera por recordarlos. Por recordarlos de verdad, no como material posteable en X o Instagram para ganar me gustas, que es a lo que ha acabado reduciéndose la política. Y si no, que le pregunten a Óscar Puente.
Ese es otro de los matices que recogió José Mota en su especial, que supongo que a algunos, por momentos, no les hizo ninguna gracia: a aquellos a los que nuestros líderes, en el Congreso y en los medios, han conseguido convencer, a base de mucho esfuerzo, de que tienen que escoger bando. De que el sanchismo -ese invento que nadie sabe definir ni acotar sin resultar ridículo- es una amenaza de muerte para España. O de que, por el contrario, es su única salvación, la tabla de Jack en el mar tormentoso del fascismo, sea lo que sea eso.
José Mota le habló con su especial a todos aquellos que siguen sin concebir la política como un partido de fútbol. Que no son el centro centrado, la medianía y la equidistancia sino todo lo contrario, como demostró hace más de una década el 15-M. Puede que lentamente, pero es probable que caminemos hacia algo similar. Que no será igual, pero tendrá las mismas motivaciones. Es lo que están sembrando nuestros políticos, que hace tiempo que parecen los muñecos del guiñol, parodias de sí mismos. Por eso el especial de José Mota se nos hizo más real que el telediario.