Venezuela libre
Todavía no nos hemos recuperado de la Nochevieja (yo la pasé en pijama viendo la tele por imperativo laboral, solidarícense con mi drama) y ya nos despertamos con la caída de Nicolás Maduro que, como no podía ser de otro modo, fue por la fuerza. A los dictadores no se les derroca con abrazos y fórmulas de cortesía, no se les pide por favor que respeten las urnas y se les premia con arrumacos por ello. Pero los mismos que todavía lloran que Franco muriese en una cama y no violentamente ajusticiado, los mismos que no dudan en mostrarse implacables ante la temible amenaza de un chiquillo gritando obscenidades desde una ventana a la moza del edificio de enfrente, piden ahora que se trate con delicadeza y urbanidad a un narcosátrapa responsable de desapariciones forzosas, detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales, torturas y persecuciones políticas. Claman, invocando al derecho internacional, respeto a un Estado soberano.Olvidaron exigírselo al tirano, que ahora tendrá que responder en EE.UU. por graves acusaciones (por narcotráfico, en EE.UU., pero sin olvidar que la Corte Penal Internacional le investiga por crímenes de lesa humanidad), cuando usurpó el poder a quien lo ganó legítimamente en las urnas, Edmundo González Urrutia . No les pareció ni tan soberano ni tan respetable cuando el pueblo decidió rechazarle en masa y él decidió hacer oídos sordos a su mandato constitucional. Se echan las manos a la cabeza ahora porque, que EE.UU. haya detenido, en una limpia y quirúrgica operación militar, a un dictador narcotraficante, es para ellos inaceptable vuelta a la jungla, al imperio de la ley del más fuerte. Como si en Venezuela lo que imperase hasta ayer no fuese, precisamente, esa ley del más fuerte, la de Maduro y sus cómplices, en lugar de la de los valores medulares de una democracia liberal. No parecía preocuparles tanto ese pequeño detalle como les preocupa ahora. Pero hoy le toca decidir libremente su futuro como nación al pueblo venezolano, ese que celebra el fin de demasiados años de oscuridad mientras otros quieren convencerles, desde una confortable distancia o convenientes intereses, de que están equivocados y que es ahora cuando empieza lo malo. Yo no sé si será posible una transición sin violencia y dolor a partir de mañana. No conozco los planes de EE.UU. para el día después, si pretende desplegar tropas en la zona para mantener el orden y evitar males mayores, si facilitará la celebración pacífica de unas nuevas elecciones, o bien que asuma directamente el poder el legítimo ganador en las urnas, un demasiado mayor Edmundo González, hoy en el exilio, y no sé si lo suficientemente enérgico para liderar una transición democrática que se adivina turbulenta. Todo es ahora mismo una incógnita. No sé si pudo hacerse mejor, pero lo conseguido es bueno: ha caído un régimen totalitario y criminal. Por fin los venezolanos se libran de su yugo y pueden decidir su futuro en libertad. Celebrémoslo, por ellos y con ellos, y deseémosles lo mejor para el futuro. De lo peor ya vienen.
