Opinadores de moda en redes: ¿es su pasión (y su opinión) importante para la industria?
Los cambios en la dirección creativa de firmas de lujo han reventado el criticómetro
Cuando, en mayo, Dior anunció por fin el cese de Maria Grazia Chiuri como directora creativa, al llamado Fashion Twitter (comunidad de usuarios de esa red social dejada de la mano de Elon Musk con intereses varios en el negociado del vestir) le faltó tiempo para aplaudir. “¡Lo hemos conseguido!”, trinó al unísono, o casi. No, no hay pruebas de que el despido de la diseñadora esté relacionado de forma directa con el chorreo de hate que le ha caído en el patio de vecinas digital, que ha sido mucho y cruel desde su irrupción en la casa parisién. Pero que la opinión popular lo haya sentido como un triunfo propio evidencia uno de los fenómenos socioculturales más perturbadores de nuestros días: fans y detractores convertidos en lobistas, ejerciendo de grupos de presión. A cualquier efecto, los únicos intereses que importan son los suyos, faltaría.
Devenida en espectáculo de entretenimiento popular, parecía cantado que, en algún momento, la moda iba a entrar en el bucle de polarización instalado en la sociedad. Aquello del vive y deja vivir ya no se aplica en las relaciones/interacciones del actual estado situacionista de la realidad. Todólogos, cuñados, expertos iluminados empujados a hacer públicos no ya solo sus gustos o ideas, sino sobre todo sus presuntos conocimientos, porque el mundo necesita saber su opinión, claro que sí. “Hoy, cualquiera puede ser comentarista, crítico o incluso periodista. Y eso es justo en lo que me he convertido”, se jactaba el influyente Lyas, último grito en opinólogos de moda, en el portal WWD. El caso de este joven francés de origen argelino (Elias Medini en el pasaporte, 26 años) resulta paradigmático: sin mayor criterio que su, ejem, sentido del estilo, hace un año saltó a la fama instagramera durante las semanas del prêt-à-porter de París merced a las quedadas con amigotes para ver y comentar los desfiles en streaming al calor de un bar. Entre finales de septiembre y principios de octubre, la convocatoria de lo que ha rebautizado La Watchparty reunió a 13.000 forofos en el espacio-incubadora de moda sostenible La Caserne, ni que un Coachella de las modas, puntuando las colecciones en plan ranking y cogiendo el micrófono para expresar de viva voz sus pensamientos. “Su atractivo radica en esas opiniones únicas, sin filtro. En un escenario sobresaturado de información, el público ansía la individualidad, algo que le proporcionan estos comentaristas”, concede Lissy von Schwarzkopf, directora global de la agencia Karla Otto, una veterana de la representación de marcas y diseñadores que ha tenido que lidiar con periodistas al uso primero, blogueros después, a continuación y, ahora, lo que se ha dado en llamar creadores de contenido.

