'Silencios que matan', de Jordan Harper (SALAMANDRA, 2025)
Los Ángeles de Bret Easton Ellis en formato noir, Jordan Harper acierta.
Necesitábamos lo nuevo de Jordan Harper. Veníamos con hambre atrasada. La excelente continuación de La educación de Polly McClusky, que habíamos elegido como uno de los mejores libros de 2023 llega con Silencios que matan, editado por Salamandra, adaptación del título original, Everybody knows, que tiene ese elemento de canción de Leonard Cohen (todo el mundo sabe) sobre la degradación apocalíptica de la sociedad (no es casualidad que Cohen viviera y compusiera esta canción y otras de I´m your man y The Future durante un lustro en las colinas de Los Ángeles, en mitad de los conflictos raciales que acabaron prendiendo fuego a la ciudad), primero angelina, luego mundial. Es novela negra. Pero también una perversa función ética. Una de las novelas del año.
Ese fuego del que hablamos. Ese incendio, no parece detenerse, está en el aire, contenido, el olor a gasolina y ozono siempre presente. La ciudad y la bestia, la industria y La bestia, ese concepto híbrido, terrible, monstruoso, al que se refiere constantemente Mae Pruett, es como esos dioses cósmicos de H.P. Lovecraft, aberrante, siniestro, inconmensurable, que hace de la maldad su modo de vida, pero fuera de cualquier consideración filosófica, puesto que para La Bestia, los problemas se destruyen, se eliminan, no hay juicio ni valoración, porque la escala entre el problema y la Bestia escapa a esas necesidades o consideraciones éticas. Mae es parte de ese engranaje, sobrevive entre la toxicidad y la sangre. Pero una detonación hace que su vida tome un camino diferente. Del todo a la nada. La construcción del personaje, de sus relaciones, su manera de observar lo que lo rodea, es de lo mejor de la novela.
Es parte de lo nutricio de la historia. No es el instante. Eso es la chispa. Ella y él. No es bondad, es cansancio. Es la sensación de entropía emocional y física, de desgaste, la sensación de haberse convertido en recipientes vacíos. Él, monstruo con corazón, desgastado de esteroides y traiciones, desgarrado en las rodillas, una metáfora de dolor y realidad, un resto, una página que se puede arrancar cuando se arruga. Sin más. Chris Tamburro ha sido policía. De esos policías de la zona intermedia, más macarras y paramilitares que servidores de la ley. Con cocaína y pólvora, siempre al borde del error. Cuando este llega, solo quedan los servicios privados, los ejércitos que no existen, porque si existieran estarían prohibidos.
El Hollywood del Tarantino novelista, las historias de Denis Johnson abocados al apocalipsis californiano, por supuesto la versión postmoderna de James Ellroy. Pero, no olvidemos, que también hay whisky y pastillas en la mezcla que ofrecía Dashiell Hammett, antes de acabar consumido por los cigarrillos. La generación perdida. Los pitillos, por cierto, que siguen, escondidos, en los exteriores de los estudios, en los parkings, de mano en mano.
La metáfora perfecta del veneno frente a lo políticamente correcto: está mejor visto tramadol que la nicotina.
Mi influencia más clara es la madera desmadejada y hedonista de describir Los Ángeles que ejerció con pulso de agua con gas y valium, Bret Easton Ellis. En Menos que cero, en Los Confidentes, lo turbio de 1985 llega, cuarenta años después, con los cuerpos morenos cincelados, el sexo extremo (producto del aburrimiento, de la normalidad), la rueda de estímulos y calmantes, las marcas, la comida chatarra, el vómito, la apariencia... el hombre poderoso elige su vicio y su vicio es concedido, porque el catálogo es infinito: meta anfetamina por vía intravenosa, burbujas de pasta base, menores de edad.
En el compendio de imaginería y personajes reales, solo los que no molestan llevan su nombre real, el resto: Dan Schneider y Harvey Weinstein. Las casas del terror donde los niños entran y salen convertidos en niños para siempre, niños perdidos. Como Corey Haim, el muchacho perdido, la definición. Una de las partes del libro habla de su final, de donde han encontrado la paz. Donde nunca volvió a encontrarla.
Ciudad de urbanismo tóxico, donde los barrios y el chabolismo, a distintos niveles respecto del nivel del mar, el océano y las avenidas, los monstruos latinos que rondan a David Lynch. Recuerdo Mulholland Drive y también Topanga. Los aprendimos por la industria: el cine, las salas afónicas, las series, streaming, el cine para adultos en el Valle, los videojuegos que comunican a los que, encerrados en su habitación**, no soportan el calor agónico, nadie camina, nadie sale a la calle, así que nadie puede escapar de su propia habitación sin un vehículo con aire acondicionado**. Frío que atempera el alma. Cielo Drive y Great Canyon.
Escucho L.A. Woman de The Doors y la versión de Billy Idol. Tocaría una nueva, ahora. Sin el mismo nombre, sin la misma canción, tiene que ser más sencillo elegir a Lana del Rey, esa sería la canción, Gods&Monster. Y otras canciones de Lana, las que hablan de bungalows y de piscinas con demasiado cloro y bebidas embotelladas y tristeza, mucha tristeza. Vivir como Jim Morrison. Vegano y narcotizado. La comida, otro personaje más, un exotismo rebozado, frito en aceites malos, pescados artificiales crudos, puestos callejeros, corea, filipina, mexicana, japonesa, italiana, detox... todo embotellado, limpio durante cinco minutos. Comida para llevar, eso podría definir la historia. Comida que se cruza en la garganta, en bolsa, humeante como salido de una alcantarilla, lleno de aditivos, comida para atracarse en la soledad de una habitación. Demasiado cansados para ir solos a ningún lugar.
Ellos dos, arrancando las costras de la indecencia, no son perfectos, pero son mejores de lo que han sido nunca. Ella, que ha visto a una de esas niñas en el abismo de la locura, por miles de manos ajenas en su cuerpo y alguna aguja en su piel, muerte en los pulmones, desde una pipa, retenida, él, huesos que crujen, el eco magnético del brazo, el infarto: el corazón se detendrá, para siempre, por siempre. Policía y sustancias. Ahora, el amor, no es amor, es compañía. Es hacer las cosas bien por una vez en la vida. ¿Cómo terminará esto?
Me ha parecido una novela notable, con un comienzo trepidante, que define a la perfección el urbanismo cósmico y delirante, las relaciones aceleradas y detenidas, la maldad inherente, la inocencia es más cara que la cocaína y mucho menos abundante. Forzar el cuerpo para poder entregarse a los excesos. Colocar en la bandeja calorías, gramos, horas de gimnasio, bisturíes, dólares, buscando el equilibrio, hasta que se estira tanto lo que sostiene los platillos que la vida los arranca. Un final un poco más flojo hacen que no sea matrícula de honor, pero siempre muy fans de Jordan Harper.