Muere el periodista Ángel García Colín: “Ese tema me interesa mucho, mantenme al margen”
Tenía una capacidad natural para ayudar a los demás, para detectar el talento, para tender puentes entre personas que ni siquiera sabían que necesitaban conocerse
Ángel García Colín ha fallecido este sábado. Fue para muchos un referente profesional; para otros, un amigo leal e inagotable; para quienes trabajaron a su lado, un maestro de vida. Fue la persona que confió en mí, quien me abrió las puertas del Grupo Prisa y me enseñó, con una mezcla única de intuición, generosidad y humor, cómo navegar el mundo corporativo sin perder la humanidad. Su marcha deja un vacío inmenso, pero también un legado luminoso que seguirá acompañándonos.
Ángel era, ante todo, una gran persona. Tenía una capacidad natural para ayudar a los demás, para detectar el talento, para tender puentes entre personas que ni siquiera sabían que necesitaban conocerse. Era, sin exagerar, el mejor relaciones públicas que uno pudiera imaginar: afable, cercano, ingenioso, siempre atento a los detalles que hacen que alguien se sienta visto y valorado. Tenía un don para conectar mundos, para generar confianza, para hacer que cualquier conversación pareciera importante.
Esa inteligencia emocional tan extraordinaria, que lo distinguía en cualquier entorno, no era fruto de cursos ni manuales, sino de lo aprendido de forma natural en su León natal, en su querida Cistierna. Allí, entre la sencillez, la cercanía y la autenticidad de su gente, Ángel absorbió una manera de estar en el mundo basada en el respeto, la escucha y la calidez. Ese origen marcó para siempre su forma de relacionarse, de trabajar y de vivir.
Disfrutaba intensamente de la vida. Conocía los mejores restaurantes, no los más caros, sino los más auténticos. Siempre sorprendía con un vino desconocido, asequible y extraordinario. Era un vividor en el mejor sentido: alguien que sabía apreciar los placeres sencillos, que celebraba cada encuentro, que encontraba belleza en lo cotidiano. Y, como buen leonés, era también un magnífico jugador de mus: rápido de mente, intuitivo, estratega, capaz de leer la mesa como leía a las personas. En cada partida demostraba esa mezcla de picardía, elegancia y humor que lo hacía único.
Pero lo que realmente lo distinguía era su carácter: una capacidad de empatía que le permitía ser amigo de todos y sostener a muchos en momentos difíciles. Esa misma fortaleza interior fue la que le permitió luchar durante años contra una enfermedad que, al principio, parecía darle solo unos meses. Lo hizo con una dignidad admirable, con una sonrisa que nunca perdió, con una serenidad que desarmaba. Hasta el final, siguió organizando, cuidando, pensando en los demás. Incluso cuando llegó el momento de tomar decisiones difíciles, lo hizo con la misma elegancia vital que lo caracterizaba. Como decía una de sus frases más célebres de la “universidad de la vida”: “Ese tema me interesa mucho, mantenme al margen”. Y, de algún modo, así se despidió: con discreción, con humor, con una lucidez que solo tienen quienes han vivido plenamente.