Yo tengo un padre
Se ha pasado toda la Navidad en un sillón tapizado, preso de las flores y el silencio. Días antes se hizo daño en la cadera y dejó de salir a pasear la dignidad inmensa de sus ochenta y cuatro años. Durante unos días dio igual la hora del día a la que fuera a visitar a mi padre, siempre me lo encontraba sentado, silente, mirando al frente sin encender la luz, que entraba en el salón entre las cortinas, como una naturaleza muerta. No veía la televisión, tampoco leía; él se limitaba a respirar y a dejar crecer una barba de vagabundo, blanca, precipitada, definitiva. En Nochebuena apenas quiso cenar. Tampoco en Navidad, en Nochevieja ni en Año Nuevo. Mi padre presidía la mesa como quien preside una clausura con sordina, sin comunicarse ni tampoco quejarse. Yo sé qué no era solo el dolor ni la cojera: había algo más, un decaimiento general, una tristeza basal, un miedo en segundo plano que lo alejaba por igual del folklore y de la infancia. Una tristeza poco neurótica. Una pena masculina.Por un momento me recordó a su padre, mi abuelo Isidro, al que llamaban 'el cabo' tras pasarse la guerra en el Alto de los Leones . Mi abuelo era un hombre agradable, discreto y sonriente al que un día le sobrevino la amargura y el silencio y lo habitó para siempre, también en un sillón, también con flores granates. Nadie supo bien qué le pasó, hay varias teorías al respecto, pero la verdad es que a mi abuelo un día le habitó el desencanto y la desilusión, quién sabe si una traición en los talleres de Renfe en los que trabajaba. Yo ya lo conocí postrado entre flores raras. Y entonces llegó el Parkinson, un tembleque desquiciante y eterno. Cuando falleció, apenas era un grupo ensamblado de huesos tristes. Polvo mareado.El día de Reyes algo sucedió, parecía más animado. Comió cocido, probó el vino, repitió roscónA mi padre no le vino a visitar el Parkinson, tan solo una sensación íntima, sobrevenida y fulminante, como si hubiera cambiado de golpe toda la paleta de colores y la consciencia de finitud se abriera paso. Pero el resto de la historia comenzaba a resultar familiar: las flores del sofá se iban convirtiendo en plantas carnívoras que le abrazaban, tirando de él hacia dentro. El día de Reyes algo sucedió, parecía más animado. Comió cocido, probó el vino, repitió roscón y le puse muchas piezas en el móvil para que averiguara a qué Zarzuela correspondía cada una. Acertó muchas y cantó todas. Comenzó así a sonreír y hablar de nuevo. Como si todo encajara, decidió afeitarse, se puso una corbata y, ya el día siguiente, me lo encontré por la calle, saliendo de la panadería con una cojera idéntica a la de su madre, a la que trataron tan mal en la casa en la que sirvió tras la guerra, que contrajo osteomielitis. «Creo que se me ha quedado una pierna más corta que la otra», me dijo, sonriendo. Y le acompañé a casa riéndome del bastón juncaleño que tiene por compañero.Lo de la cadera va remitiendo, pasea cada día y ha vuelto a enviar mensajes. En la carnicería están contentos por volver a verle y en el bar sonríen cuando pide un vino. Dice Ángel Antonio que nadie que llora está solo. Tampoco lo está quien desaparece en sus genes, diluyéndose en todos los finales ni quien sobrevive a su propia Epifanía. Y, sobre todo, no está solo el que intuye que su final no será muy diferente al de aquellos que lo han precedido. Yo tengo un padre, una vez tuve un abuelo. Y unas ganas inmensas de prender fuego a todos los sillones.