Richard Linklater: “El cine, junto con el rock, fue una de las pasiones fundamentales de mi generación. No sé si sigue siendo igual para la siguiente” | Retrui News | Retrui
Richard Linklater: “El cine, junto con el rock, fue una de las pasiones fundamentales de mi generación. No sé si sigue siendo igual para la siguiente”
SOURCE:El Pais|BY:Miquel Echarri
El director de ‘Antes del amanecer’ y ‘Boyhood’ es el gran autor del cine independiente de EE UU. Su nueva película, ‘Nouvelle Vague’ se estrena en España el 9 de enero y es un homenaje a Godard, uno de sus ídolos
“Usted también va a preguntarme por Donald Trump?”, dispara Linklater con sonrisa cómplice en cuanto toma asiento, tras el intercambio ritual de saludos. “No lo haga, por favor, ya lo han hecho sus colegas. Tengo una opinión al respecto, pero es trivial. Soy cineasta, no politólogo. Me preocupa, como ciudadano, el deterioro de nuestras democracias, pero no tengo nada sustancial que añadir sobre ese individuo. Confío en que Trump se irá tarde o temprano y vendrá otro presidente a intentar arreglar lo que él ha roto. Eso es todo lo que puedo decir. Así que mejor hablemos de cine”.
La invitación no puede caer en saco roto. A Richard Linklater, nacido en Houston, Texas, hace 65 años, le entusiasma hablar de cine. Es la profesión a la que ha dedicado las últimas cuatro décadas de su vida y fue la principal de sus pasiones juveniles junto a la lectura, el béisbol y el fútbol americano. El cine, según nos cuenta, se convirtió en su brújula vital el día que invirtió sus ahorros en una cámara super-8 y se lanzó a la aventura de filmar en las calles de la ciudad universitaria de Austin. Antes escribió guiones, hizo mucho deporte y trabajó en una plataforma petrolífera en el golfo de México, pero ninguno de esos proyectos alternativos de vida podía competir con “el vértigo” de intentar hacer películas como las de sus héroes, Ozu, Bresson, Dreyer, Welles, Scorsese o Fassbinder. De ese impulso nacieron películas tan relevantes como Slacker, Dazed andConfused, Antes del amanecer, A Scanner Darkly o Boyhood, entre lo mejor que ha dado de sí el cine independiente norteamericano en los últimos decenios.
Linklater se cita con El País Semanal durante el último festival de cine de San Sebastián. Ha venido a hablar con la prensa de su última película, NouvelleVague, pero lleva ya un buen rato contestando preguntas sobre Trump (aranceles, deportaciones, amenazas a la libertad de expresión) y “pidiendo perdón por ser estadounidense”. Son gajes del oficio, asume, la política parece interesar a todo el mundo últimamente, mientras que el cine, sobre todo el cine “de autor”, exigente y con inquietudes, va camino de convertirse en una lengua muerta: “Reflexiono sobre ello muy a menudo. El cine, junto con el rock, fue una de las pasiones fundamentales de mi generación, los que fuimos jóvenes a mediados de los ochenta. No sé si sigue siendo igual de esencial para la generación de mis hijos. Creo que no, hoy el cine compite con muchos otros estímulos, muchas otras pantallas y un montón de alternativas banales a las que dedicar nuestro tiempo”.
Esa es, en parte, la razón por la que se embarcó en la empresa “suicida” de filmar Nouvelle Vague, una divertida y minuciosa crónica, en exquisito blanco y negro, del rodaje de una película legendaria, Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard: “Nace de la voluntad de devolverle al cine al menos una parte de lo mucho que me ha dado”, nos explica. “La de ese rodaje en París, en el verano de 1959, es una historia formidable y no muy divulgada. Yo quería contársela a los jóvenes cinéfilos, compartir con ellos mi entusiasmo por lo que hizo el Godard de 29 años, que fue, básicamente, saltarse todas las reglas, incluso las dictadas por el sentido común, para reinventar y rejuvenecer el cine”.
¿A qué edad y en qué circunstancias vio usted por vez primeraAl final de la escapada?
Fue antes de cumplir los 20 años, en Austin, cuando empezaba a dedicarme al cine. Mi padre me recomendó que la viese. Me dijo que era una película un tanto peculiar, pero un clásico.
¿Recuerda cuál fue su primera impresión?
Me desconcertó, sí. Y me interesó. Captaron mi atención aspectos formales. Su originalidad, su ligereza, su elegancia. Pero aún no era capaz de procesarla del todo, de entender lo singular y lo relevante que fue esa película, hasta qué punto fue una ruptura radical con casi todo lo anterior y dio paso a un año cero, como ocurrió con la irrupción del punk en el mundo de la música. Con los años, la he ido redescubriendo. Y cada vez me fascina más.
¿Diría que es una de sus películas de cabecera?
¡Hay tantas! Pero esta me encanta y Godard es para mí un héroe intelectual, un ejemplo de actitud hacia la vida y hacia el cine. Creo que la lección fundamental que dio al resto de los cineastas es que siempre hay una manera distinta, más personal y menos convencional, de hacer las cosas. Yo intento tenerlo muy en cuenta, aunque Godard elevó muchísimo el listón de la innovación. Es muy difícil estar a su altura.
Suele decirse que muchos aficionados a la música se dividen en seguidores de Lennon y de McCartney. En el cine se podría decir algo parecido de los dos principales directores asociados a la nueva ola francesa, Jean-Luc Godard y François Truffaut, el marciano y el terrícola. ¿Es usted más de Truffaut o de Godard?
Interesante. Diría que en un día normal me quedo con el terrícola. Conecto mucho con Truffaut, sus películas me resultan íntimas y cercanas. Pero Godard… En fin, Godard es droga dura cinematográfica. Sus películas pueden admirarse pero no imitarse, para hacer algo remotamente parecido habría que estar en su mente.
En cierto sentido, creo que suNouvelle Vaguese parece a la película sobre Godard que podría haber hecho alguien como Truffaut.
¿Sí? Entiendo lo que quieres decir, pero no sé si estoy muy de acuerdo [piensa un instante]. Creo que si Truffaut hubiese hecho una película sobre Godard hubiese sido muy íntima, porque le conocía muy bien, pero se le hubiese colado en ella una cierta dosis de resentimiento. Eran amigos, pero se acabaron distanciando, y Truffaut murió antes de que pudiesen reconciliarse del todo, como creo que les ocurrió, por cierto, a Lennon y McCartney.
Linklater tiene muy claro lo que tuvo de excepcional el rodaje de Al final de la escapada: “Todo. Para empezar, fue un caos fértil, un desastre organizativo gestionado de manera un tanto frívola por un director con mucho talento pero sin verdadera experiencia”. Además, para reforzar ese alto grado de disonancia creativa, “contó con la presencia de una actriz norteamericana, Jean Seberg, que no era una gran estrella, pero casi, y que no tenía la menor idea de dónde se estaba metiendo”. Seberg, según cuenta Linklater, llegó a detestar a Godard, pero lo hizo cordialmente, “y ningún otro director le sacó tanto partido a su belleza, su carisma y su talento”. Luego está el carácter de “excéntrica aventura juvenil” que tuvo todo aquello: “La falta de un verdadero guion, las ocurrencias de Godard, que desconcertaban a los actores y al equipo técnico, la actitud del otro protagonista, Jean-Paul Belmondo, que tampoco tenía muy claro lo que estaban haciendo, pero fue receptivo y dócil y salió de allí convertido en un icono de la cultura popular, aunque tardó mucho en darse cuenta de ello”.
Linklater ha filmado su Nouvelle Vague como si fuese el making of de una película que reverencia, pero aproximándola sutilmente a la sensibilidad contemporánea. Le preguntamos por su escena favorita de Al final de la escapada y apuesta por la que elegirían nueve de cada diez cinéfilos introducidos en el culto a la modernidad vintage, la del paseo por los Campos Elíseos, cuando Seberg va vendiendo ejemplares del New York Herald Tribune, Belmondo charla con ella y la cámara los acompaña. Pese a todo, considera que hay muchas otras igual de legendarias y decisivas para la evolución del cine: “Algo que tuve muy en cuenta es no filmar las escenas como hizo Godard”, añade. “El punto de vista es otro, el mío, el de un observador externo que intenta mostrar la acción desde un ángulo distinto”.
¿Cómo se están tomando en Francia que un director estadounidense que no habla su idioma se haya asomado a una historia tan francesa? Linklater responde que, si alguien está acusándole de apropiacionismo cultural, a él no le consta: “Creo que a la crítica francesa, en general, le ha gustado que me aproxime a su cultura cinematográfica de una manera fascinada y respetuosa. Mire, Al final de la escapada es también la crónica de un conflicto cultural benigno entre Godard y Seberg, entre el nuevo cine francés y Hollywood. Y el resultado de ese choque entre culturas está a la vista, y fue extraordinario. Los franceses, además, asumen que Godard es patrimonio de la humanidad. Están acostumbrados a exportar su cultura, no sienten la necesidad de quedársela toda para ellos”.
La prueba de lo que dice es que gran parte de los cómplices que encontró cuando decidió embarcarse en este proyecto fueron, precisamente, franceses: “No hubiese podido hacerlo sin ellos. Tenía que ser mi película francesa, rodada en París, en francés, con socios, guionistas e intérpretes en su mayoría franceses. No hubiese tenido mucho sentido plantearla de otra manera. Al menos no para mí”. Tampoco hubiese resultado fácil encontrar inversores 100% estadounidenses para un proyecto así, tan europeo y tan de autor: “Tengo la inmensa suerte de que cada vez que concibo un proyecto insensato, de viabilidad comercial dudosa, encuentro a alguien dispuesto a saltar del acantilado conmigo. Esta vez, los socios dispuestos a secundarme en otro de mis proyectos suicidas estaban en Francia”.
Linklater, pese a todo, suele salir bastante airoso de sus suicidios comerciales. Es una constante de su carrera desde que invirtió en Slacker (1990) 23.000 dólares de su propio bolsillo y acabó recaudando más de un millón: “Esa fue una manera óptima de introducirme en el negocio. He tenido la oportunidad de hacer películas dentro del sistema, con grandes presupuestos, como Bad News Bears [en España, Una pandilla de pelotas] o School of Rock, pero si algo me ha enseñado mi carrera es que riesgo comercial y riesgo artístico suelen ser vasos comunicantes. Cuanto más barata sea la película, más libertad, más control creativo y más posibilidad de asumir riesgos narrativos y estéticos vas a tener. En Nouvelle Vague el riesgo económico es moderado, así que no he sufrido grandes presiones ni interferencias creativas de ningún tipo”.
Es una película muy coral. En ella aparecen como personajes secundarios grandes nombres de la historia del cine, de Truffaut a Roberto Rossellini, pasando por Agnès Varda, Jacques Rivette, Jean Cocteau… Es un festín para cinéfilos.
Sí. A algunos los hemos metido con calzador, porque los admiramos y nos apetecía que estuviesen en la película. Es el caso del director Robert Bresson, uno de mis héroes. Descubrimos que él también estaba rodando una película en París ese verano e imaginamos ese encuentro en el metro en el que Bresson, un tipo muy peculiar, trata a Godard con amable condescendencia.
De todos esos figurantes ilustres en elshowde Godard, ¿cuál cree que merecía su propia película?
Varda, por ejemplo. Fue la madre de la nouvelle vague, hizo películas modernas en Francia, de ruptura generacional, mucho antes de que se inventase la etiqueta. Y era una mujer extraordinaria, que hizo gran cine hasta pasados los 90 años. Pero en aquella época, Varda y su marido, Jacques Demy, estaban muy en la periferia del mundo de Godard, así que aparecen en solo un par de escenas. Truffaut y el rodaje de Los 400 golpes, el otro gran manifiesto del cine francés de finales de los cincuenta, también tendrían una buena película.
A Roberto Rossellini lo muestra como una especie de buscavidas que acude a un acto de homenaje en París para llevarse a su hotel bandejas enteras de canapés.
Sí, y sé que esa escena en particular ha molestado en Italia. Pero no deja de ser un guiño, una broma cómplice. Como dice el Rossellini de la película: “Vosotros, jóvenes franceses, lo habéis robado todo de mi cine, así que yo voy a llevarme vuestros canapés”. Es un acto de justicia poética.
¿Le obsesionaba a usted que personajes y actores se pareciesen lo más posible a las personas reales que recrea la película?
No mucho. El Godard de Guillaume Marbeck no es el Godard real y la Seberg de Zoey Deutch no es la Seberg real. Les di libertad para que construyesen sus personajes de manera coherente con el guion, sin imitar deliberadamente a sus modelos. A Adrien Rouyard le insistí en que quería que interpretase a Truffaut como un hombre optimista y alegre, pero él había visto mucho material del Truffaut real y le parecía más bien reflexivo y melancólico. Así que le dije: _“_Tu personaje tiene 27 años y se dedica al mejor oficio del mundo, el de director de cine. Además, es muy bueno en lo suyo. ¿No crees que le sobran motivos para ser feliz?”.
¿Qué piensa usted que le parecería esta película a Jean-Luc Godard?