Trump impone su ley
Tras la intervención en Venezuela, el presidente de Estados Unidos se siente cada vez más libre para actuar sin cortapisas frente a otros gobiernos
La escena en la Sala Este de la Casa Blanca este viernes era casi la de una corte medieval. En el centro un emperador, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, eufórico, tras la operación militar de su país en la que se secuestró en Caracas a Nicolás Maduro, y rodeado de sus principales asesores. A su alrededor, empresarios de las grandes multinacionales petroleras, llegados de todo el mundo para rendirle pleitesía y aspirar a un pedazo en el reparto del sector energético de Venezuela. “Es algo histórico”, le aseguró su secretario de Estado, Marco Rubio. “Una operación magnífica”, le felicitó su vicepresidente, J.D. Vance. “Ha dado esperanza a la gente de Venezuela”, declaró Ryan Lance, de Conoco Phillips. “Gracias por lo que ha hecho”, dijo Bryan Sheffield, de Parsley Energy.
Tras el ataque en Caracas, Trump se siente pletórico. Lo que considera un éxito sin paliativos —la captura del presidente venezolano sin bajas estadounidenses en una operación de película de las muy taquilleras—, reivindica su concepción del mundo. Es una visión en la que su país, y sobre todo él mismo, gozan de patente de corso para actuar como quieran, para coaccionar a otros gobiernos, expoliar recursos naturales y no tener que responder ante el derecho internacional. Un poder global prácticamente ilimitado en el que, según una de sus metáforas favoritas, él es quien tiene todas las cartas ganadoras.
Envalentonado por una acción con la que ha apartado la atención pública de escándalos como el relacionado con el financiero pederasta Jeffrey Epstein, recurre ahora a una retórica belicosa para amenazar con más intervenciones. Mientras predice que los cambios en Venezuela precipitarán la caída del castrismo en Cuba, apunta a ataques por tierra contra los carteles del narcotráfico, “que controlan México”. Antes de la llamada de este miércoles con el presidente colombiano, Gustavo Petro, para una frágil tregua entre ambos, advertía al líder del país aliado que “guardase sus espaldas”. Este viernes amenazó a las autoridades iraníes si aumentaba la cifra de manifestantes muertos en la represión de las protestas contra el régimen. También ha amenazado con “hacer algo, por las buenas o por las malas” para anexionarse Groenlandia, la isla ártica que pertenece al Reino de Dinamarca.
Su argumento en favor de la fuerza bruta se extiende también al terreno interno, al defender de manera incondicional la actuación de un agente del servicio de inmigración (ICE) que alegó defensa propia para abrir fuego casi a bocajarro y matar a una mujer, Renée Nicole Good, cuyo vehículo bloqueaba el tráfico en una calle de Minneapolis.
Protestas frente a la Casa Blanca este sábado por la muerte de Renee Good por disparos de un agente del servicio de inmigración en Minneapolis el pasado miércoles Foto: Tom Brenner (REUTERS)
Al tiempo que elogia la fuerza, Trump declara su desdén por el multilateralismo. Mientras desgranaba sus planes para controlar el petróleo de Venezuela “durante mucho tiempo”, esta semana retiraba a su país de docenas de organizaciones internacionales, importantes elementos del sistema multilateral que la Casa Blanca considera “un derroche, inútiles o contrarias a los intereses nacionales de Estados Unidos”. La mayor parte de las instituciones rechazadas se ocupa del cambio climático o la promoción de la igualdad.
De modo casi simultáneo, su Administración propone doblar el presupuesto militar a 1,5 billones de dólares (1,3 billones de euros) y exige a las compañías de defensa que multipliquen su producción para rearmarse. El objetivo es convertir a su ejército en un descomunal Godzilla que pueda responder a la modernización a toda máquina de las fuerzas chinas y abrumar a las del resto de países: “paz mediante la fuerza”, como le gusta presumir.
“Mi propia moralidad. Mi propia opinión. Es lo único que puede detenerme”, se jactaba esta semana en una entrevista concedida al periódico The New York Times. “No necesito leyes internacionales”, agregó. Solo él —sostiene— puede decidir si y en qué casos una norma determinada puede limitar a Estados Unidos. Piensa que puede usar cualquier elemento que esté en su mano —la coerción, sanciones económicas, la fuerza militar— para promover lo que considera los intereses de su país, y que, como tuiteaba hace unos meses, “el que defiende a su país no viola ninguna ley”.
Reparto del mundo
Trump define su visión como “doctrina Donroe”, un juego de palabras con su nombre y el de James Monroe, el presidente estadounidense que hace dos siglos proclamó “América para los americanos” para impedir el expansionismo europeo en el continente. Algunos expertos lo han descrito como un reparto de zonas de influencia entre grandes potencias, en el que Washington controla lo que llama el Hemisferio Occidental, a China le corresponde Asia y Rusia se adueña del territorio de la antigua Unión Soviética. Los politólogos Stacey Goddard y Abraham Newman han acuñado el término neoroyalism (“neomonarquismo”): “Un sistema internacional en el que un pequeño grupo de hiperélite utiliza las modernas interdependencias económicas y militares para extraer recursos materiales y de estatus en beneficio propio”, escriben en un artículo académico.
En este sistema hiperelitista, Trump goza de una posición excepcional, al frente de recursos exclusivos, como el poderío militar de su país y el sistema financiero global basado en el dólar. Y mucha manga ancha, gracias a unos poderes presidenciales para intervenir en el exterior que las Administraciones sucesivas habían venido ya ampliando, especialmente tras los atentados del 11-S. “No es un presidente que expande drásticamente sus poderes en el exterior, porque esos poderes ya los tenía. La cuestión es si los va a utilizar juiciosamente”, apunta Robert Strong, catedrático emérito de la Universidad de Washington y Lee, en una videoconferencia organizada por el Centro Miller de la Universidad de Virginia.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la reunión con empresarios petroleros el pasado viernes en la Casa Blanca Foto: Kevin Lamarque (REUTERS)
Antes que en Venezuela, ya había ido probando desde su investidura ese modelo de fuerza —pese a sus promesas de campaña de no intervención en el extranjero— atacando objetivos en Yemen, en Somalia, en Siria, en Irán y en Nigeria. Por lo general, operaciones relámpago oportunistas. “Es el tipo de alarde militar por el que vive Trump y que aprueba: rápido, corto, con un resultado demostrable y que obliga al resto a hacer lo que él diga”, señala Eric Edelman, antiguo subsecretario de Defensa para Política en la Administración de George W. Bush (2001-2009).
En otra era, estos propósitos de provecho propio se hubieran escondido tras un manto de promesas de buenas intenciones: rescatar un Estado fallido, restablecer la democracia y los derechos humanos, luchar contra el terrorismo. Ahora se exponen de manera descarnada.
“Vivimos en un mundo en el que podemos hablar todo lo que uno quiera sobre sutilezas internacionales y demás, pero vivimos en un mundo, el mundo real, que está gobernado por la fuerza, gobernado por la dureza, gobernado por el poder”, describía esta semana el consejero de política interna de la Casa Blanca, ideólogo de cabecera de Trump y uno de los hombres con más poder de la Administración, Stephen Miller. “Son las férreas leyes del mundo desde el principio de los tiempos”.
O dicho de otro modo: “Los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial sobre sus espaldas se han acabado”, como proclama el manual de política exterior del Gobierno de Trump, la Estrategia de Seguridad Nacional publicada un mes antes de la operación militar en Venezuela.
El tráiler de la película
El documento deja claro que la intervención en el país sudamericano no es más que el tráiler de la película. No es una anécdota; es un comienzo. No es una táctica; es la estrategia. Washington vuelve a concebir el continente americano como su patio trasero, una región donde Estados Unidos debe tener la primacía, “libre de incursiones hostiles o propiedad extranjera de activos clave”. “Este es NUESTRO hemisferio”, proclamó en redes sociales el Departamento de Estado esta semana, por si quedaba duda alguna.
En esta visión, Europa pierde relevancia, vista como una región donde el multiculturalismo la aboca a la “desaparición de su civilización”. La prioridad pasa a ser el continente americano, percibido por un lado como origen de lo que Miller y Trump consideran los principales riesgos de seguridad para Estados Unidos: la inmigración y el narcotráfico. Por otro, se ve como una inmensa zona económica exclusiva, fuente de recursos naturales de los que disponer y de mercados a los que vender productos: no es coincidencia que Trump anunciara esta semana que, según él, Venezuela pasará a comprar exclusivamente a marcas estadounidenses.

La Estrategia de Seguridad Nacional describe un panorama en el que Washington apoya sin rubor a los gobiernos afines —la Argentina de Javier Milei o El Salvador de Nayib Bukele, por ejemplo—, se posiciona sin ambages en favor de los candidatos que gustan —Nasry Asfura en Honduras— y trata de coaccionar a los países percibidos como díscolos, como el Brasil de Lula da Silva al que Washington ha querido castigar con aranceles y sanciones. La coacción, como ha demostrado en Venezuela, puede extenderse a una intervención militar en toda la regla.
De momento, la intervención en Venezuela ha conmocionado al resto del mundo. Los europeos se mueven a uña de caballo para tratar de disuadir a la Administración de posibles acciones en Groenlandia. Petro ha reconocido que antes de su conversación para calmar las aguas con Trump temió muy en serio una acción militar en su país. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, se ve obligada a llamar a la calma. Y las autoridades en Venezuela de momento se pliegan a sus deseos. La nueva líder, Delcy Rodríguez, ha ofrecido colaboración y, según Trump, ya ha prometido 30 millones de barriles de petróleo a la potencia que tutela Venezuela. Nicaragua ve las barbas de su vecino y este sábado ha liberado a la mitad de sus presos políticos.
Trump, por su parte, sostiene que dentro de Estados Unidos cuenta con un amplio respaldo y sus partidarios le apoyan absolutamente: “A MAGA (el acrónimo de su movimiento) le encanta todo lo que yo hago. MAGA soy yo”, presume. Aunque las encuestas apuntan a un panorama algo más complejo: aunque los votantes se encuentran muy divididos, según sea su ideología, acerca de la operación militar en Venezuela, la mayoría teme que pueda arrastrar a una implicación excesiva de Washington y sus fuerzas en el país sudamericano, y se acabe generando una de esas “guerras eternas”, como las de Irak y Afganistán, que el presidente prometió evitar.
Interrogantes para el futuro
No es el único interrogante que se plantea sobre el futuro. El profesor Alexander Bick, de la Universidad de Virginia, advierte que “la incautación de los activos de otros Estados soberanos sienta un muy mal precedente para el comportamiento de los gobiernos globalmente”. Rusia puede ver un espaldarazo a su guerra en Ucrania. China, un argumento para invadir Taiwán. Y Pekín puede resistirse a renunciar a los vastos intereses, comerciales y de seguridad, con que ya cuenta en América Latina: desde el puerto peruano de Chancay a inversiones de infraestructuras en Colombia, pasando por gigantescos créditos a Venezuela que Caracas ha venido reembolsando con petróleo. “Que el modelo de Trump pueda imponerse a Rusia y China está aún por ver”, apunta Edelman.

En su análisis anual de grandes riesgos mundiales, la consultora Eurasia Group considera a Estados Unidos la principal amenaza en 2026. “El riesgo de que la política exterior estadounidense se pase de frenada es grande, sobre todo ahora que Trump cuenta con una operación exitosa en su haber”, apunta en el informe el presidente de la firma de análisis de riesgo, Ian Bremmer. Trump “se verá tentado a repetir lo que ha funcionado hasta ahora y aumentarlo”, sea sancionando, interfiriéndose en elecciones o impulsando candidatos en América Latina, donde este año se celebran elecciones en Brasil, Colombia, Costa Rica y Perú. Esas intervenciones “corren el riesgo de plantar semillas del antiamericanismo y asentar conflictos, traficantes y carteles en nuevos lugares”, que es lo que ha ocurrido “en casi cada continente donde América se ha implicado de más”.
Pese a que Trump alardea de que no tiene cortapisas, comienzan a aparecer las primeras señales de resistencia. En el Capitolio, el Senado ha dado luz verde a avanzar un proyecto de ley que prohibiría al presidente nuevas acciones militares en Venezuela sin permiso del Congreso, en una votación en la que un grupo de republicanos se ha sumado a los demócratas. Legisladores republicanos advierten entre bambalinas a la Casa Blanca que una intervención en Groenlandia haría saltar a la OTAN por los aires y sería ir demasiado lejos. En el exterior, la Unión Europea ha firmado esta semana un acuerdo de libre comercio con los países del Mercosur cuyas negociaciones se habían retrasado durante años; la UE trabaja en una estrategia de resistencia.
Y, si en países como Brasil, Perú o Costa Rica este año se celebran elecciones donde la Administración Trump puede verse tentada a respaldar a un candidato determinado, Estados Unidos también celebrará comicios en 2026, las elecciones de medio mandato en las que está en juego el control del Congreso, dominado ahora por los republicanos.
El propio Trump sabe que esa votación puede dar un vuelco completo a sus proyectos: “Si no ganamos, (los demócratas) buscarán una excusa para destituirme”, advertía esta semana en una reunión de legisladores de su partido. Un panorama muy alejado del besamanos como el del viernes en la Casa Blanca.