Vuelo MH370 de Malaysia Airlines, tercer intento para resolver el mayor misterio de la aviación comercial
SOURCE:El Pais|BY:Inma Bonet Bailén
Casi 12 años después de la desaparición del avión en el Índico, la empresa de exploración submarina Ocean Infinity inicia su tercer intento de dar con los restos del aparato, que trasladaba a 239 personas
Los termómetros del centro de Pekín marcan siete grados bajo cero, pero los alrededores del templo Guanghua están más ajetreados que de costumbre. Son las nueve de la mañana del 3 de enero. Como cada primero y decimoquinto día de cada mes lunar, Bao Lanfang acude a este santuario budista escondido entre los hutong pekineses, las características callejuelas grisáceas de la capital china. Enciende dos velas y deja como ofrenda tres varillas de incienso doradas: “Rezo por la paz en el mundo, por la prosperidad y tranquilidad del país y por el regreso sano y salvo de todas las personas desaparecidas en el MH370″.
El 8 de marzo de 2014, la vida de la señora Bao, ahora de 73 años, se truncó. Su hijo, nuera y nieta regresaban a China tras unas vacaciones en Malasia a bordo del vuelo MH370 de la aerolínea Malaysia Airlines con destino Pekín. Aquel Boeing 777 despegó sin incidencias de Kuala Lumpur, pero 40 minutos después, cuando se acercaba al espacio aéreo vietnamita, se desvió de la ruta prevista y dejó de transmitir su señal.
Han pasado casi 12 años y estos días ha arrancado una nueva búsqueda de los restos del avión, cuya desaparición continúa siendo uno de los mayores enigmas de la historia de la aviación: un accidente del que no se ha recuperado el aparato ni se han encontrado pruebas concluyentes que permitan reconstruir qué pasó con las 239 personas que iban a bordo. La mayoría de los pasajeros (153) eran de origen chino y 50 malasio (incluidos los 12 miembros de la tripulación).
Datos de un radar militar indicaron posteriormente que, en lugar de continuar en su camino hacia el noreste, el avión había girado hacia el oeste y cruzado la península malaya. De acuerdo con la investigación oficial, voló unas seis horas hasta presuntamente quedarse sin combustible. Su cobertura se perdió por completo sobre el mar de Andamán (al sureste del golfo de Bengala, en el océano Índico), a miles de kilómetros del corredor aéreo por el que debía haber volado.
“No hay palabras para expresar mi sufrimiento durante este tiempo”, comparte con EL PAÍS la señora Bao. Su nieta debería ser hoy una adolescente de 15 años; su hijo y nuera rondarían los 46. Apenas habla de ellos. Cuenta que lo que le resulta “más insoportable” es lo que vino después de la terrible noticia: la depresión en la que entró su marido y que lo terminó consumiendo. “Amaba profundamente a su hijo, hasta el punto de que su dolor se convirtió en enfermedad”, manifiesta.
El Gobierno de Malasia , con el compromiso de “proporcionar un cierre a las familias afectadas por esta tragedia”, afirmó el Ministerio de Transporte del país en un comunicado.
Bao Lanfang, no obstante, opina que “carece de sentido reabrir el caso”, aunque entiende que haya familias que valoren el gesto. Está convencida de que lo que ocurrió realmente “no se corresponde en absoluto con la información incompleta que publicó el grupo internacional de investigación de la aviación civil”. Evita profundizar en el tema, consciente de que es un asunto sensible.
Li Shuce, con quien este periódico habló el día del décimo aniversario de la desaparición del aparato, no ha respondido a las peticiones para realizar una entrevista. En 2024, junto a otros familiares, se reunió con funcionarios del Ministerio de Exteriores de China para pedirles que no diesen por finalizada la búsqueda. Entonces, Li creía que su hijo seguía vivo.
Poco ha trascendido de la nueva operación. Se sabe que se desarrollará durante 55 días (distribuidos de manera intermitente para ajustarse a las condiciones meteorológicas y operativas) en el sur del océano Índico, y que correrá a cargo de la empresa estadounidense Ocean Infinity, especializada en tecnología robótica submarina.
Es una firma reconocida del sector, que en 2020 ayudó a encontrar en el fondo del Pacífico los restos del icónico acorazado USS Nevada y, en 2022, a localizar en la Antártida el Endurance, el barco perdido del legendario explorador Ernest Shackleton, hundido en 1915. La compañía ya realizó un intento para dar con el fuselaje del MH370 en 2018, que también terminó sin avances.
El Ministerio de Transportes malasio ha confirmado que el contrato minimiza el riesgo financiero para Malasia, ya que solo pagará una remuneración máxima de 70 millones de dólares (unos 59,7 millones de euros) en caso de que se produzca un hallazgo. Diversas fuentes de la industria citadas por agencias internacionales advierten de que la operación será mucho más costosa, pero agregan que un eventual descubrimiento compensaría a Ocean Infinity, al consolidarla como la principal empresa de búsqueda submarina del mundo.
El primer rastreo se desarrolló entre 2014 y 2017, en una compleja operación internacional en la que participaron más de diez ejércitos, y que estuvo coordinada por Australia, China y Malasia. Su coste superó los 130 millones de euros al cambio actual, y sigue considerándose la más cara de la historia. Se suspendió en 2017 después de barrer 120.000 kilómetros cuadrados sin que se encontrara ningún objeto o cadáver, pero con el compromiso de reanudarla si aparecían nuevas pruebas.
Hasta ahora, solo se han encontrado restos que presuntamente pertenecen al avión en la costa africana y en islas del océano Índico. El paso del tiempo ha alimentado las teorías más rocambolescas, desde un secuestro orquestado por la CIA, Rusia o Corea del Norte, hasta una abducción extraterrestre.
Tras el intento fallido de 2018, en marzo de 2025, Ocean Infinity recibió el visto bueno de las autoridades malasias para realizar una nueva búsqueda, que fue interrumpida 22 días después por el empeoramiento de las condiciones meteorológicas. Esta vez, la zona acotada es de 15.000 kilómetros cuadrados. No está claro si la empresa tiene pruebas contundentes sobre la ubicación de la aeronave, aunque asegura que ha trabajado con numerosos expertos para reducir el área lo máximo posible.
La nueva campaña se apoya en una flota de vehículos submarinos autónomos Hugin 6000, equipados con sonar multihaz, cámaras de alta definición y sistemas de escaneo láser capaces de crear mapas tridimensionales del fondo marino a profundidades de hasta 6.000 metros. Estos drones, que pueden permanecer hasta 100 horas bajo el agua, también envían muestras limitadas de los datos que van recopilando y reciben actualizaciones desde los operadores en la superficie.
A pesar de los avances tecnológicos, el reto continúa siendo hercúleo. Aunque la información almacenada en las cajas negras debería ser recuperable mientras la unidad no se dañe, localizarlas depende de la señal acústica que emiten sus balizas submarinas, que están diseñadas para funcionar durante unos 30 días tras el impacto en el mar. Una vez agotada esa batería ―como es el caso del MH370―, la única opción es rastrear visualmente el fondo oceánico en busca del fuselaje o fragmentos del avión. Pero en el inhóspito Índico existen cañones de más de 300 metros de profundidad, paredes irregulares que se hunden miles de metros en el lecho marino y zonas volcánicas activas que dificultan la exploración.
En las conclusiones del informe presentado en 2018 tras la investigación internacional, las autoridades malasias concluyeron que “no es posible determinar con certeza” la causa de la desaparición del MH370. Admitieron que el desvío de la ruta prevista “no puede explicarse por un fallo técnico conocido ni por condiciones meteorológicas adversas”, y apuntaron que el cambio de rumbo “fue probablemente intencionado”.
Pasajeros y tripulación fueron exonerados, al no hallarse pruebas que los implicaran ―no hubo indicios de llamadas de socorro, demandas de rescate ni comunicaciones de emergencia antes de que el avión perdiera cobertura―, pero no se descartó la posibilidad de una “interferencia ilícita”. El Gobierno subrayó que, sin localizar el fuselaje ni las cajas negras, cualquier conclusión definitiva está fuera de su alcance.
“Aunque me encuentro en el ocaso de la vida, mis convicciones no han cambiado”, confiesa la señora Bao, después de explicar por qué acude religiosamente al templo cada mes, en el día de luna nueva y luna llena. No lo hace para buscar respuestas ni explicaciones oficiales: “Rezo para que los desaparecidos regresen; deben regresar”.