Un lugar más peligroso todavía
Pase lo que pase en Venezuela, haremos bien en recordar que en ningún caso se puede legitimar el cambio de régimen por la fuerza; eso nunca ha salido bien
Escribo estas líneas en la mañana del sábado, pocas horas después de la agresión más grave que un Gobierno de Estados Unidos haya cometido contra América Latina desde 1989. En ese momento se trató del dictador panameño Manuel Noriega, que fue amigo de los Estados Unidos —y de sus agencias de inteligencia— hasta que ya no lo fue más: fue acusado de narcotráfico, anuló unas elecciones que habían dado como ganador al candidato de la oposición y luego se declaró en estado de guerra con el Gobierno de George Bush padre, y en cuestión de cuarenta días Panamá fue invadida, el dictador capturado y un nuevo presidente, el que había ganado aquellas elecciones anuladas, fue instaurado en su lugar. Las coordenadas generales de aquella invasión se parecen a la agresión de este sábado: un presidente ilegítimo que ha robado unas elecciones, unas acusaciones de narcotráfico que parecen ciertas y los fantasmas de la Guerra Fría dando vueltas por ahí. Pero no nos confundamos: en el fondo, lo que ha ocurrido en Venezuela es muy distinto. Es mucho más grave (porque hasta estas cosas tienen escalas de gravedad) y merece la condena sin ambages de todo demócrata genuino. Y merece, también, nuestra preocupación profunda por el destino inmediato de Venezuela, un país que ha sufrido enormemente bajo la dictadura.
Pues lo que empezó ayer no se acabará con el encarcelamiento de Maduro en una prisión de Estados Unidos y un nuevo gobierno en Venezuela. Es una agresión de corte abiertamente imperialista que no busca ni justicia ni democracia ni mucho menos defender a los consumidores norteamericanos de la droga que consumen con fruición, sino que quiere ser una exhibición de fuerza de un Gobierno que sólo entiende el lenguaje de la violencia. Claro: también quiere controlar las reservas de petróleo más grandes de la región y, al mismo tiempo, distraer la atención de una ciudadanía que no ha soltado ni tiene intenciones de soltar el escándalo Epstein. Y la discusión no se acaba tampoco allí. El asunto tiene mil otras aristas, y la principal será tal vez el disfraz recurrente de las agresiones norteamericanas en América Latina: la lucha contra el socialismo. El mismo disfraz justificó el apoyo incondicional que los Estados Unidos dieron al general Anastasio Somoza, primero ocupando Nicaragua y luego protegiendo su dictadura y la de sus marionetas subsiguientes hasta 1979; el mismo disfraz había justificado la intervención en Guatemala y el derrocamiento de Jacobo Árbenz, cuyas humildes reformas agrarias habían tocado los intereses de la United Fruit Company.
Son algunas de las instancias en el largo prontuario de agresiones norteamericanas a América Latina: son esos fantasmas de la Guerra Fría de los que hablaba antes, que no hemos logrado guardar definitivamente en el desván del pasado. Siguen tan vivos como siempre, sirviendo por igual a la izquierda revolucionaria más anacrónica y al anticomunismo paranoico de las derechas fascistas. La Guerra Fría de antes, como la droga de ahora, sirve para todo. Y hay algo muy hipócrita en el peso que el narcotráfico ha tomado en esta agresión trumpista, en las acusaciones al régimen de Maduro (mientras se perdona al presidente hondureño) y en el uso de la droga para justificar las ejecuciones extrajudiciales de un centenar de latinoamericanos. Lo que ha ocurrido recientemente en el Caribe —la violación de las leyes internacionales, los derechos humanos y la mínima decencia— no era más que el preludio de esta agresión: el pretexto para acercar portaaviones a la costa venezolana; el calentamiento retórico necesario para que la agresión sea más aceptable. Y uno tiene que recordar que el narcotráfico es un delito inventado por los Estados Unidos, que desde los primeros años 70 han convertido en crimen lo que no es más que un vicio, y lo han mantenido así porque la legalización de la droga acabaría con los carteles y las mafias —como sucedió con el alcohol en los años 20— y les quitaría a los sucesivos gobiernos norteamericanos el ascendente político y económico que tienen sobre América Latina. Y que les permite, por ejemplo, hacer lo que hicieron ayer.
He sido tan crítico como cualquiera con el llamado socialismo bolivariano, y lo he sido incluso desde esos años en que se lo defendía en muchos rincones de la intelectualidad latinoamericana y de la política europea, tan experta a veces en proponer para América Latina esos regímenes que nunca aceptarían para Europa. El chavismo era culpable no solo de haber destrozado un país y expulsado con sus decisiones a siete millones de venezolanos, ni de derivas antidemocráticas y corrupción endémica, sino que se había convertido en una dictadura cada vez más represiva, con cientos de presos políticos, un régimen que secuestró, torturó y asesinó a los opositores y una complicidad con otros regímenes sin libertad: el de Ortega en Nicaragua y el de Díaz-Canel en Cuba, por no hablar del apoyo político y económico que viene recibiendo de la Rusia de Putin. Pero hay que tener la mirada clara. En el triste presente de América Latina, esa “lucha contra el socialismo” justificará para muchos el ataque de Trump y la deposición de Maduro. Es un error: como escribí hace una semana a propósito de otra cosa, el Gobierno de Trump y sus matones puede ser útil para que se vaya la dictadura de Maduro, pero cobrará un precio muy alto en soberanía.
Y eso de la soberanía, a pesar de lo que sugiera tanta retórica barata que también ha sobrevivido a la caída del muro de Berlín, no es un lugar común para discursos populistas: es una condición necesaria para la supervivencia de una democracia, y tolerar su violación o su desmedro puede tener consecuencias nefastas aunque no las veamos. Sí veremos, en cambio, a los corifeos de Milei y de Bolsonaro (y yo tengo en mente a los equivalentes colombianos también) alegrarse por esta agresión camuflada como victoria contra el socialismo. La pregunta es si también veremos —porque las cosas son siempre más complejas de lo que admiten los sectarismos, los tribalismos y los maniqueísmos de este momento— el alivio de quienes han sufrido la violencia del régimen de Maduro, quienes tienen la esperanza de recuperar la vida que la dictadura les quitó. Pero haremos bien en recordar que en ningún caso se puede legitimar el cambio de régimen por la fuerza. Eso nunca ha salido bien, y sobran los ejemplos.
Ahora se abren retos gigantescos para los venezolanos. Nadie puede desdeñar el hecho de que el final de una dictadura se dicte, a su vez, desde un Gobierno como el de Trump, cuyo presidente es un fascista y un felón y cuyos ministros son matones y belicistas que no sienten más que desprecio por los pueblos de América Latina. La agresión a Venezuela es parte de una estrategia que viene de la doctrina Monroe; aunque su resultado inmediato sea una dictadura menos, su objetivo es la imposición de un orden ideológico que va mucho más allá de Venezuela. Un orden, digo, pero es ser generosos: Trump persigue sobre todo el rompimiento de un orden, el orden internacional. El caos es lo suyo.
Es poco lo que podemos ofrecer desde fuera. Asegurémonos de que pase por una forma de la solidaridad con Venezuela, por la condena internacional, por la contención de este nuevo imperialismo y por la comprensión clarividente de que el mundo se acaba de volver, cortesía de esta agresión y de sus valedores, un lugar más peligroso todavía.