Un fémur de siete millones de años reaviva una larga y feroz guerra científica sobre el origen del bipedalismo
SOURCE:El Pais|BY:Patricia Fernández de Lis
Un nuevo estudio identifica tres características de marcha erguida en ‘Sahelanthropus tchadensis’, el homínido más antiguo conocido, pero los críticos rechazan las pruebas y mantienen que era un simio cuadrúpedo
Un diminuto bulto óseo de apenas cinco milímetros ha reabierto uno de los debates más encarnizados de la historia de la paleoantropología. Un equipo de la Universidad de Nueva York ha identificado en el fémur de Sahelanthropus tchadensis tres características anatómicas que solo aparecen en los bípedos. Esta especie pudo ser el homínido más antiguo conocido, que vivió hace siete millones de años en lo que hoy es Chad. El hallazgo, publicado este viernes en Science Advances, confirmaría que los ancestros más primitivos de la familia humana ya caminaban erguidos sobre dos patas, una adaptación que hasta ahora solo se había inferido indirectamente a partir de la posición del cráneo. Y también aviva una guerra científica encarnizada que dura más de 25 años entre los que creen que el homínido podría caminar a dos patas y quienes no solo lo niegan taxativamente, sino que creen que ni siquiera era un homínido.
“El tubérculo femoral es inconfundible en homínidos y está completamente ausente en chimpancés”, explica a este diario Scott Williams, antropólogo de la Universidad de Nueva York y autor principal de la investigación publicada este viernes. Ese pequeño bulto, situado en la parte superior del fémur, es el punto de inserción del ligamento iliofemoral, el más grande y poderoso del cuerpo humano, cuya función es evitar que el torso caiga hacia atrás cuando estamos de pie o caminamos. “Su presencia debió de evolucionar poco después de nuestra divergencia evolutiva de los chimpancés”, añade Williams. Junto al tubérculo, el equipo identificó otras dos pruebas, dicen, inequívocas: una fuerte antetorsión femoral (la parte inferior del hueso está torcida hacia dentro, algo que nunca ocurre en simios) y un complejo glúteo reorganizado para la marcha erguida.
El veredicto llega después de 25 años de guerra científica para decidir si Sahelanthropus tchadensis era bípedo o no. Los huesos —un fémur y dos cúbitos— fueron descubiertos en julio de 2001 junto a un espectacular cráneo en el desierto de Djurab (Chad). Lo llamaron Toumaï, como denominan en ese desierto a los bebés que nacen justo antes de la estación seca. Significa “esperanza de vivir”, en la lengua local. Sus descubridores aseguraron entonces que perteneció a un homínido con un cerebro de tamaño similar al de un chimpancé, y que era posiblemente bípedo, a juzgar por el lugar de inserción de la columna vertebral en su cabeza.
Pero los huesos de las extremidades permanecieron catalogados como “restos de fauna indeterminada” hasta que en 2004 una joven estudiante, Aude Bergeret, los redescubrió rebuscando en las colecciones de la Universidad de Poitiers (Francia). Bergeret y el paleontólogo italiano Roberto Macchiarelli analizaron el fémur y llegaron a una conclusión explosiva: se movía a cuatro patas y probablemente ni siquiera era un homínido, sino un simio. Intentaron publicar sus resultados durante 16 años sin éxito. Bergeret terminó siendo despedida.
En 2020, Macchiarelli finalmente logró publicar su crítica en la revista Journal of Human Evolution. Dos años después, en 2022, el equipo original del descubrimiento —liderado por Michel Brunet, el paleontólogo francés que encontró a Toumaï— contraatacó con un análisis en Nature que defendía exactamente lo contrario: Sahelanthropus sí era bípedo. Macchiarelli acusó en EL PAÍS a sus colegas de Poitiers de “omitir pruebas”, “secuestrar material” y “mentir sobre el origen del fémur”. Brunet respondió que el retraso se debió a que su equipo estaba excavando en Chad esperando encontrar más fósiles, y calificó las acusaciones como “un triste cuento escrito por paleoantropólogos de sofá”.
En 2024, Macchiarelli volvió a la carga en un nuevo estudio publicado en el Journal of Human Evolution, argumentando que las características identificadas por Brunet en 2022 también aparecían en carnívoros, por lo que no eran diagnósticas de bipedalismo. El debate parecía enquistado: dos equipos rivales de la misma universidad —Poitiers—, los mismos huesos, conclusiones irreconciliables.
Ahora, Williams y su equipo han hecho un análisis independiente usando morfometría geométrica 3D, una técnica que permite medir formas tridimensionales con precisión milimétrica. “La ciencia funciona mejor cuando investigadores independientes tienen la oportunidad de proporcionar una mirada fresca”, explica Williams. “En este caso, eso reveló el tubérculo femoral y nos permitió examinar independientemente características que estaban siendo debatidas por otros equipos”. El tubérculo había pasado desapercibido en los análisis previos, probablemente porque es diminuto y está parcialmente erosionado, pero Williams lo identificó primero en una réplica de alta calidad y luego lo confirmó en el fósil original.
Pero Macchiarelli rechaza categóricamente la existencia del tubérculo femoral. En un documento enviado a este periódico, el paleontólogo italiano adjunta fotografías del fósil original tomadas por Aude Bergeret en 2004 y señala que la zona donde Williams identifica el tubérculo está “altamente dañada e incompleta, probablemente mordida por un carnívoro y groseramente limpiada con un limpiador mecánico”. Macchiarelli añade que el propio equipo responsable del estudio de 2022 reconoció que “no hay evidencia del tubérculo femoral” en el fósil original, y acusa a Williams de haberlo identificado únicamente en réplicas, “una opción analítica altamente limitante y arriesgada”.
“El supuesto rasgo mágico representado por el tubérculo femoral es extremadamente variable en humanos y frecuentemente presente en grandes simios actuales”, argumenta Macchiarelli. “La morfología [del fémur] y proporciones, así como numerosas características internas, son claramente similares a simios”, concluye.
Salvador Moyà-Solà, investigador emérito del Instituto Catalán de Paleontología y que no ha participado en ninguna de estas investigaciones, coincide en que la conclusión del nuevo estudio es precipitada: “Hay dos problemas básicos: por una parte, el material es fragmentario en partes anatómicamente muy importantes, por ejemplo, las articulaciones proximales y distales del fémur. Por otra, los caracteres que citan están muy mediatizados por el estado incompleto del fósil y son caracteres menores” en el contexto del bipedalismo. El científico catalán, referente mundial en paleoantropología y ya jubilado, añade que “las similitudes con la morfología y proporciones de los simios africanos actuales, gorilas y chimpancés, son demasiado importantes como para dejarlas de lado”. En su opinión, “no puede descartarse un cierto grado de bipedalismo facultativo, pero no poseía adaptaciones anatómicas evidentes a un bipedalismo humano”.
Williams mantiene su conclusión. El resultado es paradójico: Sahelanthropus parece un chimpancé pero camina como un humano. “En su apariencia superficial general, el cúbito y el fémur son más similares a los chimpancés”, reconoce Williams, “pero cada hueso presenta una o más características derivadas que se asemejan a las de homínidos posteriores”. Los cúbitos, fuertemente curvados, indican que seguía trepando árboles con agilidad. Las proporciones de las extremidades son intermedias entre bonobos y Australopithecus. Pero las tres características del fémur no dejan lugar a dudas, según el equipo de Nueva York: Sahelanthropus caminaba erguido.
“Creo que eso es exactamente lo que estamos viendo: un simio sobre todo parecido a un chimpancé o bonobo que evolucionó el bipedalismo”, explica Williams. La imagen que emerge es la de una criatura de poco más de un metro de altura y 50 kilos que caminaba sobre dos patas por el suelo, pero seguía siendo una experta escaladora de árboles. “El bipedalismo parece haber evolucionado temprano en nuestro linaje, pero la dependencia de trepar árboles para conseguir alimento y seguridad persistió durante millones de años”, añade.
El hallazgo apoya la hipótesis de que el último ancestro común de humanos y chimpancés se parecía más a un chimpancé actual que a cualquier simio extinto del Mioceno, como han defendido paleontólogos de la talla de Tim White, descubridor de Lucy y de Ardi. White, que ahora trabaja en el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana en Burgos, bendijo en 2022 el estudio de Brunet y su equipo: “Su conclusión es totalmente compatible con todo lo que sabemos sobre los primeros homínidos: definitivamente no eran ni como chimpancés modernos ni como humanos modernos, pero ya habían evolucionado en la dirección de los homínidos posteriores”, declaró entonces a este periódico.
Williams es prudente sobre si su estudio cierra definitivamente el debate. “Creo que nuestro estudio añade más peso a un lado del argumento. Estoy seguro de que el caso no está cerrado: trabajos posteriores y futuros hallazgos fósiles podrían confirmar o negar nuestros hallazgos”, reconoce. Pero se muestra convencido: “Mis coautores y yo nos hemos convencido bastante de que Sahelanthropus era bípedo" y de que Macchiarelli y sus colegas “probablemente estaban equivocados en algunas de sus interpretaciones”.
Macchiarelli, por su parte, denuncia lo que considera “conflictos de intereses” en la historia de Sahelanthropus. “Los fósiles y los descubrimientos científicos no son solo una riqueza, un logro colectivo para todos, sino que para algunos pueden ser valiosas fichas de negociación para obtener posiciones, financiación y más influencia, no solo para producir conocimiento”, dice. “La paleoantropología está profundamente afectada por la competición y la política, apenas es ‘neutral’”, concluye.
Williams cree que la historia de este fósil cambiará cuando se encuentre la pelvis y pronostica que será “intermedia” entre Ardipithecus y los chimpancés. Es la pieza que falta para resolver esta pelea de más de dos décadas, y zanjar el enigma del origen del bipedalismo.