Todo cambia en la música menos esto: el debate sobre “ser un vendido” sigue vivo
SOURCE:El Pais|BY:Marta España
De Metallica a C. Tangana pasando por el caso reciente de La Paloma: ¿pierden los músicos ‘autenticidad’ cuando fichan por una multinacional y acceden a públicos más amplios?
En 1984, Metallica publicó Fade To Black, una balada acústica integrada en su disco Ride The Lightning. Que una banda de thrash metal incorporara una canción lenta y melódica fue suficiente para desatar una reacción inmediata entre parte de su público: querían sonar más accesibles, más comerciales. Eran, en definitiva, unos “vendidos”. La acusación no era nueva entonces ni lo sería después: cada vez que un grupo de rock se alejaba de la crudeza original, una parte de la audiencia interpretaba el gesto como una traición a un imaginario. En España, uno de los casos paradigmáticos es el de Evaristo Páramos, cantante de La Polla Records. La banda representó desde los años 80 un punk antisistema. Cuando comenzaron a llenar recintos y Evaristo pudo vivir de la música, el éxito económico se leyó como una ruptura con el espíritu original del género. En los noventa fue un debate recurrente: si eras indie no podías fichar por una multinacional. Décadas después, en un registro distinto, C. Tangana recibiría el mismo calificativo al abandonar su etapa inicial de rap underground para abrazar, como El Madrileño, sonidos melódicos y folclóricos bajo la multinacional Sony Music. En todos estos casos, la acusación responde menos a hechos concretos que a una expectativa cultural: un artista auténtico debería comportarse de determinada manera.
Ese debate ha vuelto a reactivarse con varias bandas. Una de ellas son los madrileños La Paloma, que acaban de publicar el disco Un golpe de suerte. Formada por Lucas Sierra (29 años, Gran Canaria), Juan Rojo (31, Madrid) y Nico Yubero (30, Madrid), la banda recibe a EL PAÍS en una cafetería de Tetuán (Madrid) para hablar sobre las reacciones que ha generado el álbum. Su primer disco con la multinacional Universal presenta un sonido más limpio y menos distorsionado que su debut, un giro que algunos sectores de la escena (acostumbrada a la saturación y la estética amateur) han interpretado como señal de comercialización. “Parece que por sonar mejor ya eres sospechoso, como si hubiese una intención oculta detrás”, comenta Yubero. La palabra maldita ha vuelto: vendidos. Desde su entorno, Joan Guàrdia (45, Castellar del Vallès), responsable artístico de La Paloma dentro de La Castanya, explica que la transición hacia una estructura mayor fue natural: “Hemos tomado decisiones estratégicas y logísticas para seguir avanzando juntos sin perder la esencia que nos animó a formar equipo”. Sobre el acuerdo con Universal añade: “Que contemplaran una alianza empresarial entre dos discográficas fue determinante”. Para él, la idea de que una multinacional resta autenticidad está desfasada: “Hoy la mayoría de gente ni siquiera se fija en qué discográfica hay detrás”.
Aunque el término reaparece cíclicamente, la discusión sobre la autenticidad en el rock es tan antigua como el propio género. Desde la irrupción del rock and roll en los años cincuenta, sus valores (rebeldía, espontaneidad, contracultura) se consolidaron como realidades inmutables. El filósofo Theodore Gracyk lo explica con claridad: la industria discográfica no solo explotó la imagen de rebeldía del rock, sino que participó en su construcción desde el inicio. En su artículo Rhythm and Noise, explica cómo la estética del rock (actitud desafiante, aura antisistema, desaliño controlado) fue moldeada deliberadamente para convertirla en un producto reconocible. Lo que se entendió como espontaneidad era, en buena parte, un código estético acordado entre artistas, sellos y medios.
Para Fernán del Val (43, Madrid), sociólogo especializado en música popular, la autenticidad funciona como una categoría moral más que musical. “La autenticidad no es un capricho del rock, sino un valor cultural profundo que utilizamos para evaluar no solo música, sino también personas y comportamientos”, señala por videollamada. No es una cualidad objetiva, sino una construcción compartida que actúa como termómetro ético. “Desde Walter Benjamin y la Escuela de Fráncfort existe la idea de que la producción industrial hace que los objetos culturales pierdan aura. Ese aura puede entenderse como autenticidad, y esa discusión sigue viva”. Aunque la industria actual funciona de forma distinta (streaming, algoritmos, profesionalización acelerada), la tensión entre lo artístico y lo comercial sigue marcando la recepción pública. “El escenario ha cambiado, pero el conflicto permanece intacto”, asegura Del Val. “La audiencia no rechaza la profesionalización, sino la percepción de artificio”.
Ese marco ayuda a entender las reacciones a La Paloma. La banda emergió en pleno auge del rock de guitarras pospandemia, cuando la distorsión y la urgencia se convirtieron en un canon de autenticidad para una generación. Su primer disco, Todavía no, encajaba en ese molde. Por eso, el contraste con un segundo álbum más reposado y apoyado en guitarras limpias ha generado fricción. Desde dentro, insisten en que no hubo cálculo: “Nadie estaba pensando en una dirección tan guionizada. Teníamos canciones, las trabajábamos de forma sincera, y cada una pedía una cosa”, explica Nico, “el disco ya existía antes de Universal”.
Así, una de las claves del relato es la asociación automática entre pulcritud sonora y comercialización. “Parece que si suenas mejor, automáticamente te has vendido. Como si sonar bien no pudiera tener una intención artística detrás”, afirma Sierra. Ese prejuicio revela hasta qué punto ciertos sectores del rock han vinculado lo “auténtico” a lo precario. Para Rojo, el conflicto nace de un molde demasiado estrecho: “A la gente le importa muchísimo que un grupo sea auténtico. Pero nadie sabe muy bien qué es eso. Solo saben que, si no encajas en un molde muy concreto, entonces ya no lo eres”.
La endogamia estilística de la escena también influye: “Las referencias de muchos grupos son otros grupos de la misma escena. Y eso está genial porque genera comunidad, pero en cuanto a sonido todo se hace más pequeño. Si tus influencias son My Chemical Romance o A Perfect Circle, ya eres sospechoso”, añade Yubero. Del Val coincide: la autenticidad es un acuerdo simbólico. “Los fans pueden ver autenticidad donde la crítica ve artificio, y al revés”, explica. Lo que más pesa no es el sonido, sino la coherencia: que lo que el artista hace encaje con lo que el público cree que debería hacer.
Un último elemento tensa aún más el debate: la exposición personal. En un momento en que la naturalidad en redes se ha convertido en capital cultural, muchos artistas sienten la presión de compartir intimidad para resultar accesibles. No es nuevo: Del Val estudió cómo Dani Martín, en sus años de mayor presión mediática, recurría a la cercanía para contrarrestar la percepción de inautenticidad de su banda, El Canto del Loco. “Esa naturalidad no era casual”, explica, “sino una forma de disputar un espacio que la crítica les negaba”. Hoy, ese mecanismo se amplifica en redes. Incluso proyectos nacidos bajo estructuras comerciales rígidas (como Katseye, formadas bajo estándares del K-pop) construyen su imagen auténtica mediante gestos íntimos y espontáneos que funcionan como prueba de verdad ante su audiencia: presentan a sus parejas o hablan abiertamente de su orientación sexual. La Paloma rechaza esa lógica. “No creo que haya que mostrar tu vida para que la gente entienda tu música. La música es una cosa, tu vida personal es otra”, señala Rojo. “Si la sociedad exige que conozcas la vida de un artista para validar su música, lo que está roto es la sociedad, no el artista”, añade.
El caso de La Paloma es solo el ejemplo más reciente de un debate que atraviesa la música popular desde hace más de medio siglo. Lo que se discute (de nuevo) no es solo sonido ni estrategia, sino identidad cultural: qué esperamos que sea un artista, quién decide las reglas y cómo cambia la idea de “ser auténtico” en un ecosistema musical que ya no se parece al del rock de estadio ni al de los fanzines punk. Como señalan Del Val y los propios músicos, la autenticidad es un valor negociado, mutable y colectivo. Más que un veredicto, forma parte de la conversación permanente entre creadores, industria y público: un espacio donde, para bien o para mal, el rock lleva discutiéndose a sí mismo desde que existe.