Trump deja al PP en ‘shock’ con Venezuela
La derecha clásica atraviesa hoy una crisis en su comprensión del orden internacional liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial
Donald Trump ha dejado en shock al Partido Popular con Venezuela. El primer partido de la derecha lleva años reclamando la caída de Nicolás Maduro, haciendo de la causa contra el chavismo su mayor bandera internacional, pero Estados Unidos no le brinda ahora el escenario que desearía. La derecha clásica atraviesa hoy una crisis en su comprensión del orden internacional liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial: se percibe la fricción entre populistas e institucionalistas, aderezada por el regate corto que impone la política doméstica.
Fue Cayetana Álvarez de Toledo la primera en protestar en redes sociales tras no ver culminadas sus expectativas, mientras que voces de la derecha ya celebraban la caída de Maduro: Trump no respaldaba a María Corina Machado para tomar las riendas de Venezuela. Estados Unidos aceptaba así a Delcy Rodríguez bajo su tutela de facto, probablemente considerando que situar a Edmundo González o a su equipo estaba condenado al fracaso. En regímenes de larga duración, la legitimidad no se sostiene únicamente en las urnas. Existe una estructura previa de décadas, densa y burocrática, que también es Estado y que se legitima a sí misma. Creer lo contrario no solo es ingenuo, sino temerario por sus consecuencias: el Ejército u otros estamentos podrían haberse revuelto.
El tiempo dirá si el objetivo último de EE UU es realmente lograr una transición democrática plena. El America First consiste en hacer valer los intereses comerciales estadounidenses, ya sea mediante coerción arancelaria o interviniendo militarmente. También persigue el objetivo de alejar a sus potencias rivales –como en el caso de China– de sectores estratégicos. El fin económico inmediato de Trump está ahora en el petróleo venezolano, y asegura que necesita 18 meses para reflotar esas infraestructuras. Falta testar su ambición política: según la Constitución venezolana deberían convocarse elecciones en un máximo de seis meses.
Sin embargo, lo ocurrido en el país latinoamericano deja varias lecturas en clave española y europea. De un lado, el PP probablemente lamenta haber perdido la oportunidad de ganarle una partida a Pedro Sánchez. Que Trump hubiese desmantelado toda la estructura del régimen habría servido para acusar al Gobierno de que la defensa que España hace del derecho internacional —junto a la Unión Europea— no era más que una forma de respaldar al chavismo. En cambio, el movimiento táctico de Estados Unidos deja a una parte de la derecha en tierra de nadie: estar del lado de Trump es aceptar también el continuismo de Delcy Rodríguez. Si, por el contrario, quieren situarse del lado del derecho internacional —como, con cierta duda, parece que apuestan ahora en Génova 13— entonces deberían criticar de lleno la caída de Maduro bajo esas condiciones.
El posicionamiento en la derecha abre así un debate de cómo ese espacio político se divide hoy entre pragmáticos (realpolitik) o institucionalistas. Los primeros están dispuestos a respaldar las acciones de Trump, creyendo en ese mundo basado en la ley del más fuerte: Isabel Díaz Ayuso da las gracias al líder estadounidense, considerando que las reglas hasta ahora no habían logrado avances en Venezuela; la ultraderecha, por su parte, busca mantener como aliada a la actual administración de la Casa Blanca. En cambio, en el bloque del institucionalismo han surgido notables defensores. El exministro José Manuel García-Margallo señala la vulneración del orden internacional por parte de Trump, mientras que la fundación FAES —cercana al expresidente José María Aznar— rechaza la “colonización” o injerencia extranjera en el país latinoamericano, tildando de “torpeza” la apuesta por el continuismo chavista. Aunque algunos quieran meter a Marine Le Pen en ese saco —en su reproche a la vulneración de la soberanía nacional– su posicionamiento solo es una reacción contra el globalismo y Bruselas.
En consecuencia, el movimiento de Estados Unidos demuestra que hoy la derecha se divide entre quienes siguen creyendo en las instituciones del orden liberal y quienes consideran que deberíamos arrimarnos a espacios de influencia, según ideología. El problema es que antes este dilema apenas existía para la Unión Europea: nos pareció que ambas cuestiones iban de la mano, al ser EE UU quien intervenía en nuestra defensa, compartiendo ciertos valores salidos del contexto de posguerra de mitad del siglo XX. Hoy, sin embargo, el movimiento MAGA parece más cerca de admirar autocracias como China o Rusia que a la UE —como ha quedado claro con la invasión de Ucrania y la cercanía de Trump con Vladímir Putin— en fricción con nuestros intereses. La cuestión es que Europa no puede jugar en la liga del más fuerte de forma autónoma, sino dependiente: carecemos de superioridad económica y tampoco hemos desarrollado un proyecto militar propio. La UE ya solo es pionera en la defensa de las normas que conocimos, pero el drama es que no tenemos capacidad real para hacerlas valer. Esa tensión entre poder y reglas es, de hecho, lo que diferencia hoy a la derecha clásica de la nueva derecha trumpista. El orden internacional que se imponga también definirá cuál de ellas dos sobrevive.