Tras los pasos de Amália Rodrigues, la gran diva de la música portuguesa
«Nací en el tiempo de las cerezas». Era lo que siempre respondía la fadista cuando le preguntaban el día de su cumpleaños. En el documento oficial constaba como Amália da Piedade Rodrigues , nacida el 23 de julio de 1920, en el número 83 de la Rua Martim Vaz, en el barrio da Pena de Lisboa . Sin embargo, Amália —que siempre soplaba las velas el día 1 de julio— venía de una familia de Fundão, el valle de los cerezos de Portugal. De ahí que su abuela le recordara sus orígenes con esa frase poética que parecía una profecía: la niña cuya voz dulce acabaría transformada en poesía cantada. Noticia Relacionada Nueva Reserva de la Biosfera estandar Si La espectacular sierra portuguesa que hay que visitar una vez en la vida Rocío JiménezEs imposible separar su biografía de las letras de sus fados, o pensar en Amália sin escuchar de fondo los acordes de una guitarra portuguesa. Uno de sus fados más famosos, ' Una Casa Portuguesa ', bien podría describir el lugar en el que nació: cuatro paredes calladas, aroma a romero, un racimo de uvas doradas encima de la mesa, un San José de azulejo, dos rosas en el jardín y la promesa de besos. En esa callejuela estrecha, que aún hoy parece anclada en el tiempo, con ropa tendida y paredes desconchadas, las vecinas escucharon la voz de la niña Amália correteando entre escaleras y patios, camino de Martim Moniz. De aquella infancia solo queda una placa conmemorativa. Cuando llamas a la puerta de madera de la casa donde nació, alguien responde: «Sé quién es… pero de ella aquí no queda nada».Casa-museoLo que sí perdura, por voluntad expresa escrita en su testamento, es la casa en la que pasó la mayor parte de su vida. En el número 183 de la Rua de São Bento se encuentra la sede de la Fundación Amália y su Casa-Museo , conservada intacta, como si la fadista solo acabara de salir a dar un paseo por Lisboa . Al abrir la puerta, el visitante se topa con un gran retrato de Amália, vestida de negro, con ese aire de diva que la acompañó hasta el final. A la izquierda se encuentra el mítico salón, con el piano y las guitarras que sirvieron para componer y grabar algunos de sus álbumes más emblemáticos. A la derecha, el comedor, un espacio que parece detenido en el tiempo y donde es fácil imaginar las cenas con familiares, amigos y artistas que Amália organizaba junto a su marido. En el piso superior, la presencia de la fadista se siente en cada rincón: el estudio donde leía poesía, su habitación repleta de santos —era profundamente devota—, los vestidos de actuación y también los de su día a día, junto a los zapatos de plataforma con los que disimulaba su baja estatura.Vista exterior de la Casa-museo de Amália Rodrigo SimasLa sede de la Fundación Amália y su Casa-Museo sigue intactaDesde la cocina se accede al jardín, un pequeño oasis donde vive Chico, el loro que la acompañó durante sus últimos años. Cada sábado, si el clima lo permite, el jardín se llena de fado. La Casa-Museo abre de martes a domingo, de diez a seis, siempre con visita guiada, por lo que se recomienda reservar.Amália Rodrigues debutó como fadista profesional en 1939, en el Retiro da Severa, pero donde realmente creció como artista fue en el Café Luso , bautizado como 'la catedral del fado', situado en la Travessa da Queimada, 10, en pleno Bairro Alto. Abierto desde los años treinta, con su imponente bóveda de piedra, sigue siendo parada obligada para quienes visitan Lisboa y quieren escuchar fado mientras degustan platos tradicionales . Fue en este escenario donde, en 1955, se grabó uno de sus primeros álbumes en vivo y el eco de su voz aún parece resonar entre las paredes. Está abierto todos los días de siete a una de la madrugada y se puede cenar o tomar una copa. Cuando preguntaban a Amália qué significaba el fado para ella, solía responder: «Una extraña forma de vida», verso de un poema que ella misma escribió y que se convirtió en uno de sus fados más célebres. Cantó letras de Luís de Camões y otros grandes poetas, algo que no siempre no fue bien recibido por la crítica. Pero ella —sobre sus plataformas de más de diez centímetros y con un chal cubriéndole los hombros— no solo se subió a escenarios de todo el mundo, sino que elevó el fado hasta convertirlo en Patrimonio Inmaterial de la Humanidad .Una muestra únicaLa exposición inmersiva 'Ah Amália' es hoy el mejor lugar para descubrir, conocer y sentir a la diva. Situada en unos antiguos almacenes rehabilitados de Braço de Prata, cerca de la zona de la Expo, cuenta con ocho salas donde se hace un recorrido interactivo por su vida. En una de ellas puede escucharse a Amália cantar en varios idiomas —su versión del 'Porompompero' deja a más de uno con la boca abierta—. Otra sala ofrece una inmersión sensorial a través de una película en videomapping 360º , para sumergirse en su universo artístico y emocional. También hay una experiencia de realidad virtual con un poema visual sobre el amor de Amália por la naturaleza; una sala infinita donde las cerezas flotan; y lo más impresionante: una réplica del Olympia de París donde donde un holograma a escala real revive a Amália sobre el escenario. Allí está: deslumbrante, imponente, viva. Se la escucha, se la ve, casi se la siente. La exposición abre todos los días de once a siete, con entradas entre 15 y 20 euros.Cartel promocional de la exposición inmersiva de la artista AH aMÁLIALa tienda es un pequeño homenaje a su iconografía: las gafas enormes que se volvieron marca de la artista, discos, libros y el té 'Ah Amália', creado por la marca Infusões com História especialmente para evocarla. Su favorito era el Earl Grey —decían que incluso bebía té cuando comía sardinas—, y esta mezcla utiliza té negro de Azores y calaminta, una planta típica de las Beiras, región de sus raíces familiares, ideal para sentarse a leer los poemas de Amalia o escuchar uno de sus discos. La exposición inmersiva te sumerge en su universo artístico y emocionalAunque Lisboa fue su ciudad amada y celebrada en sus fados, Amália tenía un refugio secreto donde conectaba con la naturaleza y consigo misma: la Herdade do Brejão, su casa de vacaciones, hoy convertida en hotel rural . Situada en plena costa alentejana, está a pocos metros de una playa prácticamente salvaje que ahora lleva su nombre, la Playa de Amália. La casa está llena de fotos, objetos y recuerdos de la fadista, pero también de historias contadas por António Filipe Gomes , primo de Amália, guardián incansable de su memoria. Imagen de archivo de la artista (arriba); interior de su casa-museo (abajo izquierda) y el té 'Ah Amália'. António Filipe Gomes/Rodrigo SimasAmália murió en octubre de 1999 de un infarto, pero su influencia sigue viva en las nuevas generaciones de fadistas que siguen cantando sus letras y reinterpretando su legado. Sus restos mortales descansan en la última parada de este recorrido: el Panteón Nacional , cuyas vistas muestran la «Lisboa de otra época, llena de encanto y belleza, la de las fiestas, las procesiones y los pregones matinales que no regresan», como ella cantaba. Su voz, pasen los años que pasen, sigue emocionando en cada rincón de Lisboa, incluso cuando no se la espera. Muy cerca del mirador de Santa Luzia, en el fadista barrio de Alfama, sorprende el rostro de Amália recreado en los adoquines por Vhils. El artista urbano portugués quería que, cuando llueva, hasta las piedras de la calzada lloren de saudade por Amália.

