‘Reductio ad electiones’
Hasta después de las generales no habrá apenas espacio para discutir nada que no pueda utilizarse como munición electoral
Feliz Año Nuevo Electoral, querido lector. A partir de ahora, aunque en realidad ya comenzara en Extremadura, todo va a ser un transitar hasta llegar a la meta final de las generales. Lo malo de este proceso electoral en cadena es que acabará perdiéndose esa cierta magia que siempre tiene el ejercicio del derecho de sufragio. Me refiero a la cercanía que de repente muestran los políticos por los ciudadanos, concentrados ahora en hacerles ver que en realidad les importan, con esa continua subasta de servicios y prestaciones públicas, de relatos en los que predomina el afán competitivo por ver quién ofrece más o, incluso, quién es más digno de representarnos. El peligro de estos largos procesos electorales en cadena es, sin embargo, que lleguemos exhaustos al final del viaje, hartos y descreídos por tanta ración de la misma matraca. Hartazgo ante la reiteración de las mismas consignas y saturados de tanta carga afectiva como exige la polarización en la que estamos.
Para el Gobierno esto es lo peor, que cuando toquen las generales ya esté todo dicho y discutido, y que un importante sector de la ciudadanía se desentienda de acudir a votar. Porque su carrera es de doble vía. Por un lado, debe bajar al barro de campañas en zonas geográficas que no le son favorables y, por otro, se ve obligado a maniobrar sin descanso para mantenerse vivo si, como afirma, quiere acabar la legislatura. Tiene dos frentes abiertos. El de preservar el pacto de investidura se le presenta, además, particularmente complicado, porque si pretende atraerse a los más díscolos —el independentismo catalán, en particular—, se verá obligado a hacer concesiones que tendrán una repercusión negativa en los territorios donde ya hay comicios previstos. El dilema aquí es, por tanto, ver hasta dónde está dispuesto a dejar caer al PSOE en los territorios en disputa en nombre de la estabilidad del Gobierno de la nación. En el caso de Aragón la cosa es aún más delicada, porque quien ahí lidera su partido se sentaba hasta hace nada en el Consejo de Ministros, algo que acabará repitiéndose en Andalucía. Un “doble vínculo” de libro, ninguna de las opciones permite disolver la contradicción.
Con todo, lo peor para todos nosotros, los ciudadanos, no es ya solo el atracón de ruido electoral, sino que cualquier declaración, acción o movimiento que tenga lugar en el escenario de nuestra política estará sujeto a la lógica electoral. Hasta después de las generales no habrá apenas espacio para discutir nada que no pueda utilizarse como munición en esta contienda. Pero por eso mismo quizá salgan ganando aquellos políticos que se aparten de las actitudes y proclamas ya trilladas y se acerquen a una sensata discusión de los problemas más urgentes. Eso significa, en primer lugar, hablar prioritariamente de los de cada territorio en disputa, y, luego, ya que va a ser inevitable escaparse de la espantosa coyuntura europea e internacional en la que estamos sumidos, decirnos sin pelos en la lengua dónde se ubica cada cual ante los dilemas que hemos de afrontar. (Mientras escribo estas líneas, me entero de lo de Venezuela, un eslabón más en el proceso de destrucción de todo el orden internacional).
Reducirlo todo a la lógica electoral, que ahora mismo casi equivale a una reducción binaria, el Sánchez sí/Sánchez no, no solo nos impedirá abordar una conversación mínimamente sensata sobre nuestros problemas internos; también nos anulará la posibilidad de ilustrarnos sobre cómo defendernos de forma óptima frente a tantas amenazas que penden en el horizonte. Como tantas otras veces, me temo que nos diluiremos en lo local y pequeño antes que ascender a una discusión sobre cuestiones más grandes. Aún estamos a tiempo de rectificar.