Supervivientes sudanesas de matrimonios forzados con paramilitares reconstruyen sus vidas en Uganda
SOURCE:El Pais|BY:Nissan
Un refugio para mujeres en Kampala les ofrece una oportunidad para recuperarse de los horrores de la guerra que ha atravesado su país desde 2023
“No hubo boda”, relata Aya, cuyo nombre se ha cambiado para preservar su anonimato. “Solo miedo y un estigma que durará para siempre”, añade. En 2024, esta joven sudanesa que ahora tiene 19 años fue obligada a casarse con un soldado de las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), mientras su familia era retenida a punta de pistola en Jartum.
Lo cuenta ahora desde el interior del refugio The Rising Women en Kampala, Uganda, cuya ubicación concreta se mantiene en secreto para proteger a sus residentes. Allí, mujeres sudanesas como ella, forzadas a contraer matrimonio con miembros de las RSF, intentan recuperar sus vidas mientras se enfrentan a los recuerdos de los horrores de una guerra que ha devastado su país desde abril de 2023.
Antes de que el conflicto trastocara su vida, Aya era estudiante de secundaria en Jartum y esperaba los resultados de sus exámenes finales. Imaginaba un futuro en la universidad y una carrera que construiría por sí misma. Pero ese futuro desapareció rápidamente cuando comenzó la guerra que ya dura cerca de tres años y que enfrenta al ejército gubernamental con las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido. Un conflicto que ha provocado una crisis humanitaria colosal, con millones de desplazados internos y refugiados en los países de la zona y una situación sanitaria crítica.
Aya recuerda que intentó escapar dos veces en 2024. El primer intento fracasó cuando fue detenida por un guardia asignado para vigilarla por el miembro de la milicia que la había obligado a casarse. En el segundo logró huir a través de redes de contrabando y cruzó a Uganda. Pasó una noche en un hostal de Kampala, pero no pudo quedarse más tiempo porque no tenía documentos de identidad y temía ser capturada de nuevo. Antes de irse, otra residente le habló de la casa-refugio donde ahora vive.
Su experiencia refleja un patrón mucho más amplio. Desde que comenzó la guerra en abril de 2023, miles de mujeres sudanesas han visto sus vidas destrozadas. En aldeas de todo Darfur y en distritos devastados de Jartum, la violación y el matrimonio forzado relacionado con el conflicto han surgido como armas frecuentes de guerra.
En 2024, la organización Human Rights Watch recopiló testimonios de personal que atendió a supervivientes de violencia sexual, entre ellas mujeres obligadas a casarse con soldados de las RSF tras sufrir agresiones sexuales. La organización concluyó que estos abusos forman parte de un patrón sistemático de violencia utilizado para aterrorizar a las comunidades.
“El matrimonio forzado suele estar relacionado con el secuestro y la desaparición forzada, y hay numerosos casos documentados de mujeres y niñas que han sido obligadas a casarse con soldados de las RSF”, dice por su parte un informe de 2025 de la Iniciativa Estratégica para las Mujeres en el Cuerno de África, que también corrobora cómo “la guerra no solo exacerba las prácticas nocivas existentes, sino que también las convierte en armas”.
Me casaron con un soldado después de que matara a mi hermano
Fátima, de 17 años
“Me casaron con un soldado después de que matara a mi hermano”, dice Fátima, de 17 años (nombre cambiado para preservar el anonimato), otra de las sudanesas que vive en el refugio. “Luego me llevaron a Uganda con sus otras esposas”, relata. Fátima describe cómo fue trasladada a lo largo de una ruta de contrabando, y cómo es la única de esas esposas que terminó en el refugio. Antes de la guerra, llevaba una vida sencilla en Omdurmán. Era estudiante de secundaria y ayudaba a su madre a llevar un pequeño taller de costura en casa. Su padre trabajaba como conductor privado y sus tíos vivían cerca, en el mismo barrio.
Hace un año, tras enterarse de la existencia del refugio por amigas que conoció al llegar a Kampala, Fátima se mudó allí y comenzó el lento proceso de recuperación psicológica. Aquí ha aprendido a coser de manera profesional. “Ahora tengo una habilidad, pero sigo viviendo escondida, atormentada por quien me obligó a convertirme en su esposa”, lamenta Fátima.
El refugio: de la protección al empoderamiento
El refugio se estableció en 2020 como una casa segura para supervivientes de violencia machista. Hoy acoge a refugiadas procedentes de varios países que han sido sometidas a diversas formas de violencia de género. Entre ellos, Sudán, de donde estas mujeres huyeron del matrimonio forzado y de la violencia sexual relacionada con el conflicto.
Actualmente, el refugio acoge a 45 mujeres y les ofrece alojamiento seguro, atención psicológica, asistencia legal y programas de formación profesional
La psicóloga del refugio, que pide mantener el anonimato, recuerda que en la primera semana de apertura recibieron de golpe a 34 mujeres burundesas. “Pensábamos que solo atenderíamos a víctimas de violencia machista”, dice. “Pero nos encontramos dando refugio a mujeres que habían sufrido todas las formas de violencia de género”.
Actualmente, el refugio acoge a 45 mujeres y les ofrece alojamiento seguro, atención psicológica, asistencia legal y programas de formación profesional que están parcialmente financiados por ONU Mujeres.
Desde su creación, el centro ha apoyado a cerca de 500 mujeres de Uganda, Burundi, la República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Sudán y otros países vecinos. “Nuestra filosofía es que la protección es el punto de partida para un empoderamiento financiero y psicológico que sea sostenible e infinito”, afirma la coordinadora del programa del centro.
No obstante, explica que los desafíos de financiación aumentan día a día, especialmente debido a los recortes presupuestarios que ONU Mujeres se ha visto obligada a ejecutar. “Tenemos una lista de espera muy larga y no podemos recibir todos los casos que llegan desde las fronteras”. En este momento, varias de las mujeres no tienen más lugar para dormir que el suelo, ya que el refugio solo cuenta con 35 camas.
Falta de justicia
Con el colapso de los tribunales y de los sistemas policiales sudaneses, se han abierto muy pocas investigaciones formales sobre el matrimonio forzado o la violencia sexual relacionada con el conflicto. La oficina de derechos humanos de la ONU ha afirmado que estos abusos podrían constituir crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, mientras que un Panel de Expertos de la ONU informa de que algunas violaciones están siendo examinadas por la Corte Penal Internacional.
Sin embargo, la justicia sigue siendo lejana, ya que la inseguridad y el desplazamiento masivo hacen casi imposible localizar a las supervivientes o recopilar pruebas. Para muchas mujeres, huir de Sudán es la única manera de escapar de sus agresores. Muchas de ellas llegan a Uganda, que se ha convertido en un destino principal para quienes huyen de la guerra.
Según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), el número de llegadas registradas desde Sudán alcanzó alrededor de 65.000 a finales de 2024, aumentando hasta entre 75.000 y 88.000 a mediados de 2025. Acnur estima que el 78% de las personas refugiadas sudanesas son mujeres y niñas, muchas de ellas supervivientes de violencia sexual y matrimonio forzado.
“Aquí volví a respirar”, dice Fátima. Sin embargo, la seguridad sigue siendo frágil. Como muchas mujeres sudanesas en Kampala, Aya sigue viviendo escondida, y Fátima evita los lugares concurridos por miedo a ser reconocida. Sus temores reflejan un patrón más amplio entre las supervivientes sudanesas de matrimonio forzado que ahora viven en Kampala.
En un informe reciente, la Iniciativa Estratégica para las Mujeres en el Cuerno de África indica que muchas de estas mujeres supervivientes de violencia sexual viven en aislamiento social por miedo a la vergüenza y al rechazo de la comunidad. Esto convierte a espacios como este refugio en uno de los pocos lugares donde pueden encontrar una sensación de seguridad y pertenencia.
Las mujeres del refugio intentan ahora redefinir el rumbo de sus vidas. Algunas aprenden a coser, cocinar o diseñar accesorios. También están poniendo en marcha pequeñas iniciativas para vender sus productos en los mercados locales. “Quiero enseñarles a estas chicas que el matrimonio no es ni un comienzo ni un final”, dice la psicóloga del refugio. “Debe ser una elección”.