Viaje en bici por la Vía Francígena, un sendero de sol y piedra que recorre Italia
SOURCE:El Pais|BY:Pepe Pérez-Muelas
Un recorrido de los Alpes a Roma, pasando por Lombardía y la Toscana, que sigue la parte italiana del viaje que dejó escrito el obispo Sigerico en el siglo X
El paisaje tiene memoria. El peregrino comienza su recorrido en las alturas, donde la lluvia en verano es nieve. Roma es su final, un camino empedrado hasta la plaza que adquiere la forma de un abrazo. Le esperan columnas, fuentes de agua clara y una cúpula que dejó de verse hace muchos siglos porque la fachada de San Pedro no entendió que el arte, en voz baja, llega siempre antes al alma de los hombres. De este recorrido trata Días de sol y piedra, mi viaje en bicicleta por la Vía Francígena.
Francígena. Repito su nombre en voz alta para que la sombra de los cipreses anticipe su silueta, para que las plazas de todo el norte de Italia amplifiquen el eco de sus piedras. Francígena, un camino de fe que ha servido para que los ejércitos crucen las montañas y lleguen sedientos de historia. Ahora estoy en el lago Júpiter, el único rastro de Roma que queda en el paso del Gran San Bernardo. Ante mí percibo 1.200 kilómetros de trazado. Tumbas, valles, trigales, iglesias, trincheras y ruinas. Esa es la memoria del camino, lo que el ser humano ha creado cuando dejaba de andar.
El camino de Sigerico
De los Alpes a Roma. Desde una cordillera hasta un estado del alma. De las alturas al lugar donde habita la belleza. A Roma hay que llegar siempre cuando se huye del mundo. Solo aquí uno comprende que las evasiones son regresos, que los caminos actúan como círculos para volver a casa. El resto de la ruta es un desvío dulce, una compensación del recuerdo. Se pedalea porque la intención responde a la necesidad de contemplar, al atardecer, la cúpula del Panteón o los restos de una civilización dormida en los pastos del Foro. A la Ciudad Eterna se la vislumbra desde el mismo momento en el que el Mont Blanc amanece con sus crestas blancas y afiladas.
La Vía Francígena existe porque el obispo Sigerico decidió contar sus días de camino a Roma en un tiempo ágrafo. Nadie escribía lo que duraban sus viajes. Nadie dejaba testimonio de los pasos que hacían falta para llegar a Roma. Sí lo hizo este religioso de Canterbury, en su regreso a las islas, allá por el siglo X. Después, los años cayeron como hojas en otoño. El país conoció la guerra, el hambre, la escasez, las plagas. También, los ejércitos llevaron consigo nuevos acentos, fórmulas químicas y reliquias traídas desde los templos bizantinos antes de ser devorados por las llamas. La Francígena se llenó de iglesias, de fachadas relucientes bajo el sol del mármol, de plazas exuberantes donde beber vino y no sentirse nunca solo. En el camino de Sigerico se escuchan hoy las campanas de todos los siglos, bajo la sombra de los ábsides, ladrillos que fueron un día tierra para sostener olivos.
La siesta de Dios
Dejo atrás los Alpes. Desciendo aturdido aún por el frío, 200 años después de Napoleón, 1.000 años después de Carlomagno. El valle de Aosta parece la garganta de un gigante dormido. El monte Cervino se pone de perfil mientras los ríos van creciendo y volviéndose mansos. En cada nombre se esconde el acento francés. Châtillon, Verrès, Pont Saint-Martin. A las afueras, las ermitas reclaman el lento caminar de los monjes, que apenas duermen mientras las velas iluminan la noche.
Es la siesta de Dios. Las jornadas en el norte de Italia son cortas. El frío aparece incluso en verano. Piamonte es solo un suspiro. En Lombardía emerge un estilo arquitectónico de pueblo vencido. Son los lombardos. Su sello en la historia es discreto. Tan solo estas iglesias en las que entro, a oscuras, de muros fuertes y anchos, donde un Cristo de piedra parece bostezar.
Las montañas desaparecieron hace muchos kilómetros. Ahora el paisaje ha traído las grandes extensiones de cereal, la llanura Padana que cantó Verdi cuando Austria impedía que Italia fuese un solo país. Nombro las ciudades para que existan. Ivrea. Mortara. Pavía. Fidenza. El arte lombardo se hace más íntimo. Se abren los grandes claustros con jardines en el centro. Los huertos son figuraciones del paraíso. Me detengo bajo la sombra de sus arcos. El sol aquí no quema. Adán y Eva dudan si coger la fruta del árbol prohibido. Mi mente se serena. Mi cuerpo descansa. La belleza del mundo cabe en un claustro.
El silencio de las plazas
Cruzo los Apeninos. Montañas sin orgullo, sin la estética de los Alpes, pero fieras y dominantes. No dividen el norte del sur, sino los dos mares en los que se disputó un imperio. Salgo una mañana de las inmediaciones del Adriático y me dirijo hacia el Tirreno. Constantinopla frente a América. El pasado y el futuro. ¿Qué es sino Italia?
La recompensa vale lo que significa un silencio. Estoy en una plaza y suenan las campanas. Frente a mí, el duomo exhibe su fachada blanca de mármol. Las luces de Carrara iluminan toda la Toscana. El palacio Comunale, sin embargo, es de piedra oscura. El poder religioso y el civil, obligados a mirarse. En la plaza se derrama la vida: una pareja pasea de la mano, un sacerdote llega tarde a una misa, un hombre barbado vende periódicos comunistas… La belleza es intimidad, y aparece en las plazas toscanas, en este silencio supremo del arte, en la metafísica de la soledad que pintó De Chirico. Aquí conviven el sol y la piedra. Pietrasanta, Lucca, San Miniato, San Gimignano, Siena y San Quirico d’Orcia. Aquí no existe el tiempo. La edad se detiene en un vermú al atardecer. Todo cobra sentido. No es Dios. Es el silencio de una plaza soleada.
Los muertos etruscos
Los muertos aparecen porque estamos al final del camino, porque Roma es ya una promesa cierta, porque casi se ven sus tumbas a los lados del sendero y San Pedro, ese sol de mármol, asoma detrás de las colinas. Entonces la geografía se vuelve agresiva y el paisaje siente melancolía. Entre la Toscana y el Lacio nació una civilización que basó su poder en la sofisticación de la muerte, que es la manera más noble de tratar la vida. Son los etruscos. De ellos quedan pueblos encaramados a riscos, fortalezas que confunden su color con la naturaleza, cielos rasos y azules que al atardecer parecen un cuadro de Turner.
El mundo se ha convertido en una necrópolis, en la ilusión de la vida cotidiana después de tantos siglos. Los caminos que llegan a Roma descansan en Bolsena, en Tarquinia, en Viterbo, en Sutri. Aparecen anfiteatros que el ser humano había olvidado. Columnas ajadas en los bancales. En todos ellos hay un secreto dicho en voz alta. Que Roma está cerca, que la Vía Francígena fue un susurro hace 1.000 kilómetros, pero ahora, con la cercanía del Tíber, con las estelas funerarias naciendo de los pinos del camino, grita con todas las letras de su geografía. Roma existe porque así lo han marcado mis pasos. Roma muere en cada huella. Y esa es la armonía de la ciudad de ciudades: siempre a un paso del precipicio. Esa decadencia que no la mata, sino que nos da la vida.