“Ya no reconozco a mis viejos amigos”: ¿qué hace que con la edad nos alejemos de nuestras amistades?
SOURCE:El Pais|BY:Enrique Rey
Ensayos y ficción han explorado en los últimos años los resortes de las amistades femeninas, pero lo que hace que dos hombres se hagan amigos o dejen de serlo sigue siendo un gran misterio
Suena el móvil con una nueva notificación. Es la app del banco, que dice: “Si tienes amigos, enero sigue siendo un fiestón. Invítalos y consigue un regalo de hasta…”. Si la eficacia de un mensaje publicitario se mide por su capacidad de conectar con su público, no está claro que este sea el mejor. Según distintos estudios como el del Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada, al menos uno de cada cuatro jóvenes se siente solo en el momento presente y casi un 70% ha experimentado esa sensación alguna vez. Puede que muchos clientes no tengan suficientes amigos como para optar a la promoción, o que alguno tenga muchísimos, pero ni siquiera se haya parado a pensar si lo son.
Como recuerda la filósofa Marina Garcés en La pasión de los extraños, la amistad es una de las pocas relaciones sociales que “no ha generado una institución ni una legalidad propias”. No hay donde ingresar, donde matricularse o inscribirse para ser amigos y sería un poco raro hacerlo a instancias del banco. Ensayos y ficciones hablan cada vez más sobre el duelo por la amistad perdida, así que seguro que la notificación ha sido recibida por más de un cliente que estaba revisando sus vínculos. ¿Merece la pena invitar a quien te ha hecho sentir mal o no ha cuidado la relación, dejando que se desvanezca, por veinte o treinta euros?
Hasta hace poco la amistad era una de las pocas relaciones sociales que, a diferencia de la familia o de la pareja, no estaba siendo sometida a un potente escrutinio crítico, quizá porque, según la noción más clásica, este es un lazo elegido que se da entre personas autónomas en igualdad de condiciones. No del todo. Aunque la amistad presenta menos complicaciones que otros vínculos, también puede ser una fuente de inquietud o malestar. A diferencia de lo que sucede con las relaciones familiares o románticas (que suelen resultar conflictivas mientras se desarrollan), gracias a esa mayor libertad que proporciona, este puede ser un espacio feliz hasta que notamos su ausencia: bien porque no aparece, bien porque se ha disuelto y lo extrañamos. La amistad también puede doler cuando una de las partes ha cambiado y la otra no. Entonces, como sucede tantas veces durante los regresos al barrio o al pueblo en vacaciones, aparece cierto rechazo difícil de manejar entre dos viejos amigos que ya no se reconocen y surge una pregunta fundamental: ¿Es necesario que los amigos se parezcan entre sí?
El reciente debate sobre la amistad lo han abierto escritoras como Nuria Labari, Raquel Congosto, Sabina Urraca o María Folguera. Pero, en opinión del filósofo y sociólogo Lionel S. Delgado “es estrepitosa o muy llamativa la ausencia de voces masculinas” interviniendo en él. Delgado es el creador de la plataforma Broders, un proyecto de escucha dirigido a adolescentes y jóvenes que busca ofrecer respuestas a hombres desconcertados que, en el peor de los casos, podrían encontrarlas en la manosfera. “Vienen un montón de chicos preguntando cómo hacer amigos, cómo conocer gente o cómo mantener amistades”, explica. “También hay muchos que preguntan qué pasa cuando no se sienten bien con el grupo de amigos en el que están o cómo pueden decirles que no les gustan los chistes que hacen”. Es necesario reflexionar sobre lo que ocurre cuando se pierde a un amigo o cuando ya no te reconoces en ellos. También sobre si existen algunas especificidades propias de la amistad masculina o este también es un tópico que habría que desmantelar.
La posibilidad de una amistad sin horizonte común
En La gaya ciencia, Nietzsche presenta a los amigos como dos buques que coinciden brevemente en el mismo fondeo, pero que enseguida se separan porque cada uno debe seguir su propio rumbo por mares diferentes, según “la llamada irresistible de su misión”. Marina Garcés recupera esta metáfora para plantear la pregunta sobre cómo ser amigos cuando estamos en permanente transformación. “A Nietzsche no solo le preocupan y le interesan las separaciones, como parte de las relaciones de amistad. En este mundo en transformación, cualquier amistad se puede convertir en una relación de enemistad. No solo nos podemos volver extraños el uno para el otro, nos podemos convertir en enemigos”, escribe la filósofa.
“Los amigos que están en un lugar al que perteneciste, pero del que ya te has desvinculado, son cajas negras que tienen una imagen de quién has sido, pero una imagen de la que ya te has desprendido. Digamos que has mudado de piel. Y muchas veces, esos amigos te lo recriminan”
Jacobo Bergareche
La rivalidad entre viejos amigos en un mundo cada vez más competitivo es un tema habitual en muchas ficciones, desde El Conde de Montecristo hasta Star Wars. Sin llegar a esos extremos, en la novela Los viejos amigos de Rafael Chirbes, una cena entre antiguos compañeros de militancia se convierte en un intercambio de reproches: tras perder la ilusión por la revolución y la política, cada uno ha seguido caminos muy distintos y ya no hay ningún proyecto que los una, así que emergen todas las rencillas y las incompatibilidades. Esto introduce una cuestión más contemporánea. Sabemos que la amistad, con frecuencia, aparece en el trabajo, en asociaciones deportivas o entre activistas, que sacan adelante una tarea común. Ahora que muchos trabajos se realizan a distancia y nos movemos por las redes de forma autosuficiente y ensimismada, ¿se resiente la amistad?
“No creo que el trabajo sea el único pegamento capaz de mantener unidos a los hombres, pero sí creo que la adversidad, y en particular la adversidad física, es una gran forma de crear vínculos”, responde a ICON Nickolas Butler, novelista estadounidense y autor de Canciones de amor a quemarropa. “Pienso, por ejemplo, en el ejército. También creo que hay hombres (y mujeres) en todas las sociedades que no encajan fácilmente en las normas del siglo XXI. Creo que hay personas que son una especie de anacronismo, que no quieren trabajar en tecnología o banca. Me gusta escribir sobre ese tipo de personas, probablemente porque yo soy una de ellas”.
El también escritor Jacobo Bergareche que recientemente ha publicado Amistad: un ensayo compartido junto al neurocientífico Mariano Sigman, añade que la amistad es algo que necesita de alguna actividad común, aunque no tiene por qué ser ningún proyecto épico, ni distingue entre géneros: “La amistad, como decía Aristóteles, se ejerce haciendo algo con tu amigo. Puede ser algo como cruzar el Atlántico, irte a la guerra o inventarte la Revolución Francesa o el Impresionismo, que eran todo grupos de colegas, o puede ser algo tan fácil como dar un paseo por el parque comiendo pipas. Tengo amigos de charlar y amigas de jugar al pádel”.
Cómo hemos cambiado
“La amistad patriarcal, porque se basa en una ficción de libertad entendida como autosuficiencia, también es adultocéntrica y clasista”, expone Garcés en un capítulo de su ensayo titulado La amistad es la antítesis de la dependencia. “Aunque no siempre se especifique la exclusión de los niños o de los subalternos, esta se deduce de las condiciones de la verdadera amistad: tiempo, igualdad, libertad para elegir la compañía y una virtud no sujeta ni a la necesidad ni a los accidentes. ¿Quién puede gozar de esas condiciones? Aquellos que han resuelto sus relaciones de necesidad a través de otros (esposas, criados, empleados, etcétera)”.
Según este enfoque, la amistad masculina excluiría también a quienes son vulnerables o requieren de los cuidados de la otra parte. Lionel S. Delgado cree que es algo que seguimos arrastrando: “Los hombres tenemos limitada o poco explorada la capacidad de vincularnos desde la vulnerabilidad, el cariño o los cuidados”. Esto no excluye los afectos dentro de las relaciones masculinas más normativas: “Son de otro tipo: de diversión, de deportividad, de ironía, afectos de sentirte cómodo en un espacio… Esto siempre está, pero es importante saber cuáles son esos afectos que están circulando. El problema viene cuando uno se encuentra mal y empieza a ver que no puede apoyarse en la red que tiene para contar, explorar o volcar las emociones sobre la mesa. Y eso sí se vuelve más peliagudo”, continúa.
Una amistad así, entre “hombres rectos”, siempre exige cierta inmovilidad: que las condiciones y el entorno en que surgió y se desarrolló permanezcan estables. Por eso, cuando una de las partes se mueve (puede ser un verdadero desplazamiento, como un cambio de ciudad, o ser un cambio de ideas), aparece la sensación de que ha traicionado a quien permanece en el sitio de siempre. Además, ya que funcionan como espejos de nuestro yo del pasado, el encuentro con los amigos de otras épocas puede volverse incómodo en el presente. Lo explica Bergareche: “Los amigos que están en un lugar al que perteneciste, pero del que ya te has desvinculado, son cajas negras que tienen una imagen de quién has sido, pero una imagen de la que ya te has desprendido. Digamos que has mudado de piel. Y muchas veces, esos amigos te lo recriminan. Recriminan si has salido del barrio, del grupo, si has cambiado de orientación política… Y hay gente a la que eso le genera resentimiento porque tienen miedo de que el mundo cambie a su alrededor. Que tú cambies es un recuerdo de que los demás no han cambiado y se han mantenido. A veces, está bien volver para recordar lo que has sido, pero hay amigos que son un tapón”.
En cualquier caso, el escritor reconoce que esta es una cuestión con dos caras porque también “es importante, cuando te extravías y pierdes un poco el norte, volver a la gente que te conocía para que te recuerden quién eres. Así que [los regresos] funcionan de una y otra manera: a veces es reconfortante, te dan sentido, y otras veces el ancla pesa demasiado y no te deja moverte”, concluye.
El desvanecimiento o la pérdida
“Tengo un gran amigo, Tracy Hruska, que ahora vive en Finlandia”, comenta Butler, desde su granja de Wisconsin. “Lo veo en persona aproximadamente una vez cada ocho años y, la verdad, no sé cuándo será la próxima vez que lo vea. Pero intercambiamos cartas siempre que podemos. Querré a Tracy para siempre, y espero que él también me quiera para siempre. Tiene mi admiración, mi respeto y mi cariño y cada vez que hablamos o nos vemos, retomamos todo como si nos hubiéramos visto ayer”. Burlet admite que “está muy ocupado con una esposa, dos hijos, un perro, treinta gallinas y un montón de escritos y pensamientos”, pero tiene claro que una amistad puede sobrevivir sin contacto constante.
Los demás no lo tienen tan claro. Con excepciones, parece que la amistad requiere de un esfuerzo sostenido que no siempre queremos o podemos realizar. En este sentido, sería fundamental reservar ciertos momentos para cuidar de los amigos, evitando que la aceleración (o la acumulación de muchas tareas en muy poco tiempo) acabe con ellas. “Debe haber un compromiso, quizás un activismo, que consista en restarle a la pareja esa centralidad absoluta en nuestra vida para dársela a otros vínculos. De lo contrario, cuando surgen crisis de pareja no tenemos en quién apoyarnos o, si la relación termina, nos damos cuenta de que hemos abandonado nuestra red social y toca reconstruirla desde cero”, defiende Delgado.
La forma en que las amistades se rompen le da la razón y es que casi nunca existe un conflicto explícito, sino que se van diluyendo lentamente por falta de atención. Bergareche llama a este proceso “el desvanecimiento” y va unido a la incapacidad para acumular amigos nuevos: “Llega un momento en que no tienes más sitio en tu vida para más gente: hay un problema de espacio. Entonces, aunque quisieras tener más amigos, debes conservar y mantener al resto. Y muchas veces, eso nos ocupa plenamente. En ocasiones alguien te cae bien, piensas que te encantaría ser su amigo, pero no tienes el tiempo para construir nada. Y las amistades se desvanecen, claro. El 99% se desvanecen y se pierden porque no las has cultivado o porque pertenecen a otro momento de la vida. La amistad es como un caminito en el bosque entre una persona y otra: hay que pisarlo todos los días porque si no, sale la maleza y se pierde el camino. Desbrozarlo otra vez da mucha pereza”, lamenta.
Delgado cree que los hombres sufren menos al perder una amistad porque, desde el principio, la circulación de emociones ya era menor. Según el especialista, aunque es un proceso que siempre causa desazón, la dificultad para gestionar algunos sentimientos también amortigua las rupturas: “La alexitimia es un trastorno con un sesgo mayoritariamente masculino que se basa en la incapacidad de identificar y comunicar emociones. Si no hay circulación de emociones, la amistad termina basándose solo en hobbies. Muchos hombres dejan ir sus amistades más fácilmente porque no se abren a otros hombres, y esa es una cuestión que reduce mucho el peso de esas relaciones. Los vínculos son más superficiales y, por tanto, la ruptura nos trastoca menos”. Lo más habitual es que los amigos desaparezcan según el famoso verso de T.S. Eliot: no con un estallido, sino con un suspiro. Ahí está el premio de consolación.